A unos 1.300 años luz de la Tierra, en la constelación de Orión, existe un sistema que parece haber ignorado casi todas las reglas visuales de nuestro Sistema Solar. Se llama GW Orionis y en su centro no hay una estrella, sino tres.
En 2020, ALMA y el Very Large Telescope revelaron algo todavía más extraordinario alrededor de ellas: un enorme disco de formación planetaria dividido en tres anillos que no comparten el mismo plano. Están situados aproximadamente a 46, 185 y 340 unidades astronómicas del centro. El más interno aparece fuertemente inclinado respecto a los otros dos y respecto a las propias estrellas.
Para hacerse una idea de la escala, Neptuno orbita a unas 30 unidades astronómicas del Sol. El anillo exterior de GW Orionis se encuentra más de diez veces más lejos.
Durante años hubo varias explicaciones posibles. La gravedad de las tres estrellas podía estar retorciendo y rompiendo el disco. Otra posibilidad especialmente llamativa era que un planeta todavía no detectado hubiese abierto uno de los enormes huecos y contribuido a separar los anillos.
Ahora ha aparecido una tercera pieza del rompecabezas. Y mide unos 1,6 billones de kilómetros.
Una corriente de gas de 12.000 unidades astronómicas sigue cayendo sobre el sistema

En agosto de 2026, ALMA anunció que había cartografiado una gigantesca corriente molecular que conecta GW Orionis con la nube de gas de la que nació.
La estructura se extiende unas 12.000 unidades astronómicas (alrededor de 0,2 años luz) y contiene aproximadamente 1,6 masas de Júpiter de gas. Los astrónomos consiguieron seguir su movimiento utilizando emisiones de monóxido de carbono y reconstruyeron la dirección con la que el material está cayendo sobre el disco.
Ahí apareció la coincidencia crucial. El momento angular de la corriente está alineado con el anillo exterior de GW Orionis con una diferencia de apenas unos tres grados. Frente al anillo interior, sin embargo, la diferencia alcanza aproximadamente 32 grados. Para el equipo dirigido por Maria Galloway-Sprietsma, esa geometría constituye la evidencia más clara hasta ahora de que material llegado tardíamente desde la nube natal puede inclinar y remodelar un disco donde están naciendo planetas.
En otras palabras, el sistema quizá nunca estuvo aislado.
Los planetas podrían estar naciendo dentro de un disco que continúa siendo golpeado desde fuera

La imagen clásica de la formación planetaria suele empezar con una nube que colapsa, fabrica una estrella y deja alrededor un disco relativamente ordenado. GW Orionis demuestra que la realidad puede ser muchísimo más caótica.
ALMA calcula que la corriente tarda unos 40.000 años en caer hacia el sistema y que actualmente incorpora material a un ritmo de 3,6 × 10⁻⁸ masas solares por año. Los datos sugieren que estamos observando las etapas finales de este episodio y que el flujo pudo haber sido mucho más importante anteriormente.
Eso significa que, mientras el disco intentaba fabricar planetas, nuevo gas podía seguir llegando desde una dirección distinta y alterar su orientación.
Las tres estrellas tampoco ayudan a mantener el orden. Modelos recientes indican que sus fuerzas gravitatorias pueden contribuir por sí solas a deformar e incluso romper el disco, por lo que GW Orionis probablemente sea el resultado de varios procesos actuando simultáneamente, no de una única causa.
Y todavía podría haber un planeta escondido entre los anillos
La nueva corriente no elimina una de las posibilidades más fascinantes planteadas desde 2020: que haya planetas formándose dentro de los gigantescos huecos.
El anillo interior contiene suficiente polvo como para construir aproximadamente 30 Tierras, y las enormes separaciones entre los anillos ofrecen regiones donde podrían existir cuerpos todavía invisibles. Hasta ahora, sin embargo, no se ha confirmado ningún planeta orbitando simultáneamente las tres estrellas.
Si algún día aparece uno, sería un mundo difícil de comparar con cualquiera del Sistema Solar: podría moverse en una órbita enormemente distante y muy inclinada alrededor de tres soles simultáneamente.
GW Orionis ya era extraño cuando ALMA descubrió sus tres anillos torcidos. Ahora sabemos que el sistema es todavía más extremo: mientras sus estrellas tiran del disco desde dentro, una corriente de gas de 1,6 billones de kilómetros continúa alimentándolo desde fuera. Y en medio de todo ese caos podrían estar naciendo planetas.