Todo lo que conocemos directamente (estrellas, planetas, gas, polvo y nosotros mismos) representa apenas alrededor del 5% del contenido de materia y energía del universo. El resto pertenece a dos componentes que sabemos que están ahí principalmente por sus efectos: materia oscura y energía oscura.
Durante décadas los cosmólogos han tratado ambos problemas por separado. La materia oscura explicaría buena parte de la gravedad necesaria para formar galaxias y estructuras cósmicas. La energía oscura, por su parte, es el nombre que utilizamos para aquello que está impulsando la expansión acelerada del universo.
Pero una idea que lleva años moviéndose en los márgenes de la física teórica está recibiendo nueva atención: quizá ambas cosas estén conectadas. Y una de las versiones más radicales propone que esa conexión procede de una dimensión espacial adicional escondida en nuestro universo.
DESI encontró una pista que hizo que los físicos volvieran a hacerse la pregunta

El detonante reciente ha sido DESI, el Instrumento Espectroscópico de Energía Oscura. Sus primeros tres años de observaciones permitieron construir el mayor mapa tridimensional del universo realizado hasta ahora utilizando cerca de 15 millones de galaxias y cuásares. Cuando los científicos combinaron esos datos con observaciones de supernovas, del fondo cósmico de microondas y de lentes gravitacionales débiles apareció algo inesperado.
Los datos mostraban una preferencia de entre 2,8 y 4,2 sigma por modelos en los que la influencia de la energía oscura cambia con el tiempo en lugar de permanecer completamente constante. No son los cinco sigma necesarios para hablar de descubrimiento, pero sí suficiente para que los cosmólogos se pregunten si ΛCDM, el modelo estándar, podría estar incompleto.
Una forma de interpretar ciertas combinaciones de los datos produce además un extraño comportamiento aparente en el que la energía oscura entra en un régimen denominado “fantasma”. Pero quizá la energía no esté apareciendo de la nada.
En enero de 2026, Elsa Teixeira y otros investigadores publicaron en Physical Review D un modelo donde materia oscura y energía oscura interactúan mediante dos campos conectados. Al permitir ese intercambio, algunos comportamientos cosmológicos difíciles de explicar pueden aparecer de forma natural.
Y entonces aparece una dimensión adicional de una micra

La versión más llamativa viene de la teoría de cuerdas. En 2022, Miguel Montero, Cumrun Vafa e Irene Valenzuela propusieron que determinados argumentos de gravedad cuántica podían conducir a la existencia de una dimensión adicional de aproximadamente una micra (10⁻⁶ metros).
Una micra es diminuta desde nuestra perspectiva. Para la teoría de cuerdas, sin embargo, sería gigantesca: muchas dimensiones adicionales se imaginan enrolladas a escalas increíblemente inferiores.
La bautizaron “dimensión oscura”. En este escenario, la gravedad podría propagarse por esa dimensión adicional. Aparecería entonces una sucesión de estados conocidos como gravitones de Kaluza-Klein, partículas con masa que, vistas desde nuestras dimensiones habituales, podrían comportarse como materia oscura.
La idea dio otro paso en un trabajo de Alek Bedroya, Georges Obied, Cumrun Vafa y David Wu, actualizado en mayo de 2026. Su modelo plantea que el tamaño de esa dimensión podría evolucionar lentamente con el universo. Si cambia, también cambiaría la masa de las partículas de materia oscura y la energía asociada al campo oscuro. Así, dos problemas aparentemente diferentes quedarían unidos: la energía oscura evolucionaría y la materia oscura evolucionaría con ella.
Los autores encontraron que su modelo puede reproducir el comportamiento sugerido por DESI y supernovas, incluida la apariencia de energía fantasma, sin necesidad de introducir literalmente una sustancia con algunas de sus propiedades más problemáticas.
Lo fascinante es que la hipótesis empieza a decirnos dónde buscar
Nada de esto demuestra que exista una dimensión adicional. Tampoco está demostrado que la materia oscura esté formada por gravitones ni que realmente interactúe con la energía oscura.
De hecho, investigaciones cosmológicas recientes muestran lo sensible que es todo a las hipótesis utilizadas: algunos análisis encuentran preferencias por interacciones en el sector oscuro, mientras otros concluyen que la evidencia estadística sigue siendo débil. Y DESI acaba de añadir otra cautela. Sus resultados del bosque Lyman-alfa publicados en julio de 2026 son compatibles con ΛCDM, por lo que todavía es perfectamente posible que las aparentes desviaciones terminen debilitándose cuando se analice el conjunto completo de datos.
La ventaja de la dimensión oscura es que no se limita a una explicación bonita. El modelo también implica que podría existir una fuerza adicional de largo alcance entre partículas de materia oscura, dejando efectos observables en galaxias, halos y otras estructuras.
DESI ya ha observado más de 47 millones de galaxias y cuásares, y los resultados cosmológicos completos de sus cinco años de observaciones están previstos para 2027. Quizá esos datos devuelvan todo a la constante cosmológica. O quizá indiquen que llevamos décadas intentando resolver dos misterios que en realidad eran uno solo. Porque entonces la pregunta dejaría de ser únicamente qué constituye el 95% invisible del universo. Sería algo bastante más extraño: si casi todo lo que existe está conectado a una dimensión que nunca hemos visto.