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Ciencia

Vivimos en una bajamar geológica. La ciencia advierte que el mar volverá y que todo depende del momento en que la Antártida Occidental comience a desmoronarse

Durante siglos hemos vivido en un paréntesis climático excepcional: una bajamar larga que permitió fundar puertos, ciudades y economías enteras sobre tierra que, en condiciones normales, estaría bajo el agua. Pero la ciencia avisa de que ese paréntesis se está cerrando. La Antártida Occidental, la capa de hielo más inestable del planeta, decidirá cuándo suban los océanos… y a qué velocidad.
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A mediados de los 2000, apenas unos científicos hablaban del colapso rápido de las capas de hielo. Hoy, la conversación ha cambiado por completo. La Antártida Occidental —una masa de hielo asentada sobre un lecho hundido bajo el nivel del mar— ha mostrado signos inquietantes: retrocesos acelerados, plataformas que se desintegran en semanas y modelos que no consiguen ponerse de acuerdo. El aumento del nivel del mar es inevitable; la incógnita es el reloj que marca ese ascenso.

Un coloso inestable: la capa de hielo que nunca debió ser estable

Vivimos en una bajamar geológica. La ciencia advierte que el mar volverá y que todo depende del momento en que la Antártida Occidental comience a desmoronarse
© Unsplash – Matt Palmer.

La Antártida Occidental es, desde el punto de vista geológico, un malabarismo improbable. Mientras Groenlandia y la Antártida Oriental reposan sobre tierra firme elevada, la mitad occidental del continente se apoya sobre una cuenca profunda, hundida cientos de metros bajo el nivel del mar. Este detalle, casi invisible en los mapas, explica por qué los glaciólogos la consideran la región más vulnerable del planeta.

En 2014, la NASA anunció que algunos de sus glaciares clave —entre ellos Thwaites y Pine Island— parecían haber cruzado un punto de no retorno: retrocedían hacia el interior más rápido de lo que la nieve podía reponerlos. Una especie de “dominó glaciar”. El proceso comienza cuando el agua marina, más cálida de lo que debería por efecto del cambio climático, se cuela bajo las plataformas flotantes. Las adelgaza, las desancla y, en ese momento, todo lo que estaba sujeto detrás fluye con menos resistencia hacia el océano.

Aquel aviso sonó entonces como un problema futuro de siglos. Hoy, nadie tiene tanta certeza. Y eso es lo inquietante.

La gran duda científica: un colapso lento… o un derrumbe en cascada

En 2016, un estudio publicado en Nature sacudió esa supuesta tranquilidad. Sus autores proponían que, bajo ciertas condiciones, los acantilados de hielo expuestos tras el colapso de las plataformas podrían volverse inestables y derrumbarse en cadena. A ese mecanismo lo llamaron MICI —inestabilidad de los acantilados de hielo marino— y abría un escenario inesperado: subidas rápidas del nivel del mar dentro del mismo siglo.

Las reacciones no tardaron en llegar. Algunos expertos aceptaron la física, pero dudaron de la magnitud. Otros recordaron la desintegración fulminante de Larsen B en 2002 y argumentaron que la realidad demuestra que el hielo puede romperse más deprisa de lo que los modelos predicen.

El desacuerdo es profundo. Unos sostienen que la Antártida Occidental podría resistir más tiempo gracias a mecanismos estabilizadores —pequeñas barreras de hielo mezclado, el propio flujo que suaviza los acantilados, incluso la lenta elevación del lecho rocoso cuando pierde peso—. Otros creen que la clave no es si habrá colapso, sino cuándo veremos señales de que ya ha empezado.

Entre ambas posturas hay una verdad incómoda: nadie puede descartar un escenario rápido.

El reloj del mar: qué podría ocurrir durante este siglo

Vivimos en una bajamar geológica. La ciencia advierte que el mar volverá y que todo depende del momento en que la Antártida Occidental comience a desmoronarse
© Unsplash – MARIOLA GROBELSKA.

El IPCC proyecta que el nivel medio del mar podría subir entre medio metro y un metro para 2100, dependiendo de las emisiones. Es una estimación “conservadora”, basada en lo que los modelos representan con mayor confianza. Pero incluso el propio IPCC reconoce márgenes de incertidumbre importantes: procesos como la hidrofracturación o la ruptura acelerada de acantilados aún no están bien representados en las simulaciones numéricas.

Si la inestabilidad de la Antártida Occidental avanza despacio, tendremos décadas —incluso siglos— para reforzar diques, rediseñar puertos y mover poblaciones costeras. Pero si el derrumbe comienza antes de 2050, el impacto sería difícil de gestionar incluso para países ricos: ciudades como Nueva York, Miami, Nueva Orleans o Shanghái verían sus defensas rebasadas en tiempos históricamente breves.

Lo más revelador es que el sistema ya se está moviendo. Los glaciares de Thwaites y Pine Island fluyen hoy más deprisa que hace solo dos décadas. Las líneas de base retroceden. El océano sigue calentándose. Y cada año observamos fenómenos que, hace poco, se consideraban improbables.

El final del paréntesis: por qué vivimos en una bajamar que no durará

Hace miles de años, el nivel del mar era mucho más alto. Durante el último interglacial, con temperaturas apenas algo superiores a las actuales, los océanos estaban entre 6 y 9 metros por encima del presente. Esa simple comparación basta para entender que la “tranquilidad costera” de los últimos milenios ha sido una excepción geológica y no una norma.

Nuestro tiempo coincidió con un período de hielo relativamente estable, lo que permitió que culturas, civilizaciones y megaciudades crecieran pegadas al mar. Pero la estabilidad está desapareciendo. El clima que permitió construir puertos romanos, murallas medievales y rascacielos en primera línea de playa está cambiando a una velocidad sin precedentes.

Los glaciólogos no hablan de apocalipsis, sino de inevitabilidad. El mar subirá. La duda, repetida como un mantra en congresos científicos, es cuándo ocurrirá y a qué velocidad seremos testigos del cambio.

El colapso total de la Antártida Occidental no ocurrirá mañana, pero tampoco es un escenario relegado al futuro lejano. Vivimos en la frontera de una transformación que reescribirá los mapas del mundo. Cada tonelada de CO₂ emitida hoy inclina la balanza hacia un mar más alto y variable. Y si algo hemos aprendido en los últimos 20 años es que el hielo —ese gigante aparentemente inmóvil— reacciona mucho más rápido de lo que creíamos.

La bajamar geológica que nos permitió levantar ciudades enteras no durará para siempre. Y el reloj, silencioso pero implacable, ya está en marcha.

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