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Ciencia

Cada vez más personas se identifican como neurodivergentes, pero la ciencia todavía debate qué significa realmente. Y la respuesta es más compleja de lo que parece

La neurodivergencia se ha convertido en un concepto cada vez más popular para hablar del autismo, el TDAH y otras diferencias cognitivas. Sin embargo, especialistas advierten que sus límites siguen siendo difusos y plantean un debate sobre diagnósticos e inclusión.
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Una persona con autismo, otra con TDAH y una tercera con dislexia pueden tener experiencias completamente diferentes. Sin embargo, cada vez es más habitual encontrar una misma palabra para describirlas: neurodivergentes. El concepto aparece en redes sociales, escuelas, empresas y conversaciones sobre salud mental, hasta convertirse en una de las expresiones más reconocibles del debate sobre cómo funciona el cerebro humano.

Su popularidad plantea una pregunta interesante: ¿qué significa realmente ser neurodivergente? Aunque muchas personas interpretan el término como una categoría médica, no existe una prueba clínica ni un diagnóstico universal de neurodivergencia. Tampoco hay un consenso definitivo sobre qué condiciones deberían incluirse.

La cuestión va mucho más allá del lenguaje. Afecta a cómo entendemos el autismo, las diferencias cognitivas, la discapacidad y las necesidades de apoyo. Y enfrenta dos preocupaciones legítimas: reducir el estigma asociado a determinados diagnósticos sin invisibilizar las dificultades que algunas personas experimentan.

Una palabra que nació para cambiar cómo entendemos el autismo y terminó abarcando mucho más

Cada vez más personas se identifican como neurodivergentes, pero la ciencia todavía debate qué significa realmente. Y la respuesta es más compleja de lo que parece
Imagen ilustrativa. Las diferencias en el procesamiento sensorial, la atención y el aprendizaje forman parte de las conversaciones actuales sobre neurodiversidad y adaptación de los entornos educativos. © Unsplash / Julio Lopez.

El origen del concepto se encuentra en las comunidades de personas autistas que, durante los años noventa, comenzaron a cuestionar la idea de que todas las diferencias neurológicas debían interpretarse exclusivamente como problemas médicos.

La socióloga Judy Singer contribuyó a introducir la palabra neurodiversidad en el ámbito académico, mientras que la activista Kassiane Asasumasu popularizó el término neurodivergente alrededor del año 2000. Sin embargo, una investigación publicada en la revista Autism en 2024 señala que atribuir el nacimiento de la neurodiversidad a una sola persona simplifica una historia desarrollada colectivamente por comunidades autistas y otros activistas.

La distinción original resulta fundamental: neurodiversidad describe la variedad de funcionamientos neurológicos presentes en una población, mientras que neurodivergencia se refiere a personas cuyo funcionamiento cognitivo se aparta de las normas consideradas habituales.

Con el tiempo, su utilización se extendió más allá del autismo. Hoy suele incluir también el trastorno por déficit de atención e hiperactividad (TDAH), la dislexia y el síndrome de Tourette, entre otras condiciones. Algunas interpretaciones incorporan incluso experiencias relacionadas con trastornos psiquiátricos o diferencias cognitivas adquiridas.

La Cleveland Clinic aclara que neurodivergente no es un término médico ni un diagnóstico. Se trata de una descripción amplia que puede abarcar situaciones con características, causas y necesidades muy distintas.

¿Todos somos un poco neurodivergentes? El debate que divide a los especialistas

Cada vez más personas se identifican como neurodivergentes, pero la ciencia todavía debate qué significa realmente. Y la respuesta es más compleja de lo que parece
Espacio sensorial del Inclusive Tech Lab de Microsoft, equipado con iluminación regulable, elementos táctiles y áreas de descanso para explorar experiencias más accesibles. © Engadget / Tech Lab de Microsoft.

La popularización del término ha generado una dificultad: si sus límites son tan amplios, ¿cómo distinguir una diferencia individual de una condición que requiere atención especializada?

La psicóloga e investigadora Nancy Doyle abordó esta cuestión en un estudio publicado en British Medical Bulletin. Su trabajo estimaba que aproximadamente entre el 15% y el 20% de la población podría presentar condiciones incluidas habitualmente entre las minorías neurológicas. Sin embargo, esa cifra depende de las categorías utilizadas y no constituye una medición universal de la neurodivergencia. Para Doyle, algunas personas presentan perfiles cognitivos con habilidades particularmente desarrolladas en ciertas áreas y dificultades significativas en otras. Reconocer esas diferencias puede ayudar a diseñar entornos educativos y laborales menos excluyentes.

Pero existe una controversia importante. En un artículo científico publicado en 2025, el psiquiatra Alfonso Troisi advirtió sobre los riesgos de llevar la despatologización al extremo de negar que determinadas condiciones puedan constituir trastornos que necesitan tratamiento y apoyo profesional.

El problema no es que alguien encuentre una identidad que le permita comprender mejor sus experiencias. Surge cuando una categoría social se confunde con un diagnóstico, o cuando las necesidades de personas con grandes discapacidades quedan relegadas frente a discursos que presentan todas las diferencias cognitivas como ventajas.

El verdadero desafío podría estar menos en las etiquetas y más en cómo funciona la sociedad

La discusión tiene consecuencias concretas. Las personas con determinadas condiciones pueden encontrar barreras en aulas ruidosas, oficinas poco flexibles o espacios públicos con una sobrecarga de estímulos sensoriales.

La investigación de Doyle propone combinar el reconocimiento de las diferencias individuales con modificaciones ambientales y apoyos personalizados. Esto no implica eliminar la atención médica, sino evitar que toda dificultad se atribuya exclusivamente a la persona sin examinar las barreras de su entorno. En ese sentido, la neurodiversidad ha contribuido a impulsar conversaciones sobre accesibilidad, educación inclusiva y nuevas formas de organizar el trabajo. Pero ninguna etiqueta, por sí sola, determina qué ayuda necesita una persona.

Quizás ahí esté la cuestión central del debate: reconocer que los cerebros humanos funcionan de maneras diferentes no significa que todas esas diferencias tengan las mismas consecuencias.

La neurodivergencia puede ser una herramienta para comprender experiencias y reclamar derechos. El desafío consiste en que su creciente popularidad no termine ocultando aquello que pretendía visibilizar: las necesidades concretas de personas muy distintas entre sí.

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