Desde la superficie, no había nada especialmente extraño. Rocas fragmentadas, pendientes escarpadas y acumulaciones de escombros componían un paisaje habitual en las grandes cordilleras. Sin embargo, las apariencias estaban ocultando una reserva natural inesperada.
Un equipo de geólogos decidió estudiar el interior de una montaña con instrumentos capaces de detectar cambios mínimos bajo el terreno. Los resultados revelaron que aquella formación rocosa no era lo que parecía: debajo de los escombros permanecía almacenada una enorme cantidad de hielo.
El descubrimiento no solo sorprendió por su volumen. También abrió una nueva pregunta sobre cuánta agua dulce podría estar escondida en otras montañas del planeta, especialmente en regiones cada vez más afectadas por las sequías y el cambio climático.

Una masa de hielo comparable con la Gran Pirámide
El hallazgo se produjo bajo el monte Timpanogos, una de las montañas más reconocibles del estado de Utah, en Estados Unidos. Allí, investigadores de la Universidad de Utah identificaron un gigantesco glaciar rocoso que contiene alrededor de 1,5 millones de metros cúbicos de hielo.
Para dimensionar esa cifra, el volumen equivale aproximadamente al agua contenida en 600 piscinas olímpicas. También resulta comparable con el tamaño de la Gran Pirámide de Guiza, una referencia que permite comprender la magnitud de lo que permanecía oculto bajo una superficie aparentemente común.
A diferencia de los glaciares tradicionales, estas formaciones no presentan grandes extensiones de hielo expuestas. Están cubiertas por piedras, tierra y escombros, por lo que pueden confundirse fácilmente con una parte más del paisaje montañoso.
Los investigadores necesitaron mirar debajo de esa cubierta sin perforar la montaña. Para hacerlo utilizaron un gravímetro, un instrumento capaz de registrar pequeñas variaciones en la gravedad producidas por las diferencias de densidad entre los materiales del subsuelo.
Durante el otoño de 2024, el equipo realizó mediciones en 232 puntos del monte Timpanogos. Posteriormente, combinó toda esa información con técnicas estadísticas avanzadas para reconstruir aquello que no podía observarse directamente.
La tecnología permitió ver lo que había bajo las rocas
La clave estuvo en la diferencia entre la densidad de la roca y la del hielo. Michael Thorne, profesor involucrado en el desarrollo del método, explicó que ese contraste permitió delimitar la enorme masa congelada y estimar su volumen.
Los científicos también recurrieron a la estadística bayesiana, una herramienta que permite actualizar probabilidades a partir de nueva información. Con ella generaron un modelo tridimensional del interior del glaciar rocoso y calcularon cómo estaban distribuidos sus materiales.

La composición terminó siendo una de las mayores sorpresas. De acuerdo con Bronson Cvijanovich, autor principal de la investigación, la formación contiene aproximadamente un 83% de hielo y apenas un 17% de roca suelta. En otras palabras, aquello que desde afuera parece una montaña de escombros es, en gran parte, una gigantesca reserva congelada.
La capa de piedras que cubre el depósito no es un detalle menor. Funciona como una barrera aislante que protege la nieve y el hielo de las temperaturas exteriores. Con el paso del tiempo, la erosión de las montañas de la cordillera Wasatch produce nuevos fragmentos de roca que se acumulan sobre la nieve y contribuyen a enterrarla.
Esta protección natural permite que el hielo sobreviva durante largos periodos, incluso cuando las condiciones de la superficie no parecen apropiadas para conservarlo. Sin embargo, los investigadores aclararon que la formación no sería un vestigio directo de la última Edad de Hielo, sino un depósito originado posteriormente.
Miles de montañas podrían esconder reservas similares
El monte Timpanogos podría ser apenas una pieza de un sistema mucho más amplio. Las observaciones satelitales ya permitieron identificar 836 glaciares rocosos solamente en Utah. A escala mundial, los científicos estiman que podrían existir alrededor de 50.000 formaciones semejantes.
Si las estimaciones son correctas, estos depósitos almacenarían en conjunto cerca de 48 gigatoneladas de agua. Se trata de una cantidad considerable que hasta ahora no siempre fue incluida con precisión en los cálculos sobre disponibilidad hídrica.
Conocer el tamaño, la distribución y la evolución de estos glaciares será especialmente importante en regiones secas. En determinados lugares, el deshielo gradual podría alimentar arroyos y cuencas durante los meses cálidos, cuando otras fuentes de agua comienzan a reducirse.
El descubrimiento también demuestra que una parte de las reservas de agua dulce del planeta puede permanecer escondida a plena vista. Una ladera cubierta de piedras podría ocultar una masa congelada gigantesca, protegida durante años por los mismos escombros que impedían reconocerla.
Ahora, los geólogos cuentan con una metodología capaz de estudiar estas estructuras sin necesidad de excavar. El siguiente desafío será aplicarla en otras montañas y determinar cuánto hielo permanece oculto bajo paisajes que, hasta hace poco, parecían completamente secos.