En la cultura popular, la ciencia avanza como un relato épico de descubrimientos que tumban dogmas de un día para otro. Pero los investigadores que revisan su historia y su presente sostienen que la realidad es más compleja: la mayoría de los cambios científicos no son fruto de un chispazo, sino de largas transiciones marcadas por debates, dudas y hasta influencias políticas.
El atractivo de las “revoluciones”
El filósofo Thomas Kuhn popularizó en 1962 la idea de las revoluciones científicas: periodos de estabilidad interrumpidos por crisis que abren la puerta a nuevos paradigmas. Su influencia fue enorme, tanto en el ámbito académico como en la cultura popular. Desde héroes ficticios como el Doctor Brown hasta casos polémicos como el de Andrew Wakefield, la narrativa del genio incomprendido que desafía al sistema caló hondo. Sin embargo, la investigación actual muestra que estos vuelcos son la excepción y no la norma.

Cuando los dogmas ceden paso
Los ejemplos históricos confirman que algunos giros sí ocurrieron, aunque en condiciones muy particulares. El experimento de Michelson y Morley en 1887, incapaz de demostrar la existencia del éter, abrió la puerta a la relatividad de Einstein. Décadas antes, Louis Pasteur había tumbado la teoría de la generación espontánea al demostrar el papel de los microorganismos en la fermentación. Y Alphonse Laveran, pese al escepticismo inicial, logró demostrar que la malaria era transmitida por protozoos mediante mosquitos. Estos casos ilustran cómo la acumulación de pruebas acaba imponiéndose, incluso frente a la resistencia inicial de la comunidad.
Madurez y cambios graduales
Conforme las disciplinas se consolidan, los vuelcos se vuelven menos frecuentes. En la física de partículas, la demostración en 1956 de que la “paridad” no se conserva fue uno de los últimos grandes sobresaltos. Desde entonces, los avances han consistido en añadir piezas a un puzzle ya establecido más que en destruirlo. Algo similar ha ocurrido en inteligencia artificial: el fracaso del perceptrón en los sesenta no supuso su abandono, sino su evolución hacia las redes neuronales que hoy sustentan tecnologías como los chatbots.

El papel de la política y la sociedad
No todos los giros tienen un origen puramente científico. Factores políticos y económicos pueden precipitar aparentes revoluciones. En el siglo XIX, la hipótesis de que “la lluvia sigue al arado” fue promovida en Estados Unidos para alentar la colonización del oeste, con consecuencias desastrosas décadas después. Más cerca en el tiempo, la postura inicial de la OMS sobre la transmisión del coronavirus —centrada en el contacto y no en los aerosoles— se mantuvo hasta que la presión pública y la evidencia acumulada obligaron a rectificar. Y el debate sobre las mamografías en mujeres menores de 50 años lleva medio siglo oscilando más por influencia de grupos de presión que por cambios en la evidencia científica.
Ciencia: menos giros, más persistencia
El repaso histórico y los análisis actuales coinciden en un punto: la ciencia avanza sobre todo de manera gradual. Las revoluciones existen, pero son raras y casi siempre más lentas de lo que parecen desde fuera. Entre tanto, factores sociales y políticos pueden distorsionar la percepción de lo que ocurre en los laboratorios. Comprender este ritmo realista es clave para valorar la ciencia no como una sucesión de epifanías, sino como un esfuerzo colectivo y persistente para acercarnos, paso a paso, a la verdad.
Fuente: Infobae.