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Ciencia

Una gran tortuga cruzó continentes cuando el planeta ardía. Un fósil adelanta las migraciones animales al momento más cálido del Cretácico

Fragmentos de caparazón encontrados en Montana han permitido reconstruir un episodio inesperado de la historia natural. El fósil sitúa a una tortuga de origen asiático en Norteamérica mucho antes de lo previsto y sugiere que el calor extremo del Cretácico abrió rutas hoy impensables.
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No todos los grandes giros de la historia natural llegan acompañados de esqueletos completos o fósiles espectaculares. A veces basta con unos pocos fragmentos de caparazón para obligar a revisar mapas, cronologías y teorías que parecían consolidadas. Eso es exactamente lo que ha ocurrido con un fósil de tortuga encontrado en Montana: una pieza pequeña que ha reescrito parte de la historia de cómo y cuándo los animales comenzaron a moverse entre continentes.

El hallazgo, descrito en un estudio publicado en Historical Biology por un equipo de Montana State University, sitúa al género Basilemys varios millones de años antes de lo que se creía. Más allá del ajuste cronológico, el fósil introduce una idea incómoda para la paleontología: las grandes migraciones de fauna entre Asia y América pudieron empezar en pleno Cretácico medio, cuando el planeta atravesaba uno de los episodios más cálidos de su historia.

Un fósil pequeño que cambia el calendario

Una gran tortuga cruzó continentes cuando el planeta ardía. Un fósil adelanta las migraciones animales al momento más cálido del Cretácico
© Historical Biology.

Los restos recuperados en la Frontier Formation no son espectaculares. No hay cráneo ni extremidades, solo fragmentos del caparazón y del plastrón. Sin embargo, el contexto geológico del yacimiento y la datación precisa de los sedimentos han convertido a esta tortuga en un fósil clave. Mediante análisis de circones detríticos con el método uranio-plomo, los investigadores lograron situar el nivel fósil en torno a los 89 millones de años.

Hasta ahora, Basilemys era conocida sobre todo en estratos más recientes del Cretácico superior, entre unos 84 y 66 millones de años atrás. Adelantar su presencia confirmada en Norteamérica implica que este grupo de tortugas ya estaba establecido en el continente cuando las condiciones climáticas globales eran radicalmente distintas a las actuales. No se trata solo de una fecha nueva en un diagrama: es una pista sobre cuándo se abrieron realmente las rutas biogeográficas entre masas continentales.

De Asia a América en un planeta más cálido

Basilemys pertenece a una familia de tortugas con raíces asiáticas. El hecho de que aparezca en América plantea una pregunta inevitable: ¿cuándo cruzaron sus ancestros desde Eurasia? El nuevo fósil estrecha el margen temporal de forma drástica. La migración tuvo que producirse antes de los 90 millones de años, en pleno máximo térmico del Cretácico medio.

En ese periodo, regiones que hoy asociamos al frío extremo, como las altas latitudes del hemisferio norte, disfrutaban de temperaturas sorprendentemente suaves. Los modelos paleoclimáticos sugieren que zonas como Beringia, el puente terrestre entre Siberia y Alaska, pudieron ser corredores biológicos viables para animales ectotermos. En otras palabras, las tortugas no habrían encontrado un muro de hielo, sino paisajes templados que facilitaban su expansión hacia nuevos territorios.

Vivir sin hielo en los polos

La idea de una tortuga terrestre cruzando latitudes tan altas puede parecer extraña incluso en un mundo más cálido. Aun así, el Cretácico fue un planeta sin casquetes polares permanentes. No había hielo estable en los polos, aunque sí existían fuertes contrastes estacionales de luz y temperatura. El estudio sugiere que estas tortugas pudieron desarrollar estrategias similares a las de algunas especies actuales: periodos de letargo, refugio en madrigueras o comportamientos adaptados a un clima extremo pero no glacial.

El propio diseño corporal de Basilemys apunta a una vida más terrestre que acuática, con un caparazón robusto y ornamentado. En los mismos ecosistemas en los que aparece, se han documentado otros animales con comportamientos excavadores, lo que refuerza la idea de que el subsuelo podía ser un refugio térmico clave en esos ambientes cambiantes.

Un ecosistema en transformación

Una gran tortuga cruzó continentes cuando el planeta ardía. Un fósil adelanta las migraciones animales al momento más cálido del Cretácico
© MSU / Colter Peterson.

En el momento en que vivió esta tortuga, gran parte de Norteamérica estaba dividida por un enorme mar interior que partía el continente en dos. Las zonas costeras de ese mar eran cálidas, húmedas y ricas en vida, con cocodrilos primitivos, dinosaurios y una flora exuberante. Encontrar a Basilemys en este contexto sugiere que la colonización de nuevos territorios no fue un proceso lento y marginal, sino una expansión relativamente rápida aprovechando un clima excepcionalmente benigno.

Este detalle obliga a repensar cómo se ensamblaron los ecosistemas del Cretácico medio. No eran comunidades aisladas y estáticas, sino sistemas dinámicos, en los que la fauna respondía con rapidez a las ventanas climáticas favorables.

Lo que un fósil discreto dice sobre el presente

El ejemplar de Montana no permite definir una nueva especie. Es demasiado fragmentario para eso. Su importancia está en otro lugar: en cómo ajusta relojes evolutivos y obliga a replantear modelos de dispersión. Es un recordatorio de que la paleontología no avanza solo con grandes hallazgos espectaculares, sino también con piezas pequeñas que encajan de forma inesperada en el puzzle global.

Además, el estudio conecta con una cuestión muy actual: cómo responden los animales a los cambios climáticos rápidos. El Cretácico fue un experimento natural de calentamiento global, y la expansión de estas tortugas ofrece un ejemplo tangible de cómo el clima puede abrir —o cerrar— rutas de migración. Mirar 89 millones de años atrás no es un ejercicio de nostalgia científica: es una forma de entender cómo la vida se adapta cuando el planeta cambia de forma drástica.

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