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Ciencia

Una corriente de gas de 1,6 billones de kilómetros está deformando un sistema con tres soles. Los planetas que nazcan allí podrían terminar en órbitas completamente inclinadas

Una estructura de gas de 0,2 años luz continúa alimentando a GW Orionis desde su nube natal. Su impacto podría explicar por qué los tres enormes anillos donde se forman sus futuros planetas apuntan en direcciones diferentes.
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En GW Orionis nada se parece demasiado al orden casi perfecto del sistema solar. En su centro no hay una estrella, sino tres soles jóvenes atrapados en una compleja danza gravitatoria. A su alrededor tampoco existe un único disco plano: tres gigantescos anillos de polvo y gas están inclinados en ángulos diferentes, como si una fuerza colosal hubiera retorcido el lugar donde deberían nacer sus planetas.

Ahora, el Atacama Large Millimeter/submillimeter Array (ALMA) ha descubierto un elemento todavía más descomunal. Una corriente de gas de aproximadamente 12.000 unidades astronómicas (equivalente a 0,2 años luz o cerca de 1,6 billones de kilómetros) conecta el sistema con la nube molecular donde nació.

El hallazgo ofrece la evidencia más clara hasta ahora de que esta auténtica arteria cósmica pudo contribuir a deformar el disco planetario. La investigación, dirigida por Maria Galloway-Sprietsma, de la Universidad de Florida, fue publicada en The Astronomical Journal.

La corriente impacta exactamente sobre el anillo exterior

GW Orionis se encuentra a unos 1.300 años luz de la Tierra, en la constelación de Orión. Sus tres anillos de formación planetaria están situados aproximadamente a 46, 188 y 336 unidades astronómicas del centro. Para hacerse una idea de su tamaño, Neptuno orbita el Sol a unas 30 unidades astronómicas: el anillo más lejano de GW Orionis comienza más de diez veces más lejos.

Mediante las emisiones moleculares de carbono-12 y carbono-13, el equipo pudo reconstruir tanto la forma como el movimiento de la corriente. El modelo indica que el gas desemboca sobre el anillo más externo y que sus respectivos vectores de momento angular apenas difieren en unos tres grados.

La comparación con el anillo interior es mucho más extrema: la desalineación alcanza aproximadamente 32 grados. Esa coincidencia casi perfecta con la zona exterior apunta a una relación directa. El material que continúa cayendo sobre GW Orionis no solo lo alimenta, sino que también habría transferido el momento angular necesario para inclinar una parte de su disco.

La corriente contiene alrededor de 1,6 masas de Júpiter en gas. Su tiempo estimado de caída es de unos 40.000 años, mientras que la tasa actual de acreción alcanza 3,6 × 10⁻⁸ masas solares por año, aproximadamente un orden de magnitud menos que la cantidad de material que incorporan las propias estrellas.

ALMA podría estar observando el final de una historia mucho más violenta

Una corriente de gas de 1,6 billones de kilómetros está deformando un sistema con tres soles. Los planetas que nazcan allí podrían terminar en órbitas completamente inclinadas
© ESO/Y. Beletsky.

El momento angular que conserva la corriente ya es inferior al del disco. Eso significa que difícilmente podrá seguir inclinándolo de manera significativa. Sin embargo, en el pasado habría transportado una cantidad mucho mayor de materia y energía rotacional, suficiente para producir la extraordinaria arquitectura que observamos ahora.

Las mediciones de Potencia Total de ALMA también muestran una emisión brillante que conecta la corriente con la región de formación estelar circundante. La distancia proyectada queda dentro del radio de Bondi-Hoyle de GW Orionis: la zona en la que la gravedad del sistema puede capturar material mientras se desplaza a través de su nube natal.

El descubrimiento dibuja una formación planetaria bastante menos limpia y predecible de lo que sugieren los esquemas tradicionales. Un sistema joven puede seguir recibiendo gas después de que sus anillos hayan aparecido, modificando su masa, su composición y hasta su orientación. Los planetas nacidos allí podrían heredar órbitas extremadamente inclinadas o incluso desplazarse en sentido contrario a la rotación de sus estrellas.

Las próximas observaciones buscarán moléculas asociadas a choques (entre ellas, compuestos con azufre) para localizar el punto exacto donde la corriente golpea el disco. Si aparecen estructuras similares en otros sistemas, podrían ayudar a explicar por qué algunos exoplanetas recorren órbitas tan extrañas. GW Orionis sería entonces la prueba de que una nube estelar puede decidir la arquitectura de un sistema planetario antes incluso de que sus mundos terminen de nacer.

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