La imagen de Corea del Norte suele estar marcada por el hermetismo, el control extremo y la desconfianza hacia el exterior. Sin embargo, un evento deportivo reciente dio pie a una experiencia inesperada para uno de sus participantes. El maratón de Pyongyang se convirtió en mucho más que una carrera para el atleta rumano Stefan Gavril: fue una ventana a un país que, en muchos aspectos, desafió sus propias expectativas.

Una maratón, un país desconocido
Desde que el régimen norcoreano flexibilizó algunas de sus restricciones tras la pandemia, ciertos eventos internacionales han vuelto a celebrarse con asistencia extranjera. Uno de ellos fue la maratón de Pyongyang, donde se congregaron unos 200 corredores de distintos países, entre ellos el rumano Stefan Gavril, quien finalizó en la posición número 11 con un tiempo de 2 horas, 19 minutos y 50 segundos.
Más allá del resultado deportivo, lo que marcó su visita fue el choque entre la imagen previa que tenía del país y lo que encontró en su breve pero reveladora estadía. Gavril, con experiencia en clubes de atletismo tanto en Rumanía como en Francia, esperaba encontrarse con un ambiente hostil y completamente cerrado al mundo. Pero las impresiones iniciales fueron otras: calles con coches de marcas occidentales, atletas vestidos con indumentaria Adidas, e instalaciones deportivas que calificó como “muy buenas”.
Una vigilancia palpable, pero sin agresión
A pesar del asombro positivo, Gavril no dejó de notar la estricta vigilancia que persiste en la vida cotidiana norcoreana. Especialmente, según cuenta, hacia aquellos que intentaban filmar o sacar fotos más allá de lo permitido. “Había gente con cámaras que eran observadas constantemente. Pero si no hacías nada llamativo, te dejaban en paz”, relató.
Esta lógica del control se manifestaba incluso en lo aparentemente arbitrario: había lugares donde se podía grabar libremente —como estatuas de líderes— y otros donde una simple pintura no podía ser fotografiada sin recibir advertencias.

Una experiencia que invita a volver
Durante los cinco días que duró su estancia, también hubo espacio para las sorpresas culinarias. Gavril se sintió cómodo con los platos locales: “Patatas, huevos, pollo… nada exótico, muy similar a la comida rumana”. Esa cercanía inesperada, sumada a la amabilidad de los anfitriones y la atmósfera más relajada de lo que imaginaba, lo llevaron a replantearse muchas cosas.
“Me pareció un país que vale la pena visitar. Volvería el año que viene, aunque me gustaría enterarme con tiempo para poder entrenar mejor”, dijo al final. Su experiencia no solo desafía prejuicios, sino que abre la puerta a ver más allá de los titulares.