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Image: Wikimedia Commons

Dicen que los pantanos son propicios para preservar la piel humana. Al parecer, se comen los huesos dejando los esqueletos de los cuerpos encogidos y, en ocasiones, completamente ausentes. Sin embargo, la piel permanece tan perfecta que es capaz de revelar todo, incluso la agonía del cuerpo antes morir.

En ese proceso, los ácidos en el agua de los pantanos destruyen el ADN, haciendo casi imposible los estudios genéticos. Por eso es tan importante la piel y ese extraordinario estado de conservación. Que sepamos, al menos desde el siglo XVIII, cientos de cuerpos se han revelado de las profundidades de los pantanos, sacados de las marismas del norte de Europa.

Sus edades abarcan miles de años, desde la Edad de Piedra hasta la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, la mayoría provienen de una franja de tiempo relativamente estrecha, de alrededor de 800 aC. a 200 dC.

Y de entre este grupo de cuerpos, una realidad en común: muchos muestran signos de un trauma terrible, que incluye tortura, mutilación o incluso desmembramiento. Juntos, este grupo son los casos más extraños que se haya encontrado la arqueología moderna, y las razones de su desaparición y muerte constituyen uno de los misterios perdurables de los investigadores.

Y una cabeza humana iba a abrir la caja de pandora.

La momia del pantano y una confesión

Imagen: Cortando campo de turba (Pixabay)

13 de mayo de 1983. Dos cortadores de turba a jornada completa, Andy Molde y Stephen Dooley, llevaban varios días encontrándose objetos y telas inusuales entre los restos de humedal ácido donde se había acumulado la materia orgánica de una turbera cerca de Wilmslow, Cheshire (Inglaterra).

De repente, Dooley avisa a Molde. Ahora sí, lo que estaba en la cinta transportadora de la máquina cortadora de turba no lo había visto en su vida: un objeto redondo y algo suave había rebotado hacia arriba. Dooley, en un acto reflejo, ríe algo nervioso y le comenta a su compañero que a lo mejor han encontrado un balón de fútbol aplastado de hace décadas.

Molde le replica que también podría tratarse de un huevo de dinosaurio, en cuyo caso podrían hacerse millonarios. Tras unos minutos de desconcierto, los hombres deciden llevárselo al gerente de las obras de la turba, el señor Wood. Cuando este se encontró con aquel extraño objeto lo primero que pensó fue que, efectivamente, podría tratarse de un balón de fútbol. Despertada la curiosidad de todos, el objeto se regó en un patio anexo.

Lindow Moss
Imagen: David Kitching (CC BY-SA 2.0)

Y entonces pudieron confirmar que la bola tenía un ojo humano y pelo, y que era la parte superior de una cabeza, con restos que parecían del cerebro.

Nadie podía saberlo en ese momento, pero uno de los episodios más extraños de la arqueología había comenzado.

El señor Wood acudió rápidamente a la policía de Macclesfield. Las autoridades llevaban un tiempo buscando a la esposa de Peter Reyn-Bardt, la señora Malika María de Fernández, quien había desaparecido hacía 23 años de forma muy extraña y sin dejar rastro.

Reyn-Bardt ya era conocido por la policía y actualmente estaba cumpliendo una sentencia de cárcel. Al parecer, el hombre se había jactado con varios compañeros de celda de cómo había asesinado, desmembrado y quemado a su esposa, y había enterrado lo que quedaba en el fondo de su jardín.

Casualmente, su jardín daba a Lindow Moss, donde están las obras de turba. Donde se encontró la cabeza humana.

Cuando el laboratorio forense informó que los restos venían de una mujer europea con una edad comprendida entre los 30 a 50 años de edad y que había fallecido recientemente, la policía estaba convencida de que tenía a su hombre.

Imagen: MaxPixel

De hecho, ya habían cavado la mayor parte del terreno detrás de la casa de Reyn-Bardt, sin embargo, no encontraron nada, y Reyn-Bardt había negado todas las acusaciones hasta ese momento. La policía acudió a la cárcel para informar al preso del hallazgo de la cabeza, supuestamente de su esposa.

