El nombre Błędne Skały se traduce como “rocas errantes” o “rocas descarriadas”, y describe bien la sensación de perderse entre sus corredores. El sitio está dentro del Parque Nacional de las Montañas de la Mesa (Park Narodowy Gór Stołowych), en la frontera entre Polonia y República Checa, y es uno de los laberintos rocosos más completos de Europa central.
Un mar que se convirtió en piedra

Según describe el propio Parque Nacional de las Montañas de la Mesa, el paisaje de la región comenzó a formarse hace unos 70 millones de años, cuando esta zona de Europa central todavía era el fondo de un mar del período Cretácico. Durante millones de años se acumularon allí gruesas capas de arena, que con el tiempo y la presión se convirtieron en arenisca. Más adelante, cuando la cordillera de los Sudetes se levantó y el mar se retiró, esa roca quedó expuesta a la intemperie.
A partir de ahí, el protagonista pasó a ser la erosión. El agua de lluvia y el hielo fueron ensanchando fisuras que ya existían en la arenisca, en tres direcciones distintas dentro del macizo. Como las distintas capas de roca no tienen la misma resistencia al desgaste, unas se erosionaron más rápido que otras, y ese desgaste desigual fue tallando corredores de varios metros de profundidad y ancho variable. El resultado, cientos de miles de años después, es un laberinto de bloques de piedra de entre 6 y 11 metros de altura, separados por pasillos tan angostos que en algunos tramos hay que caminar de costado.
Rocas con nombre propio
Con el tiempo, cada formación destacada del parque fue recibiendo un nombre según la silueta que sugiere: el Camello, el Elefante, la Gallina Clueca, el Mono, la Tortuga. En el cercano Szczeliniec Wielki, la cumbre más alta de las Montañas de la Mesa con 919 metros, ese mismo proceso erosivo formó corredores bautizados como la Cocina del Diablo o el Infierno, que se cruzan por una grieta angosta llamada Purgatorio hasta llegar a un mirador conocido como el Cielo. Cerca de ahí hay incluso una roca de varias toneladas, apodada la Cuna, que puede mecerse con relativa facilidad pese a su peso.
No es casualidad que el logo actual del parque nacional sea, directamente, una de estas formaciones rocosas: la silueta del Camello, sobre el perfil del Szczeliniec Wielki de fondo.
De refugio de contrabandistas a atracción turística

Antes de convertirse en destino de senderismo, el laberinto tuvo un uso bastante menos contemplativo. Durante el siglo XVII, sus corredores y cavernas sirvieron de paso para contrabandistas que cruzaban entre el Reino de Bohemia y los territorios que hoy forman parte de Polonia, aprovechando lo intrincado del terreno para evitar a las autoridades. Todavía hoy pueden verse, talladas en algunas de las rocas más lisas, fechas que marcan la captura de algunos de esos contrabandistas.
El área protegida, de unas 21 hectáreas, fue durante mucho tiempo una reserva natural independiente antes de integrarse al Parque Nacional de las Montañas de la Mesa, creado en 1993. Hoy se recorre por pasarelas de madera marcadas, con tramos donde ni siquiera una mochila grande entra sin dificultad.
Un microclima que conserva nieve hasta julio
La geometría del laberinto no solo es vistosa: también genera un microclima propio. Dentro de las grietas más profundas y sombrías del Szczeliniec Wielki, el aire frío queda atrapado y circula peor que en la superficie expuesta, así que en algunos rincones la nieve puede persistir hasta julio, mucho después de que el resto de la región ya esté en pleno verano.
Es un recordatorio de que estas formaciones no son estáticas: la misma combinación de agua, hielo y viento que tardó decenas de millones de años en esculpir el laberinto sigue actuando hoy, aunque a un ritmo demasiado lento para notarlo en una sola visita.