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Ciencia

Un obrero encontró una vasija griega de 2.400 años y la vendió por un millón de liras y un cerdo. Terminó en el Getty y una Polaroid ayudó a devolverla a Italia

El Cráter de Assteas apareció durante unas excavaciones en el sur de Italia en los años 70. Pasó por el mercado negro, Suiza y un museo de California, pero una fotografía tomada antes de venderlo permitió reconstruir décadas después de dónde había salido realmente.
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En algún momento de 1974, un trabajador que realizaba excavaciones en Sant’Agata de’ Goti, en el sur de Italia, se encontró con una tumba antigua. En su interior había una enorme vasija prácticamente intacta que llevaba enterrada más de dos milenios.

El hombre, identificado posteriormente como Antimo Cacciapuoti, no informó del hallazgo. Se llevó el objeto a casa, lo colocó en su jardín y se fotografió orgullosamente junto a él con una cámara Polaroid.

Después hizo algo todavía más extraordinario: lo vendió por un millón de liras y un pequeño cerdo para criar. Lo que Cacciapuoti no sabía era que aquella vasija de unos 72 centímetros había sido pintada en Paestum durante el siglo IV a. C. por Assteas, uno de los pocos ceramógrafos de la Magna Grecia cuyo nombre conocemos. El propio artista había dejado incluso su firma sobre la pieza.

El cerdo costó bastante menos que los 380.000 dólares que pagó el Getty

Un obrero encontró una vasija griega de 2.400 años y la vendió por un millón de liras y un cerdo. Terminó en el Getty y una Polaroid ayudó a devolverla a Italia
© Sailko / Wikimedia.

El llamado Cráter de Assteas representa una de las historias más conocidas de la mitología griega: Zeus transformado en un toro blanco secuestra a Europa y la transporta sobre el mar hasta Creta. En el reverso aparece Dioniso acompañado por su cortejo. Su función original era mezclar agua y vino durante los banquetes.

Después de salir clandestinamente de Italia, la pieza entró en las redes internacionales del tráfico de antigüedades y pasó por Suiza. Su rastro terminó llevando hasta California.

En 1981, el J. Paul Getty Museum de Malibu la compró por 380.000 dólares y comenzó a exponerla como parte de su colección de antigüedades. El Ministerio de Cultura italiano confirma tanto aquella adquisición como su procedencia ilícita.

La diferencia con lo que había recibido su descubridor era considerable. Y todavía lo es más con su valoración actual: una información publicada por Corriere della Sera en septiembre de 2026 señala que el cráter está actualmente asegurado por unos 50 millones de euros.

Durante años, sin embargo, quedaba un problema: demostrar exactamente cómo una vasija procedente de una tumba italiana había terminado en una vitrina estadounidense.

La respuesta llevaba décadas impresa en una pequeña fotografía.

La Polaroid que parecía un recuerdo terminó convirtiéndose en una prueba

En 1995, un antiguo oficial de la Guardia di Finanza vinculado al tráfico de antigüedades, Pasquale Camera, murió en un accidente de tráfico cerca de Cassino. Entre el material investigado posteriormente aparecieron fotografías de piezas arqueológicas.

Una llamó especialmente la atención de los Carabinieri especializados en protección del patrimonio: mostraba a un hombre junto a un enorme cráter todavía fuera de cualquier museo.

Era la Polaroid de Cacciapuoti.

Los investigadores consiguieron identificar tanto al hombre como la vivienda que aparecía en la imagen. Al interrogarlo, Cacciapuoti terminó reconociendo el hallazgo y explicando cómo había vendido la pieza. Aquella fotografía permitía conectar físicamente el vaso exhibido en California con una excavación en Sant’Agata de’ Goti anterior a su aparición en el mercado internacional.

Italia inició entonces el proceso para recuperarlo. En 2004, a petición del Gobierno italiano, la Fiscalía estadounidense presentó una reclamación de confiscación. El Getty mantuvo que tenía argumentos legales para conservar la obra, pero finalmente llegó a un acuerdo para entregarla. El museo confirmó oficialmente la transferencia al Gobierno italiano en noviembre de 2005.

Hoy el cráter es una de las piezas estrella del Museo Arqueológico Nacional del Sannio Caudino, en Montesarchio. Su viaje duró décadas y atravesó varios países. Pero al final, todo terminó dependiendo de una fotografía que su descubridor probablemente nunca imaginó que alguien volvería a mirar.

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