Para sorpresa de las autoridades, Reyn-Bardt confesó al instante, se derrumbó, y para diciembre de 1983 fue declarado culpable de asesinato en un tribunal.

Sin embargo, en un giro de los acontecimientos insólito, la confesión del sospechoso iba a convertirse en la única evidencia del caso. Sí, la policía había cavado más terreno en el jardín de Reyn-Bardt, pero no apareció nada más. Tan solo era sospechoso de un cráneo que todavía debía analizarse.

Esto fue lo que hizo inspector Smith, quién envió los restos a Oxford para una datación por radio-carbono. El informe llegó unos meses después, tras la confesión de Reyn-Bardt, pero antes del juicio que se iba a celebrar en 1983.

La cabeza no sólo no era de su mujer, la cabeza pertenecía al período romano.

Unos mese después, Reyn-Bardt estaba cumpliendo una sentencia por el asesinato de su esposa pero, a pesar de los registros exhaustivos, la policía aún no había encontrado las partes de un cuerpo que, según él, había enterrado.

Un auténtico galimatías que parecía resolverse por fin unos meses después, no muy lejos de dónde habían encontrado el cráneo del período romano.

El hombre y un ritual insólito

Cuerpo del hombre de Lindow
Imagen: Mike Peel (CC BY-SA 4.0)

2 de agosto de 1984. Un hombre entra muy nervioso en la cafetería de una gasolinera a las afueras de Mobberley, junto a los límites de Wilmslow, Cheshire (Inglaterra). El tipo levanta la mano en la barra del local y pide un whisky doble, cuando el camarero se dispone a servirle el hombre le cuenta que está teniendo el día más sorprendente de su vida, y probablemente uno que no ha hecho más que empezar.

Aquel tipo que se bebió la copa de un trago era el arqueólogo Rick Turner. El día anterior, casi en la misma zona donde un año antes habían encontrado los restos de un cráneo del período romano, uno de los trabajadores empleados para cortar la turba había arrojado al suelo lo que parecía un trozo de madera.

Cuando el barro rebotó sobre la pieza, se reveló que la madera era la parte inferior de una pierna humana con un pie atado. El gerente de las obras de la turba, como el año anterior, llamó rápidamente a las autoridades y posteriormente a un arqueólogo, el señor Turner.

Pie derecho del hombre de Lindow
Imagen: Einsamer Schütze (CC BY-SA 3.0)

Lo que Turner iba a desenterrar en ese sitio después del descubrimiento de la pierna humana sería el conocido como Hombre de Lindow, alias Pete Marsh, los restos casi completos y perfectamente conservados de alguien que se estima murió poco después del nacimiento de Cristo. Uno de los hallazgos arqueológicos más importantes de la historia de Reino Unido.

Al principio, en ese fatídico día, Turner recuerda que encontró únicamente una pieza de piel rodeada de turba, pero pronto se volvió obvio que se había encontrado con un hallazgo raro e importante. De hecho, eso fue parte del problema. Los arqueólogos en Reino Unido nunca antes habían tenido que lidiar con un cuerpo tan antiguo en un pantano. No había un sistema sofisticado de recuperación y conservación que pudiera simplemente ponerse en marcha.

Además, Turner todavía no tenía la confirmación de la edad de aquel cuerpo, por lo que podrían seguir siendo los restos de la mujer de Reyn-Bardt, de hecho, esa fue la primera impresión del gerente de las obras de la turba.

Rostro del hombre de Lindow
Imagen: Einsamer Schütze (CC BY-SA 3.0)

Al no existir un museo local, el arqueólogo tuvo que llamar a colegas de profesión para que le ayudaran. Al día siguiente por la mañana disponía de seis excavadores y una veintena de espectadores, desde representantes de compañías de turba hasta científicos forenses.

Finalmente, y después de estudiar con detenimiento la zona, Turner decide levantar todo el bloque de turba que contenía el cuerpo para poder excavarlo en condiciones y llevarlo a un laboratorio. Así empezó el viaje del llamado “hombre de Lindow”, en un tren ligero de turba que una horas después ya estaba a salvo en la morgue de un hospital.

