En abril de 1987, un equipo de biólogos capturó en el sur de California a un ave conocida como AC-9. Era el último cóndor de California que todavía volaba libre. Con su captura, la especie quedó extinta en la naturaleza. La apuesta era arriesgada: reunir a todos los ejemplares que quedaban, apenas unas pocas decenas, y criarlos en cautiverio para intentar devolverlos algún día a su hábitat.
Casi cuatro décadas después, la apuesta salió bien. Según el último informe del Servicio de Pesca y Vida Silvestre de Estados Unidos, a fines de 2025 había 607 cóndores de California en el mundo, de los cuales 392 vivían en libertad. Vuelan en California, en Arizona y Utah, en el noroeste del Pacífico y también en México, donde la sierra de San Pedro Mártir, en Baja California, alberga a 53 ejemplares en libertad.
Un ave gigante al borde del final

El cóndor de California es el ave terrestre más grande de América del Norte, con una envergadura cercana a los tres metros. Es un carroñero: se alimenta de animales muertos y cumple una función clave en los ecosistemas al eliminar restos que, de otro modo, se descompondrían en el ambiente.
Su declive comenzó con la caza, la destrucción del hábitat y los venenos, pero un enemigo silencioso fue decisivo. Cuando un cazador abate un animal con munición de plomo y deja restos en el campo, los fragmentos de ese metal terminan en el estómago de los cóndores que se alimentan de ellos. El plomo es tóxico incluso en pequeñas cantidades: daña el sistema nervioso y el digestivo, y puede matar a un ave adulta.
El problema que no desaparece
El plomo sigue siendo, hasta hoy, la principal amenaza para la especie. Según el informe oficial, desde 1992 se confirmaron 161 muertes de cóndores en libertad por intoxicación con plomo, alrededor de la mitad de todas las muertes con causa conocida. Solo en 2025, nueve de las 22 muertes registradas en la naturaleza se debieron a esa causa, y había otras nueve pendientes de análisis.
Por eso, aunque la población crece, la especie todavía no puede sostenerse sola. Muchos cóndores son capturados periódicamente para medir sus niveles de plomo en sangre y, si es necesario, recibir tratamiento. Los programas de cría en cautiverio siguen siendo esenciales, y la restricción de la munición de plomo en algunas zonas generó resistencia entre parte de los cazadores.
Hay señales de avance. En 2025 nacieron y llegaron a volar 16 pichones en libertad, y las muertes en la naturaleza bajaron a la mitad respecto del año anterior. Pero el equilibrio sigue siendo frágil.
Qué especies elegimos salvar

La historia del cóndor también plantea una pregunta incómoda: por qué algunas especies reciben enormes esfuerzos de conservación y otras casi ninguno. Los grandes animales carismáticos, como el cóndor, el oso panda o el elefante, atraen la atención del público y los fondos. La mayoría de las especies amenazadas no tiene esa suerte.
Un estudio publicado en 2025 en la revista PNAS por investigadores de la Universidad de Hong Kong analizó más de 14.500 proyectos de conservación realizados entre 1992 y 2016, con una inversión total de casi 2.000 millones de dólares. Encontró que los vertebrados se llevaron el 82,9% del dinero, mientras que las plantas y los invertebrados recibieron apenas un 6,6% cada uno, y los hongos y las algas, menos del 0,2% en conjunto. Según el autor principal, Benoit Guénard, cerca del 94% de las especies amenazadas no recibió ningún apoyo.
Ese desequilibrio importa porque los insectos, las plantas y los hongos sostienen funciones básicas de los ecosistemas, como la polinización o el reciclaje de nutrientes. Según la plataforma científica de Naciones Unidas sobre biodiversidad, IPBES, alrededor de un millón de especies están en riesgo de extinción.
Salvar no es suficiente
El debate llegó también a la cumbre de biodiversidad de Naciones Unidas celebrada en octubre en Ereván, Armenia, donde los países discutieron cómo financiar el Marco Mundial de Biodiversidad de Kunming-Montreal. Ese acuerdo, aprobado en 2022, busca proteger el 30% de las tierras y los mares del planeta y detener las extinciones causadas por el ser humano antes de 2030.
El cóndor de California demuestra que es posible rescatar a una especie del borde de la desaparición. Pero también muestra que salvarla es solo el comienzo: si las causas que la llevaron al límite siguen ahí, la especie seguirá dependiendo de la ayuda humana para sobrevivir.