Drácula apareció por primera vez en la novela de Bram Stoker de 1897. De ahí, se catapultó poco a poco a la cultura popular durante todo el siglo XX y XXI: películas, videojuegos, cómics y libros. Pero como todo mito, los vampiros nacen a partes iguales de la imaginación colectiva y de la ciencia. En concreto de una enfermedad.

Las primeras inspiraciones

Aunque es la más famosa, aquel Dracula no fue la primera historia de vampiros. Unos años antes, Sheridan Le Fanu había publicado Carmilla, una novela con un registro algo más tórrido en el que una mujer recibía las atenciónes lésbicas de una vampiresa. Gran parte de las connotaciones eróticas y sexuales que tienen vampiros y vampiresas nacen de aquella obra.

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La otra parte es fascinante. El concepto de Dracula como un aristócrata, poderoso y refinado, nace un relato corto de John Polidory llamado The Vampyre y que a su vez nace del verano de 1816 que el autor pasó con Mary Shelley y Lord Byron junto al Lago Lemán, en la actual Suiza.

Un vampiro moderno ¯\_(ツ)_/¯

No fue un verano cualquiera. A 1816 se le conoce como “el año sin verano” debido al invierno prolongado que la erupción brutal del volcán Tambora en la otra punta del globo desencadenó en todo el planeta. Como durante aquellos meses apenas salió el sol, Byron, Shelley y Polidory se encerraron a escribir. De aquel verano muerto nacieron dos de los monstruos contemporáneos más conocidos, Drácula y Frankenstein, y algunos de los mejores poemas del romanticismo inglés. Por culpa de un volcán indonesio.

La enfermedad real de los vampiros: las porfirias

Ese breve contexto histórico, que nos revela que el vampirismo ya formaba parte del entresijo de leyendas y folclore del siglo XIX (la pop culture del entonces, dicho mal y pronto), no es suficiente para explicar las bases científicas que en realidad tiene Drácula.

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Para ello tenemos que referirnos a las porfirias. Una porfiria es un aumento desmesurado de unas proteínas que hay en la sangre, las porfirinas. Juegan un papel fundamental en la síntesis del grupo hemo. El grupo hemo forma parte de la hemoglobina que a su vez se encarga de transportar el oxígeno en la sangre y juega por tanto un papel clave en la respiración. También es el que le da ese color rojo intenso y tan... vampírico, a la sangre.

Cuando una secuencia enzimática de las porfirinas deja de funcionar, generalmente por causas genéticas, aparecen las porfirias. Son enfermedades de carácter grave. Lo interesante, dejando a un lado sus particularidades bioquímicas, es que presentan una serie de manifestaciones clínicas que resultan familiares:

  • Fotosensibilidad: en las porfirias, las porfirinas se acumulan en la piel. Cuando incide la luz solar sobre la misma, reaccionan dando lugar a un proceso de oxidación sobre esas proteínas que se ponen a liberar oxígeno como locas sobre los tejidos produciendo la destrucción del tejido epiteliar de la piel, aparecen ampollas y comienza a sangrar. La piel “arde”.
  • Intolerancia al ajo: Son varios los estudios que relacionan el ajo con ciertos trastornos cardiovasculares y de la sangre. En concreto, y simplificándolo un poco, porque bloquea parcialmente la coagulación de la sangre y afecta al grupo hemo, así que alguien con porfiria probablemente empeore si toma alimentos que lo contengan.
  • Palidez: Como la hemoglobina se destruye, con ella se va el color rojo de la sangre y aunque la piel no es menos morena (eso corresponde a la melanina, el pigmento que la tiñe), la desaparición de ese característico color rojo sí que provoca una palidez inusitada.
  • Ansiedad por sangre: Aquí se mezclan varias cosas. Por un lado, la falta de hemoglobina implica también una anemia (falta de hierro) general en todo el organismo. Aunque no está demostrado eso parece que podría producir picas. Una pica es una reacción del cuerpo humano no del todo explicada y de carácter instintivo ante la carencia de algún nutriente esencial. Por ejemplo, a niños en países en guerra con déficit de calcio se les ha visto chupar el yeso de las paredes. Por otro lado, y en un contexto más histórico, parece que los curanderos de la época hacían beber sangre de animales a los enfermos de porfirias porque, lógicamente, experimentaban cierta mejoría.
  • Locura: En sí misma, y desde un punto de vista biológico, las porfirias no afectan al cerebro. Pero cuando una persona no puede salir a la luz del sol, tiene graves problemas metabólicos, tiene que beber sangre y además sufre incomprensión por parte de su entorno, los trastornos psiquiátricos no tardan en aparecer.

Hay una última, que no ha pasado a la cultura popular, pero que Stoker sí describe en su libro con la primera descripción del Conde Drácula: son tremendamente peludos. Como consecuencia a esa hiperreacción ante la luz solar la piel comienza a generar mucho pelo para protegerla.

“...Su cara era fuerte, muy fuerte, aguileña, con un puente muy marcado sobre la fina nariz y las ventanas de ella peculiarmente arqueadas y el pelo gris que le crecía escasamente alrededor de las sienes, pero profusamente en otras partes. Sus cejas eran muy espesas, casi se encontraban en el entrecejo, y con un pelo tan abundante que parecía encresparse por su misma profusión. La boca era fina y tenía una apariencia más bien cruel, con unos dientes blancos peculiarmente agudos; éstos sobresalían sobre los labios. La tez era de una palidez extraordinaria. No pude evitar notar que sus manos eran bastante toscas, anchas y con dedos rechonchos. Cosa rara, tenían pelos en el centro de la palma...”

Las personas que sufren de porfirias no suelen presentar un espéctaculo agradable, también les afecta a los dientes y al pelo, deformándolos la cara (aquí hay una imagen que, aviso, no es muy bonita de ver). Todo eso choca con la imagen de un aristócrata refinado y elegante así que es en cierto sentido lógico que esa parte no haya pasado a la cultura popular del Dracula que todos conocemos.

Nace la leyenda

Lo más probable es que todo este tipo de trastornos fuesen calando en el folclore y en la cultura popular de la Europa del Este a mediados del siglo XIX. Sabemos que Stoker pasó bastante tiempo estudiando ese folclore europeo, sobre todo a partir de un ensayo de 1885 publicado por Emily Gerard llamado “Supersticiones en Transilvania”. Más tarde, aclararía que gran parte de Dracula nació de una pesadilla nocturna que tuvo después de comer mucho cangrejo con mayonesa. Extraño tipo este Stoker, pero tiene su sentido, al fin y al cabo.

Otras leyendas en torno a los vampiros, como la famosa estaca al corazón, no nacen de ese folclore sino de otro más conocido, el de la Santa Inquisición, que solía emplearlo como práctica para quitarse de en medio a alguien si lo encontraba particularmente molesto.

Aunque aclamada por la crítica, Dracula no fue un éxito instantáneo, y no caló en la cultura popular directamente. Fue la película de 1931 con Bela Lugosi la principal responsable del fenómeno y de que haya llegado, relativamente intacto, hasta nuestros días. [Fuentes: Medline, Porfiria.org, Wikipedia].

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