El arqueólogo llegó temprano al día siguiente. En el momento en que aparecieron la policía y los patólogos, el cuerpo de Lindow, ahora conocido por todos como “Pete Marsh” (la necesidad de completar formularios dio como resultado el nombre), estaba protegido dentro de una caja de madera contrachapada repleta de espuma de poliuretano.

Cabeza del hombre de Lindow. Puede verse el corte en forma de V en la parte inferior, al centro.
Imagen: Geni (CC BY-SA 4.0)

Mientras que los botánicos habían convencido a Turner de que el cuerpo tenía al menos 2.000 años de antigüedad, la policía seguía interesada por verificar que no era la esposa asesinada.

Por tanto, Turner tenía que demostrar que realmente era un cuerpo antiguo. ¿Qué hizo? El forense aceptó permitir la datación por radio-carbono para determinar la edad del cuerpo. 10 días después, obtuvieron un resultado preliminar: el hombre de Lindow tenía al menos 1.000 años de edad, y por alguna razón se dirigía a Londres. O lo que fuera entonces.

Y entonces sí, decenas de especialistas y científicos de todas las ramas aparecieron para estudiar aquel cuerpo histórico, quién de la noche a la mañana se había convertido en el centro de la arqueología moderna.

El hombre de Lindow en exhibición en el Museo Británico
Imagen: InSapphoWeTrust (CC BY-SA 2.0)

De hecho, en poco tiempo se descubrieron una gran número de cosas: una concentración de minerales en su piel sugería que se había pintado de verde (o quizás azul). Los contenidos de su vientre estaban bien conservados. Su última comida consistió en un tipo de pan hecho de dos variedades de trigo y cebada.

La resonancia electrónica de alta tecnología de la paja de trigo indicó que se había calentado brevemente entre 200 ° C y 250 ° C, demasiado caliente para un horno, pero alcanzable en un tipo de plancha. Parecía ser un hombre sano, bien formado, de unos 25 años, con buenos dientes y uñas, barba corta y un bigote que se había recortado con tijeras (sí, un nuevo rompecabezas para los arqueólogos, que habían dicho que no había tijeras en la Gran Bretaña romana).

Por último, el cuerpo estaba desnudo, excepto por un brazalete de piel de zorro colocado justo sobre su codo derecho.

Sin embargo, lo que habría una nueva caja de pandora era su más que probable causa de muerte.

Rituales y violencia: cuerpos en el pantano

El hombre de Grauballe
Imagen: Sven Rosborn (Public Domain)

Lo primero que se notó cuando se extrajo la turba del cadáver arrugado y aplastado fue un agujero en la parte superior de su cabeza. Cuando levantaron de forma cuidadosa su barbilla de su pecho, se reveló un corte limpio en la garganta. Todo hacía indicar que no murió plácidamente.

El departamento de medicina forense señaló varias lesiones que podrían haber sido fatales. Le habían golpeado en la cabeza no menos de tres veces. Un solo golpe fue lo suficientemente fuerte como para enviar astillas de cráneo al cerebro, un golpe de un objeto contundente en la parte superior de su cabeza, probablemente mientras estaba sentado, que le fracturó el cráneo. Un diente destrozado probablemente se debía a la súbita presión de su mandíbula cuando le golpearon.

Y así todo, aquel hombre había sobrevivido al brutal ataque, al menos el tiempo suficiente para que las heridas causadas se hincharan, aunque después de la pérdida inmediata de la conciencia, sin duda murió unas pocas horas después. También recibió un fuerte golpe en el centro de la espalda, uno que rompió todas sus costillas.

Alrededor de su cuello había una cadena de tendones de animales atados en una soga apretada. Sin embargo, los extremos estaban cortados y parecía una especie de collar. En todo caso, su cuerpo revelaba una historia diferente.

La ligadura había dejado una marca profunda en su piel, una que no podía explicarse por la hinchazón del cadáver después de la muerte. La piel del rostro estaba demasiado bien conservada para que se produjera cualquier putrefacción de este tipo. Más bien, las torceduras en el tendón son típicas de los cambios causados ​​por un palo que se inserta y se gira hasta que el cuello se rompe. Esto podría explicar dos vértebras de cuello fracturado.

