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Tecnología

Un inventor japonés lleva años intentando sacar electricidad de todo lo que encuentra. Ya consiguió hacerlo con vino, con tierra y hasta con pan francés, y ahora lo está haciendo con 1.500 cajas de compost que mantienen encendidas 800 luces

Satoshi Nakagawa obtiene pequeñas corrientes de materiales tan cotidianos como vino, pan o tierra. Su idea no pretende sustituir la red eléctrica: quiere aprovechar la energía que normalmente dejamos escapar.
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En una colina de Hitachi-ota, al norte de Tokio, hay un edificio de cristal que cada noche se transforma en una especie de constelación artificial. En su interior brillan 800 luces LED de 12 voltios, pero lo realmente extraño no está en el techo. Está dentro de 1.500 cajas de madera.

Cada una contiene tierra y compost y funciona como parte de un sistema diseñado para obtener cantidades diminutas de electricidad. Juntas permiten recoger de forma continua unos 2 vatios de corriente continua, suficiente para alimentar la iluminación de este laboratorio experimental llamado KU-AN.

Detrás está Satoshi Nakagawa, un diseñador e ingeniero japonés de 72 años que lleva años persiguiendo una idea aparentemente absurda: encontrar electricidad en prácticamente cualquier material que tenga alrededor. Y cuando dice cualquiera, la lista se pone interesante.

Vino. Pan francés. Tierra. Compost. Todos han servido para demostrar su tecnología.

El vino y el pan no son combustible. Hay un truco de hace más de 200 años

Un inventor japonés lleva años intentando sacar electricidad de todo lo que encuentra. Ya consiguió hacerlo con vino, con tierra y hasta con pan francés, y ahora lo está haciendo con 1.500 cajas de compost que mantienen encendidas 800 luces
© Tripod Design Co., Ltd.

Nakagawa llama a su sistema Micropower Collection (MPC) y sostiene que permite recolectar corrientes diminutas de numerosos materiales naturales o cotidianos. Sin embargo, la física que hay debajo no apareció ayer.

Su funcionamiento se basa en el mismo principio electroquímico de la pila voltaica, desarrollada por Alessandro Volta a finales del siglo XVIII. Se introducen electrodos fabricados con materiales diferentes (por ejemplo, zinc y cobre) en un medio que contenga humedad o iones y las reacciones electroquímicas permiten obtener una pequeña corriente.

Eso explica la aparente magia. Una baguette no se está convirtiendo directamente en electricidad, ni una copa de vino funciona como una central eléctrica en miniatura. Esos materiales actúan como el medio en el que los electrodos pueden establecer las condiciones necesarias para generar corriente.

La gracia de Nakagawa está en intentar capturar cantidades tan pequeñas que normalmente ni siquiera consideraríamos útiles y encontrar dispositivos capaces de funcionar con ellas. KU-AN es su escaparate gigante.

Las 1.500 celdas de tierra y compost generan alrededor de dos vatios continuamente y Tripod Design registra parámetros como voltaje, temperatura y humedad para estudiar cómo se comporta el sistema a lo largo del tiempo.

Dos vatios son poquísimo. A unos metros ya consiguió llegar a 100

Un inventor japonés lleva años intentando sacar electricidad de todo lo que encuentra. Ya consiguió hacerlo con vino, con tierra y hasta con pan francés, y ahora lo está haciendo con 1.500 cajas de compost que mantienen encendidas 800 luces
© Tripod Design Co., Ltd.

Aquí aparece el gran límite de la idea. Dos vatios no van a alimentar una vivienda convencional. Mucho menos una ciudad. Masayuki Nakao, profesor emérito de ingeniería de la Universidad de Tokio, señaló a AFP que el rendimiento de esta tecnología sigue estando muy por debajo de una batería convencional o la batería de un automóvil.

Nakagawa parece perfectamente consciente. A poca distancia de KU-AN levantó otro laboratorio denominado LU-AN, donde más de 2.000 cilindros de plástico con tierra y compost alcanzan una salida de unos 100 vatios. Según AFP, eso ya es suficiente para hacer funcionar pequeños aparatos, incluida una arrocera.

Sigue siendo una cantidad modesta, pero cambia completamente la pregunta. Quizá no necesitamos utilizar esta tecnología para alimentar algo enorme. Quizá necesitamos encontrar cosas suficientemente pequeñas para aprovecharla.

Su objetivo no es competir con una central eléctrica

Un inventor japonés lleva años intentando sacar electricidad de todo lo que encuentra. Ya consiguió hacerlo con vino, con tierra y hasta con pan francés, y ahora lo está haciendo con 1.500 cajas de compost que mantienen encendidas 800 luces
© Tripod Design Co., Ltd.

Tripod Design plantea aplicaciones como sensores ambientales, sistemas para detectar inundaciones o incendios, iluminación autónoma y pequeños nodos de comunicación instalados en lugares donde conectarse a la red eléctrica resulta complicado. Eso podría incluir campos agrícolas, zonas remotas o infraestructuras desplegadas después de un desastre natural. Una instalación de este tipo tampoco necesita esperar a que salga el sol o empiece a soplar el viento para seguir recogiendo pequeñas corrientes.

Nakagawa resume su filosofía de una manera bastante simple: si hablamos de microenergía, hay que empezar a preguntarse qué puede hacer realmente la microenergía, en lugar de juzgarla utilizando las mismas reglas que una central eléctrica. Y ahí está lo verdaderamente curioso del proyecto.

Un inventor japonés lleva años intentando sacar electricidad de todo lo que encuentra. Ya consiguió hacerlo con vino, con tierra y hasta con pan francés, y ahora lo está haciendo con 1.500 cajas de compost que mantienen encendidas 800 luces
© Tripod Design Co., Ltd.

Mientras buena parte del planeta busca nuevas maneras de producir cantidades gigantescas de energía, un japonés lleva años haciendo exactamente lo contrario: meter electrodos en vino, tierra y hasta pan francés para descubrir cuánto podemos hacer con una cantidad de electricidad casi ridícula.

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