El lago Mari Menuco, en Neuquén, bajó más de lo habitual y dejó expuestas zonas de la costa que normalmente permanecen cubiertas por el agua. Santiago Aduriz estaba recorriendo precisamente una de ellas cuando reparó en unas pequeñas marcas sobre la roca.
No eran simples irregularidades.
Eran huellas fosilizadas de aves que vivieron durante el Cretácico. El descubrimiento movilizó a paleontólogos de la Universidad Nacional del Comahue (UNCo) y Patrimonio de Neuquén, pero todavía guardaba una sorpresa: en el mismo yacimiento y compartiendo el mismo estrato geológico aparecieron también grandes huellas de saurópodos, los gigantescos dinosaurios herbívoros de cuello largo.
La UNCo lo ha descrito como una auténtica “cápsula del tiempo”. Y la expresión no resulta exagerada: no estamos ante huesos de animales muertos, sino frente a marcas producidas mientras aquellos animales estaban vivos y desplazándose por el paisaje.
Para que una pisada pequeña sobreviva millones de años tienen que salir bien demasiadas cosas

Encontrar huesos fósiles ya depende de una combinación poco habitual de circunstancias. Con una huella de un animal ligero, el proceso es todavía más delicado.
Primero, el ave tuvo que caminar sobre sedimento lo suficientemente húmedo y blando para dejar una impresión, pero no tanto como para que la marca desapareciera inmediatamente. Después esa superficie tuvo que endurecerse, quedar cubierta por nuevos sedimentos y escapar durante millones de años de la erosión y otros procesos capaces de destruirla.
Eso explica por qué las icnitas (el nombre que reciben estas huellas fósiles) pueden resultar tan valiosas. Un hueso permite reconstruir la anatomía de un animal. Una sucesión de pisadas puede contar otra clase de historia: cómo se desplazaba, por dónde caminaba y qué tipo de ambiente frecuentaba.
En Mari Menuco, además, las pequeñas marcas aparecen en el mismo nivel geológico que las de enormes saurópodos. Eso no demuestra que un ave caminara literalmente junto a uno de estos gigantes en el mismo instante, pero sí permite estudiar animales extraordinariamente diferentes dentro de un mismo contexto paleoambiental.
Mari Menuco ya estaba resultando ser una mina de dinosaurios

El lugar tampoco aparece de la nada en el mapa paleontológico argentino.
Los alrededores de los lagos Mari Menuco y Barreales conservan afloramientos del Grupo Neuquén, uno de los grandes archivos del Cretácico Superior de Patagonia. En la Formación Bajo de la Carpa, expuesta en sectores próximos a ambos lagos y datada en el Santoniano, ya se han encontrado saurópodos, terópodos, cocodriliformes, tortugas y aves primitivas como Neuquenornis y Patagopteryx.
De hecho, en 2024 un equipo encabezado por Juan Porfiri describió en el istmo entre Barreales y Mari Menuco a Diuqin lechiguanae, un pequeño dinosaurio terópodo emparentado con las aves que vivió aproximadamente hace 83 millones de años.
Hay, sin embargo, un detalle importante: la UNCo todavía no ha comunicado una edad exacta, una especie responsable de las huellas ni una asignación estratigráfica detallada para este nuevo yacimiento. Por eso sería prematuro afirmar que estas pisadas tienen exactamente 83 o 85 millones de años solo porque otros fósiles próximos proceden de esa formación.
El agua permitió encontrarlas y ahora el problema es precisamente que quedaron expuestas
Después del aviso, se activó el protocolo provincial de preservación. Los paleontólogos Juan Porfiri y Domenica Santos, de la UNCo, trabajaron junto a Mateo Gutiérrez, de Patrimonio Provincial, el técnico Federico Poblete y la estudiante de Geología Mercedes Di Lorenzo. Parte del material fue extraído y trasladado al Museo del Desierto Patagónico de Añelo, donde quedó protegido para su estudio.
La urgencia tiene sentido. Una superficie que permanece protegida puede conservarse durante millones de años y deteriorarse rápidamente una vez expuesta nuevamente al agua, el viento y los cambios de temperatura.
Y ahí está la peculiaridad de todo el descubrimiento. Una bajante moderna de un embalse dejó al descubierto un suelo por el que caminaron animales del Cretácico; hizo falta que un niño mirara hacia abajo para darse cuenta de que todavía conservaba sus pasos.