China protagonizó en pocas décadas una de las mayores transformaciones urbanas de la historia. Extendió ciudades, construyó miles de rascacielos y multiplicó carreteras, metros y complejos industriales para alojar a cientos de millones de nuevos habitantes urbanos.
Parte de ese crecimiento se apoyó sobre un recurso invisible: el agua almacenada en los acuíferos. Durante años, pozos industriales, agrícolas y domésticos extrajeron ese líquido más rápido de lo que podía recuperarse. Ahora, numerosas ciudades están pagando una consecuencia que apenas puede apreciarse a simple vista: el terreno se compacta y pierde altura.
Un estudio publicado en Science utilizó observaciones satelitales realizadas entre 2015 y 2022 para medir la subsidencia en 82 de las principales ciudades del país. Los resultados mostraron que el 45% del suelo urbano analizado desciende más de tres milímetros al año y que el 16% supera los diez milímetros anuales.
A recent study reveals alarming rates of land subsidence in 🇨🇳 #China, with nearly half of the country's major cities experiencing significant sinking, with projections suggesting that up to one-quarter of these lands could slip below sea level within the next century, the Times… pic.twitter.com/yFi0g98ZIO
— Resonant News🌍 (@Resonant_News) April 19, 2024
El agua no deja cavernas: reduce el soporte del terreno
El hundimiento no suele producirse porque aparezcan enormes espacios vacíos bajo los edificios. Los acuíferos están formados por sedimentos, como arena, limo y arcilla, cuyos poros contienen agua.
Cuando el bombeo reduce demasiado la presión subterránea, el peso de las capas superiores comprime especialmente los materiales más finos. Los granos se acercan entre sí, disminuye el espacio disponible para almacenar agua y la superficie desciende lentamente. Parte de esa compactación puede ser permanente, incluso aunque el nivel del acuífero se recupere más adelante.
El estudio encontró una relación importante entre el movimiento del terreno y los cambios en los niveles de agua subterránea. Sin embargo, no atribuyó todo el fenómeno a una única causa: la geología local, la extracción minera, las redes de transporte y el peso de los edificios también pueden influir en determinadas zonas.
Un problema lento que afecta a millones de personas
Las velocidades pueden parecer pequeñas, pero se acumulan durante décadas. El trabajo estima que alrededor del 29% de la población urbana analizada vive en terrenos que descienden más de tres milímetros anuales. Otro 7% se encuentra en zonas que superan el centímetro por año.
La subsidencia uniforme no provoca necesariamente el derrumbe inmediato de un edificio. El mayor peligro aparece cuando distintas partes de una ciudad se hunden a velocidades diferentes. Esa deformación puede dañar cimientos, inclinar vías, agrietar carreteras y alterar tuberías, túneles, defensas costeras y sistemas de drenaje.
En las ciudades próximas al mar surge además una amenaza doble. Mientras la superficie baja, el océano asciende por el calentamiento global. Si se mantuvieran las tendencias consideradas por los investigadores, entre el 22% y el 26% de las tierras costeras chinas podrían quedar por debajo del nivel relativo del mar hacia 2120. Esa proyección no significa que todas vayan a inundarse de manera permanente, pero sí que necesitarán defensas y sistemas de bombeo cada vez más exigentes.
Shanghái demuestra que el descenso puede frenarse
La altura ya perdida resulta muy difícil de recuperar, pero la velocidad del hundimiento no es inevitable. Shanghái acumuló entre dos y tres metros de subsidencia en parte de su zona central desde el siglo pasado, especialmente durante sus periodos de mayor extracción subterránea.
La ciudad respondió limitando el bombeo, vigilando los niveles del acuífero y desarrollando programas de recarga. Su regulación actual controla el volumen total extraído y obliga a equilibrar determinadas captaciones con la reinyección de agua. También exige evaluar el riesgo de subsidencia alrededor de excavaciones profundas, metros, túneles y otras grandes infraestructuras.
China no puede elevar nuevamente todas las zonas que ya descendieron. Sí puede impedir que sigan perdiendo terreno al mismo ritmo. La diferencia dependerá de algo que durante décadas pareció no tener relación con la estabilidad de sus rascacielos: cuánta agua continúa retirando del suelo que los sostiene.