Jack Torrance, Patrick Bateman, Grenouille, Jason Vorhees, Anton Chigurh o Michael Myers son todos personajes ficticios. También son psicópatas muy famosos que la gran mayoría conoce. De hecho, es muy posible que tú también conozcas a alguno en tu círculo. La cultura tiene la culpa de que no lo sepas.

¡Ten mucho cuidado. El doctor Chilton repasará todos los procedimientos físicos que se usan con él. No te desvíes por ningún motivo y no le digas nada personal, Starling. Créeme, no lo quieres dentro de tu cabeza.

No toque ni se acerque al vidrio. Dele solamente papel blando. Nada de lápices ni plumas. Nada de grapas. Si él intenta pasarle algo, no lo acepte. Sólo haz tu trabajo. Nunca olvides lo que es.

Y, ¿qué es?

Es un monstruo. Un completo psicópata.

Hannibal el caníbal.

De esta manera tan sugerente Jonathan Demme nos preparaba para la primera aparición en el cine del gran Hannibal Lecter en The Silence of the Lambs. Posiblemente el personaje interpretado por Anthony Hopkins sea uno de los psicópatas más célebres de las últimas décadas. Con él se siguen una serie de pautas que se han repetido a lo largo de la historia en el cine y la literatura (también en radio). Una personalidad muy marcada con la que el público puede reconocerlo, e incluso entenderlo, aunque jamás reflejarse en ellos porque, claro, son unos perturbados y nosotros no somos así.

Por supuesto, es muy posible que ninguno de nuestros lectores desayune hígado humano con frijoles (y un buen Chiantí), como lo hacía el mismo Lecter, pero en cambio es posible que muchas de las características que definen a un psicópata no estén tan alejadas de tu mundo. Lo que ocurre es que la cultura ha canibalizado la palabra apropiándose de su significado para vendernos únicamente la versión más salvaje del trastorno.

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Veamos otro ejemplo.

Un tipo se acerca a una mesa donde le espera un joven. Cuando llega hasta él se sienta y le pregunta, “¿Cómo te sientes la mayoría de los días?” El chico le responde, “No creo que yo sienta las cosas de la misma manera que tú”.

Entonces el chico, quién iba vestido de manera muy elegante, se ajusta la corbata y muestra una sonrisa encantadora. El joven parece bastante ingenioso y simpático. Tiene labia, le gusta conversar, aunque parece que está luchando contra algo que se le escapa al tipo que se ha sentado junto a él. Luego el joven continúa hablando:

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Es como… en mi primer trabajo. Recuerdo que estaba robando, no era mucho, quizá unos 1.000 euros al mes del mismo sitio. Y aquel chico era nuevo... y se puso en plan que lo sabía todo. Además me quería entregar, pero antes de que tuviera la oportunidad me acerque al gerente y le clavé el cuchillo hasta el fondo de su estómago”.

Ahora la sonrisa del joven es más amplia, luego prosigue: “Supongo que algo así me tiene que hacer sentir mal, ¿Verdad? Se supone que duele, ¿cierto? Pero la verdad es que para mí no hay nada de eso. Nada”.

Este joven no es Hannibal Lecter, se llamaba Martin, es real y fue un psicópata que formó parte de un estudio.

Psicópatas y psicópatas

Ted Bundy. Wikimedia Commons

En la imaginación popular un psicópata es un asesino en serie violento, también puede ser un villano malísimo de una película. Por lo general se muestran como altamente impulsivos y tienen un desprecio total por el bienestar del resto de la humanidad. Pero es igual de probable que Martin sea un vecino de tu edificio, un médico del hospital o incluso un actor y estrella del cine.

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Esencialmente no es diferente de cualquier otra persona que desempeña estos roles, excepto que Martin carece de la “pequeña voz” molesta que influye en la mayoría de nuestras vidas. Porque Martin no tiene conciencia. Y aunque nos guste pensar que la gente como él son una aberración rara, la realidad es que son más comunes de lo que la mayoría nunca adivinaría.

La palabra psicopatía se remonta a una forma temprana del siglo XIX, aunque como término moderno se utiliza principalmente en referencia al trabajo que realizó el psicólogo e investigador canadiense Robert Hare. El también profesor ha dedicado gran parte de su vida al campo de la psicología criminal, además y por encima de todo, él fue el hombre que desarrolló la PCL (sychopathy CheckList) y posteriormente PCL-R (Psychopathy CheckList Revised), es decir, la lista de verificación usada para diagnosticar casos de psicopatía, extremadamente útil para predecir sobre posibles comportamientos violentos.

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La herramienta fue desarrollada para probar una amplia gama de comportamientos y rasgos de personalidades desviadas socialmente, siendo la más importante la ausencia de cualquier sentido de conciencia, remordimiento o culpa. El resultado de esta combinación es un individuo destructivo, egoísta y muchas veces peligroso.

