La ciudad no es solo lo que vemos: también es lo que decimos de ella. Muchas veces repetimos frases hechas, titulares o metáforas sin darnos cuenta de que están cargadas de ideas que condicionan nuestra forma de movernos por el espacio urbano. ¿Y si detrás de cada coche mal aparcado, cada acera ocupada o cada ciclista ignorado hubiera algo más que una costumbre? Quizá sea hora de mirar también al lenguaje.
El lenguaje que aparca en la acera
Muchos coches invaden a diario espacios que no les pertenecen: aceras, parques, pasos peatonales. Pero en lugar de nombrarlo como un abuso, lo aceptamos como algo “normal”. En inglés existe el término carspreading, una analogía con el manspreading, para describir esa invasión del espacio público. En español, en cambio, no hay una palabra precisa. Esa ausencia lingüística no es neutra: si no podemos nombrarlo, tampoco lo cuestionamos.

Esto se relaciona con lo que se conoce como motonormatividad: una forma de pensar y hablar que considera que el coche es la medida de todas las cosas. Bajo este prisma, ciertos comportamientos que serían considerados incívicos en otros contextos (por ejemplo, bloquear un paso o emitir ruidos constantes) se normalizan si los protagoniza un automóvil.
Incluso el modo en que los medios informan sobre accidentes revela ese sesgo: “un coche atropella” en vez de “un conductor atropella”. La voz pasiva (“fue atropellado”) o las frases impersonales (“hubo un accidente”) borran al agente responsable. Mientras tanto, a los niños se les prohíbe jugar, pero a los conductores se les pide amablemente que respeten los vados.
Metáforas que aceleran o frenan el cambio
Las metáforas también cuentan. Muchas veces hablamos de la ciudad como si fuera un cuerpo humano, y de sus calles como “arterias” por donde circula la “sangre” de los coches. Bajo esta lógica, cualquier obstáculo al tráfico motorizado se percibe como una amenaza a la salud del organismo urbano.
Pero hay otras metáforas, más críticas, que están ganando espacio en los discursos por una movilidad sostenible. Por ejemplo, describir los coches como el “colesterol” que tapa esas arterias, o al coche como el “rey tirano” de una ciudad sin ciudadanía. Algunas incluso plantean una comparación con el hogar: nadie diseñaría su casa con el garaje ocupando el salón. Entonces, ¿por qué nuestras calles sí?

También crecen las visiones que entienden la ciudad como un ecosistema donde pueden convivir diversas formas de transporte: a pie, en bici, en patinete o en bus. Este enfoque apuesta por lo que se ha empezado a llamar “multiautoculturalismo”: aceptar la diversidad de movilidades como parte de una convivencia urbana más justa.
Cambiar las palabras para cambiar la ciudad
Durante décadas, el lenguaje ha sido cómplice de un modelo urbano centrado en el coche. Pero también puede ser su mayor adversario. Nombrar, resignificar y proponer nuevas metáforas son actos que pueden abrir paso a una ciudad más equitativa y habitable. Como decía Picasso, todos nacemos artistas, pero el reto es seguir siéndolo de adultos. Quizá ha llegado el momento de desaprender cómo hablamos del coche… y reaprender a imaginar otra movilidad.
Fuente: TheConversation.