Así que todo indicaba que tras el primer impacto con el objeto contundente en el cráneo, alguien se acercó por detrás y lo rodeó con una cuerda alrededor de su cuello. Mientras lo estrangulaban, le cortaban la garganta. Combinado con la presión de la soga, esto habría provocado que un torrente de sangre brotara de la herida. Finalmente, recibió una fuerte patada en la espalda, y lo empujó boca arriba a las aguas del pantano, donde, casi dos mil años después, lo encontraron los trabajadores que cavaban la turba en Lindow Moss.

Todos estos análisis surgieron a mediados de la década de 1980, y aunque el hombre de Lindow fue un hallazgo histórico, no había sido el primero en presentar desde las profundidades de un pantano europeo un tipo de muerte que parecía tener un patrón en la antigüedad, o al menos, cierta similitud.

Como decíamos al comienzo, desde el siglo XVIII se han sacado cientos de cuerpos con edades que abarcan miles de años, muchos mostrando estos signos preocupantes que parecen más propios de lo que hoy podría pasar por algún tipo de rito o similar.

Hace unos años, Miranda Aldhouse-Green, una arqueóloga británica y experta en la antigüedad celta, decía en su libro Bog Bodies Uncovered, que al reunir los resultados del examen forense de muchos de estos cuerpos con el testimonio de los autores clásicos y el material recopilado por arqueólogos, la explicación más plausible también se podría encontrar entre las más inquietantes: fueron víctimas de sacrificios humanos y se dejaron en las aguas del pantano como ofrenda a los dioses.

Tollund Man
Imagen: Sven Rosborn (Public Domain)

Para ello exponía un ejemplo clásico en arqueología, el llamado Hombre de Tollund, el cadáver momificado de un hombre que data aproximadamente del siglo IV aC, y que se cree que pertenecía a alguno de los pueblos escandinavos en plena Edad de Hierro prerromana.

Este hallazgo es conocido entre los investigadores como el “cadáver perfecto” debido a la condición exquisita de su rostro y cabeza. Descubierto en 1950 por cortadores de turba en un pantano danés, fue enterrado desnudo, a excepción de una gorra de piel y un cinturón de cuero.

Lo habían colgado y el nudo que se usó todavía estaba alrededor de su cuello. Dada la violencia que parecía haber sufrido antes de morir, sorprendía que su rostro fuera la imagen de la calma. Un arqueólogo danés presente el día después de ser desenterrado, lo describió como que tenía “una expresión amable: los ojos ligeramente cerrados, los labios suavemente fruncidos, como en una oración silenciosa”.

Mujer de Haraldskær
Imagen: McLeod (Public Domain)

La preservación del hombre de Tollund es impresionante e insólita, pero no fue deliberada. A diferencia de otras, como las momias egipcias, los cuerpos de los pantanos deben su estado a un accidente de química. Los pantanos en los que fueron enterrados contienen poco oxígeno, lo que ayuda a inhibir el crecimiento de bacterias.

El ingrediente más importante para la supervivencia de los cuerpos de los pantanos proviene de una planta llamada sphagnum. Cuando esta muere, libera polisacáridos que bloquean los metabolismos bacterianos. Esto ayuda a evitar que la materia orgánica como la piel, la madera, el pelaje y los textiles sucumban a la descomposición. Por eso decíamos al comienzo que los pantanos “curan” la piel de los cuerpos, los preservan como pocas cosas.

De hecho, hay una gran cantidad de datos forenses preservados en los tejidos blandos de los cuerpos de los pantanos, y pueden decirnos mucho sobre quiénes eran en la vida: su estado social, su historia clínica e incluso la comida, como vimos en Lindow.

Hombre de Grauballe
Imagen: Malene Thyssen (CC BY-SA 3.0)

Por eso se sabe que muchas de las víctimas de los pantanos sufrieron de desnutrición. Otros parecen haber estado algo mejor. Algunos tenían las manos bien cuidadas, o llevaban peinados elaborados que indicaban su rango. Un número inusual de los cuerpos también sufría de deformidades físicas. Algunas eran menores, pero otras eran anomalías más pronunciadas.

