Es uno de los peces más populares en los acuarios de todo el mundo. Se pega al vidrio con su boca en forma de ventosa y se pasa el día raspando algas, por lo que muchos lo compran como un «limpiador» natural de peceras. Pero cuando estos peces terminan en ríos fuera de su hábitat, pueden convertirse en un problema ambiental difícil de controlar. Yakarta, la capital de Indonesia, es uno de los ejemplos más recientes.
En abril de este año, el gobierno de la ciudad lanzó una operación masiva para retirarlos de sus ríos y embalses. En menos de una semana, trabajadores municipales, bomberos, equipos de emergencia y vecinos capturaron más de 10 toneladas de estos peces, conocidos localmente como sapu-sapu, que significa algo así como escoba.
Un pez sudamericano en el sudeste asiático

Se trata de especies del género Pterygoplichthys, peces de la familia de los loricáridos, nativos de la cuenca del Amazonas y de otros ríos de Sudamérica. En América Latina reciben nombres como pez diablo, en México, o carachama, en Perú. Pueden medir hasta 50 centímetros y vivir entre 10 y 15 años. Llegaron a Indonesia hace décadas a través del comercio de peces ornamentales. Con el tiempo, algunos fueron liberados por sus dueños o escaparon de criaderos, y encontraron en los ríos urbanos de Yakarta un ambiente ideal para multiplicarse.
La clave de su éxito está en su capacidad para sobrevivir donde otros peces no pueden. Estos peces pueden respirar oxígeno del aire, lo que les permite resistir en aguas con muy poco oxígeno disuelto. Toleran la contaminación, las aguas calientes y las corrientes lentas. El río Ciliwung, que atraviesa la ciudad, recibe aguas residuales domésticas sin tratar y desechos industriales, y gran parte de sus orillas naturales fue reemplazada por muros de hormigón. Esas condiciones expulsan a muchas especies nativas, pero no a los limpiafondos.
Más que una plaga visible
El problema no es solo la cantidad. Según el alcalde de Yakarta Oriental, Munjirin, los peces se han reproducido de manera notable, afectan a las especies nativas y dañan las orillas y los muros de contención. Esto último tiene una explicación biológica: los machos excavan madrigueras horizontales en las orillas para anidar, que pueden superar el metro de longitud. Cuando hay miles de ellas, contribuyen a la erosión y a la inestabilidad de los márgenes de los ríos.
Tampoco sirven como alimento. El laboratorio de salud de Yakarta detectó plomo en todas las muestras de estos peces tomadas en distintos puntos del Ciliwung, y recomendó a la población buscar otras fuentes de proteína. Al vivir en el fondo y alimentarse de sedimentos y materia orgánica, acumulan los contaminantes del río. Las autoridades evalúan usarlos como fertilizante o alimento para animales, y el gobernador Pramono Anung mencionó la posibilidad de transformarlos en carbón vegetal.
La operación también generó una polémica inesperada. El Consejo de Ulemas de Indonesia, la principal autoridad religiosa islámica del país, advirtió que enterrar a los peces vivos violaba los principios de bienestar animal del islam. Las autoridades se comprometieron a que los peces estén muertos antes de ser enterrados.
Un síntoma, no la causa
Para los especialistas, el pez limpiafondos es más un síntoma que la raíz del problema. La ecóloga Dian Rosleine, del Instituto de Tecnología de Bandung, lo describe como un indicador biológico de la mala calidad del agua. Su proliferación muestra que el río se degradó hasta un punto en que solo las especies más resistentes sobreviven. Por eso, advierte, retirarlos no tendrá un efecto duradero si no se trata el problema de fondo: las aguas residuales y la contaminación.
También hay un malentendido común. Que estos peces coman algas no significa que limpien los ríos. No eliminan la contaminación química ni los desechos, y su presencia masiva puede alterar todo el ecosistema.
Un problema global
Yakarta no es un caso aislado. Diversas especies de este género se establecieron como invasoras en Estados Unidos, especialmente en Florida y Texas, así como en México, India, Filipinas, Sri Lanka y otros países del sudeste asiático. En Texas, por ejemplo, se los vincula con el desplazamiento de peces nativos como el pececillo del río Devils, una especie catalogada como vulnerable.
El patrón se repite: un pez que se vende como solución práctica para el acuario, que crece mucho más de lo que esperan sus dueños, y que termina liberado en el río más cercano. Una vez establecido, erradicarlo es casi imposible. La lección de Yakarta es simple y aplica en cualquier lugar: nunca liberar en la naturaleza a una mascota exótica.