El mundo del psicópata es sorprendentemente sesgado, en el que las leyes normales de la emoción humana y la interacción no se aplican. Sin embargo, sirve como realidad para una parte considerable de la humanidad. Según los estudios de Hare y si abarcamos todas las culturas, aproximadamente de un hombre de cada 100 nace un psicópata clínico, así como una de cada 300 mujeres. Y son tan comunes que cada persona que está leyendo esta frase probablemente conoce a uno personalmente, a menos, claro está, que tú seas el tipo con alguna psicopatía.

De hecho (y no me maten por decirlo) un número significativo de nuestros lectores sean probablemente diagnosticados como psicópatas clínicamente. Porque sois muchos, millones. Pura estadística.

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Y es que muchos psicópatas potenciales ni siquiera podrían darse cuenta de que tienen la condición, ni tradicionalmente ha habido un camino fácil para que otros los reconozcan. La misma prueba científica de Hare, PCL-R, para que sea válida debe ser realizada por un profesional calificado bajo condiciones controladas.

Una versión del test de Hare

Fotograma de A Clockwork Orange

En cualquier caso podemos hacer la prueba, o mejor dicho pseudo prueba, desde casa. ¿Quieres saber si tienes rasgos de una psicopatía en tu interior? Vamos con una alternativa inspirada en la prueba de Hare, mismas preguntas pero sin el control y escrutinio de la prueba real en un espacio controlado.

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A continuación vamos con dos tandas de preguntas, cada una de ellas deben ser respondidas por el lector con un 0 (no), 1 (poco/a veces) o 2 (mucho).

Factor 1: trato interpersonal y afectivo:

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  • ¿Eres una persona elocuente y con encanto superficial?
  • ¿Te sientes superior a los demás?
  • ¿Sueles mentir en tu día a día?
  • ¿Te ves astuto y con el don de manipular a los demás?
  • ¿Te ves frío y carente de remordimientos o culpa?
  • ¿Crees que tus afectos son más superficiales que naturales?
  • ¿Crees que careces de sensibilidad y empatía con los demás?
  • ¿Te cuesta aceptar la responsabilidad de tus propias acciones?

Factor 2: estilo de vida y nivel de antisocialidad:

  • ¿Te sueles aburrir con asiduidad y necesitas ser estimulado?
  • ¿Consideras tu estilo de vida como sedentario?
  • ¿Tienes reacciones poco meditadas?
  • ¿Son tus metas poco realistas a largo plazo?
  • ¿Carácter impulsivo?
  • ¿Te ves irresponsable?
  • ¿Has cometido algún delito a una edad temprana?
  • ¿Problemas de conducta en tu infancia o adolescencia?
  • ¿Cuentas con variedad de delitos en el caso de tener historial delictivo?

Ahora deberíamos de sumar las respuestas. Siendo 5 una persona normal… y 30 o más una persona con claros indicios de psicopatía. Obviamente el resultado no debería de alarmarnos si ofrece una puntuación muy alta, ya que como digo se trata de una versión a modo de juego de las muchas que podemos encontrar sobre la prueba real. Además, para obtener unos resultados óptimos los investigadores deben tener un historial e información exhaustiva del sujeto para interpretar cada respuesta, así como la necesidad de que el sujeto sea lo más honesto y directo posible.

Historia del psicópata

Hitler, ¿psicópata?. Wikimedia Commons

Como decíamos antes, el concepto del psicópata es sólo el más reciente y refinado de los intentos por dar cuenta de un cierto patrón de conducta. En el siglo XIX los médicos psiquiátricos empezaron a notar en los pacientes a su cuidado que no encajaban en ningún diagnóstico conocido, pero que sin embargo mostraban conductas extrañas y perturbadoras: eran impulsivos y autodestructivos. No tenían en cuenta los sentimientos y el bienestar de los demás. Mentían patológicamente y cuando los descubrían con una mentira sonreían y pasaban a una nueva mentira.

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Aquello era un rompecabezas porque aunque había algo claramente inusual en estos pacientes, no mostraban ninguno de los síntomas psicóticos o defectos en la razón que se creían necesarios para la enfermedad mental en ese momento. De hecho, aparte de la tendencia a seguir impulsos insensatos e irresponsables que a veces los metían en problemas, eran bastante racionales, incluso más que el ciudadano medio.

Su condición, por tanto, llegó a ser referida con el término manie sans délire (locura sin delirio), concepto descrito a principios del siglo XIX por el psicólogo francés Philippe Pinel para hablar de un tipo de demencia que no guardaba relación con la manía, la depresión o la psicosis. Para Pinel, quienes la padecían parecían normales a primera vista, pero eran incapaces de controlar sus impulsos.

Más tarde el concepto evolucionó a la locura moral una vez que el papel central de una “conciencia defectuosa” comenzó a tomarse en cuenta. Ya en el siglo XX estos individuos pasaron a llamarse sociópatas o se dice de ellos que sufren de un trastorno de personalidad antisocial, dos términos que todavía se utilizan indistintamente con la psicopatía en según qué círculos, mientras que en otros se consideran condiciones distintas pero relacionadas.