En cualquier caso, una cosa que los cuerpos dejan en claro es que el maltrato que sufrieron en la muerte fue tan extremo como variado. La mujer de Haraldskaer, otro cuerpo famoso, fue asesinada con un garrote. Otra fue estrangulada con su propia faja. El hombre de Tollund fue colgado. El niño de Kayhausen, un adolescente del norte de Alemania, fue secuestrado y torturado antes de morir.

A los cuerpos de Lindow, Grauballe y Kayhausen les cortaron la garganta. La niña de Windeby se ahogó, y su brazo también lo cortaron. La mujer de Borremose estaba esculpida, su rostro aplastado y su pierna derecha completamente rota. El viejo hombre de Croghan recibió decenas de golpes, probablemente de un hacha, lo suficiente como para cortarle la cabeza y cortar su cuerpo por la mitad.

Niña de Windeby
Imagen: Bullenwächter (CC BY-SA 3.0)

La violencia infligida a los cuerpos continuaba después de la muerte. Varios de los cuerpos tenían sus brazos perforados, y las ramas de sauce fueron arrastradas a través de la herida. Otros tenían estacas de madera clavadas en sus rodillas.

Dos hombres de Weerdinge, Holanda, yacían juntos sobre sus espaldas, enterrados hace unos 2.000 años. Cuando se recuperaron en 1904, los excavadores los colocaron uno encima del otro, los enrollaron y los metieron en una caja. ¿Por qué?

El propio Turner, el arqueólogo que estudió al hombre de Lindow, creía tener una hipótesis certera en 1985. Turner sugería la leyenda de San Edmund, el hombre que murió atado a un árbol en medio de una lluvia de flechas que proclamaba su amor por Cristo, el descubrimiento de lo que sería el primer cuerpo de pantano registrado en Europa.

Imagen: Mujer de Borremose (Public Domain)

En la historia, la cabeza de Edmund, que había sido decapitada, se reúne milagrosamente con su torso. El cuerpo exhumado aún era flexible y no se había descompuesto 300 años después de su muerte. “Espiritualidad y rituales asociados a ellos”, decía Turner.

Aldhouse-Green decía que los celtas del norte de Europa ahogaban a desertores, cobardes y homosexuales en los pantanos. Para ellos, el sacrificio humano era un castigo común. De hecho, muchos de los cuerpos de pantanos mejor conservados eran sacrificios primaverales de tales personas a la Diosa Madre.

Localización donde encontraron a la niña de Yde
Imagen: Ruud Zwart (CC BY-SA 2.5 nl)

Varios cuerpos también muestran signos de haber sido sometidos a algún tipo de humillación ritual. La mayoría fueron enterrados desnudos. La chica de Windeby tenía el lado izquierdo de su cabeza afeitado. La cabeza entera de la niña de Yde estaba esquilada, con su cabello a su lado. Además, le cortaron los pezones.

Hombre de Croghan
Imagen: Mark Healey (CC BY-SA 2.0)

La escritora e investigadora cree que es obvio que detrás hay algún tipo de “intento de domesticar a los muertos, inmovilizando a sus fantasmas en el lugar donde murieron”.

En todo caso, ninguno se trataba de un asesinato “común”. La cremación era la forma más común en la Edad de Hierro en el norte de Europa, mientras que aquellos con un estatus más alto a veces se colocaban en ataúdes de roble y se enterraban con utensilios para usarlos en el “siguiente mundo”.

Los cuerpos de los pantanos no tenían ni uno ni lo otro.

Imagen: Hombres de Weerdinge (Public Domain)

Si hay algo que quedó claro tras los numerosos y exhaustivos estudios que surgieron tras el hombre de Lindow, es que los cuerpos en los pantanos son la mejor evidencia del sacrificio humano que existía en la antigüedad, aderezada además por una violencia inusual para matarlos.

Es curioso, porque a media que han aumentado las pistas con nuevos descubrimientos, la extracción de turba industrial casi ha eliminado las turberas, lo que un día enterrará y pondrá fin sin remedio a una parte de nuestra historia que jamás volveremos a recuperar. Supongo que para entonces, los pantanos pasaran a formar parte del mito.

Por cierto, Reyn-Bardt sigue en la cárcel. Los restos de su mujer siguen sin aparecer. [Bog Bodies Uncovered, BBC, AtlasObscura, The Guardian, NewScientist]

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Miguel Jorge

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