En el bosque fueguino, rodeadas de nieve y árboles negros, aparecen figuras humanas desnudas, cubiertas de líneas, círculos y manchas. Algunas llevan máscaras cónicas que borran por completo el rostro; otras están envueltas en plumas o avanzan como criaturas imposibles. Las fotografías tomadas por el sacerdote y etnógrafo Martín Gusinde durante el Hain de 1923, conservadas en el archivo de Memoria Chilena, parecen escenas adelantadas un siglo a una película de terror.
No es raro que esas imágenes vuelvan una y otra vez a las redes sociales. Lo extraño es lo que cuentan: bajo cada “monstruo” había una persona selk’nam (pueblo conocido también como ona) representando a un espíritu preciso. Su aspecto no era improvisado. Cada color, punto y movimiento formaba parte de uno de los rituales de iniciación más complejos documentados en América del Sur.
No vivían desnudos, pero su piel también funcionaba como una vestimenta

La frase de que los onas caminaban desnudos por uno de los lugares más fríos del continente tiene algo de verdad y bastante de simplificación. Según Memoria Chilena, utilizaban capas y calzado confeccionados con pieles de guanaco, zorro o cururo. Eran prendas mucho más reducidas que las europeas, pero no afrontaban el clima sin protección.
La pintura corporal también cumplía una función práctica. Un estudio de la arqueóloga Dánae Fiore publicado en Chungara explica que el rojo procedía de arcillas, ocre o sangre; el blanco, de limo y arcilla; y el negro, de carbón y cenizas. Los pigmentos podían mezclarse con agua, saliva, aceite o grasa, y los sedimentos untados sobre la piel ayudaban a protegerla del clima.
Pero la pintura era también un lenguaje. Podía expresar un estado de ánimo, señalar un duelo, embellecer el cuerpo, camuflar a un cazador o identificar a un chamán. En el Hain, ese lenguaje alcanzaba su forma más espectacular.
Durante meses, los hombres dejaban de ser hombres

El Hain no duraba una noche. Podía prolongarse durante meses y reunía a diferentes grupos selk’nam alrededor de una gran choza ceremonial. Allí, los jóvenes (los klóketen) soportaban pruebas, recibían enseñanzas y conocían el secreto que marcaba su entrada en el mundo adulto.
Los supuestos seres sobrenaturales eran hombres pintados y enmascarados. Sho’ort, Hashé, Ulen, Tanu o K’terrnen no tenían el mismo aspecto ni se comportaban igual. Las hileras de puntos grandes, las franjas y los tocados permitían construir personajes reconocibles. No se trataba simplemente de “disfraces”: durante la aparición, el hombre desaparecía y quedaba el espíritu.
El ritual tenía además una dimensión política. La Biblioteca Nacional de Chile explica que los iniciados escuchaban el relato de una época mítica en la que las mujeres poseían el poder y utilizaban esos espíritus para dominar a los hombres. Tras descubrir el engaño, ellos se habrían apropiado del Hain. La ceremonia transmitía esa historia y legitimaba el orden masculino, mezclando religión, educación, temor, humor y una enorme representación teatral.
Las fotos sobrevivieron al intento de borrar a todo un pueblo

Gusinde realizó aquellas fotografías cuando el mundo que documentaba ya había sido devastado. La expansión de las estancias ovejeras despojó a los selk’nam de sus territorios y desató una persecución sistemática. Memoria Chilena recoge que algunas compañías llegaron a pagar una libra esterlina por cada persona asesinada, acreditada mediante manos u orejas. Otros supervivientes fueron deportados a misiones como la de isla Dawson.
Por eso, las fotos del Hain no retratan una cultura congelada fuera de la historia: son el registro de una sociedad mientras era arrasada. También conviene evitar otra idea todavía repetida: que los selk’nam desaparecieron por completo. La Ley 21.606 los reconoció formalmente como uno de los pueblos indígenas de Chile en 2023, tras años de lucha de sus descendientes.
Un siglo después, aquellas figuras siguen pareciendo criaturas de otro mundo. Sin embargo, lo verdaderamente inquietante no está en sus máscaras. Está en que una sociedad capaz de convertir el cuerpo en religión, memoria y teatro fue perseguida hasta el borde del exterminio para dejar sitio a ovejas, cercas y estancias.