Philippe Pinel. Wikimedia Commons

A partir del siglo XX los estudios fueron moldeando muchas características tipo. El psicópata no sólo reprimía sus sentimientos de ansiedad o culpabilidad, es que a veces ni las experimentaba o no lo hacía apropiadamente, carecía de comprensión para ello. Decía Hare que a pesar de esta deficiencia emocional la mayoría de los psicópatas aprenden a imitar la apariencia de la emoción, y lo hacen lo suficiente como para encajar en la sociedad. Hare decía que ellos “conocen las palabras, pero no la música”.

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Una de las ideas más interesantes que presentaba el investigador tenía que ver con la percepción. Las diferencias en la cultura, el género, la personalidad o el estatus social crean brechas casi insondables, y sin embargo, ninguna de ellas es una brecha tan fundamental como la que existe entre un individuo con conciencia y otro sin ella.

Quizá por ello cuesta tanto entenderlos, porque la psicología del psicópata es tan profundamente ajena a la mayoría de las personas que somos incapaces de comprender sus motivos, o bien de reconocer a uno cuando lo tenemos delante.

Psicópatas entre nosotros

Bernard Madoff. AP

Y aquí viene una parte muy interesante de los estudios: la corriente que dice que un psicópata es un tipo de humano, un tipo obviamente diferente, pero cuyos rasgos (psicopatía) están arraigados a la biología. Esta corriente explicaría que su condición no es un trastorno, al contrario, es un rasgo adaptativo en nuestra sociedad. Hoy se sabe que muchos psicópatas no son delincuentes violentos ni mucho menos, al contrario, conviven con éxito entre el resto. De hecho, los que recurren al crimen son para los profesionales “psicópatas sin éxito” por no haber sabido mezclarse en la sociedad.

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Es más, es un hecho que los psicópatas tienen una clara ventaja en ciertos campos como son los negocios, la política o incluso el derecho. Ellos tienen un CI más alto en promedio que la población general. Ellos toman riesgos y no suele importarles demasiado el fracaso, saben encantar si es necesario o manipular si es el caso, porque son despiadados. Curioso, pensemos ahora en los rasgos que caracterizan a muchos de esos puestos en grandes corporaciones: se pide a gente con carisma, a menudo egocéntrica, dominante... todos ellos rasgos que se asocian con la psicopatía.

No estamos diciendo que todos sean así, pero sin duda los habrá. Pensar en este tipo de ejecutivos de grandes empresas como psicópatas entra en conflicto con aquellos que vemos en las películas como el mismo Lecter. Quizá lo más parecido fue el personaje de Bateman que Bret Easton Ellis llevó a la fama con su American Psycho, pero para eso tuvimos que esperar hasta 1991. Ocurre que la falta de empatía no implica necesariamente un deseo de hacer daño, en cuyo caso estamos ante los casos más extremos (y famosos) de la psicopatía.

Incluso a una distancia cómoda el psicópata puede dar una impresión positiva. La misma ausencia de inhibiciones y honestidad que hace que los psicópatas sean tan peligrosos también les da poderes inusuales de carisma a través de la confianza en sí mismos y la adulación fabricada. En realidad podríamos catalogarnos de grandes actores, si no fuera porque se meten “demasiado” en el personaje.

Un mundo, el del cine o la literatura, que a menudo no sólo presenta a villanos con personalidades psicópatas, también a los propios héroes. De qué otra forma podemos catalogar a la mayoría de personajes de, por ejemplo, Stallone, Schwarzenegger o Bruce Willis, tipos que se pueden pasar dos horas matando a diestro y siniestro sin pestañear y sin remordimiento. O James Bond, ese espía tan perfecto al servicio de su majestad es otro caso clínico. Un tipo tan frío que es capaz de esquiar mientras esquiva bombas y mata a rusos sin una gota de sudor. Un perturbado de libro.

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¿Por qué Rambo, John McClane o Cobra no, y Hannibal Lecter si? Quizás se deba a la confianza que transmiten, o a su encanto, o simplemente a que sabemos que es ficción, pero lo cierto es que pocas veces vemos en ellos el psicópata que sería en la vida real.

Hoy se sigue estudiando las características y origen de la psicopatía. A los estudios y pruebas de Hare se unieron otros, como la serie de características clínica enumeradas por el doctor Hervey Clackley en su libro The Mask of Sanity: An Attempt to Clarify Some Issues About the So-Called Psychopathic Personality. Aún no existe evidencia real sobre las posibles causas del trastorno de personalidad antisocial, aunque se cree que los factores genéticos y ambientales (por ejemplo el maltrato infantil) contribuyen a su desarrollo.

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En lo que sí parecen estar todos de acuerdo es que se trata de personas incapaces de asociar los elementos básicos de una conciencia normal. Quizá por ello es más que cuestionable hablar de ellos como “el mal”, cuando muy probablemente no entienden lo que signifique.