En 1871, un agricultor francés llamado Heurtin intentó establecerse con su familia en la isla de Ámsterdam, un territorio volcánico de apenas 55 kilómetros cuadrados perdido en el sur del océano Índico. Llevó cultivos y animales desde La Reunión, pero el experimento duró apenas unos meses. Cuando decidió marcharse, dejó atrás cinco bovinos.
Nadie los alimentaría. No habría veterinarios, establos ni nuevos animales con los que reproducirse. Desde el punto de vista genético, tampoco parecía una situación especialmente prometedora: toda una población tendría que surgir de solo cinco individuos. Pero ocurrió.
Hacia 1952, sus descendientes rondaban los 2.000 ejemplares. La población sufrió enfermedades y posteriores controles humanos, pero volvió a alcanzar aproximadamente esa misma cifra en 1988. Las cinco vacas habían creado uno de los pocos grandes rebaños bovinos completamente asilvestrados conocidos.
Cinco vacas eran suficientes para crear un problema genético enorme

Una población fundada por tan pocos animales debería sufrir un cuello de botella brutal. Parientes terminan reproduciéndose con parientes, aumenta la consanguinidad y la diversidad genética puede desaparecer mientras se acumulan variantes perjudiciales.
Las vacas de Ámsterdam tenían, de hecho, aproximadamente un 30% de consanguinidad.
Lo sorprendente apareció cuando investigadores encabezados por Mathieu Gautier analizaron muestras de 18 animales tomadas en 1992 y 2006. Ocho pudieron secuenciarse a nivel de genoma completo. El trabajo, publicado en Molecular Biology and Evolution, confirmó además algo importante: toda aquella población realmente descendía de aquel diminuto grupo fundador de finales del siglo XIX. Y, pese a una endogamia enorme, la pérdida de diversidad genética había sido moderada.
La explicación parece estar en lo que sucedió inmediatamente después del abandono. El cuello de botella fue extremo, pero breve. El número de animales creció tan deprisa que la población dejó de ser minúscula antes de pasar demasiadas generaciones atrapada en ese estado. Eso permitió conservar una cantidad sorprendentemente alta de la diversidad que ya llevaban aquellos cinco fundadores.
Hay otro detalle importante: los investigadores no encontraron pruebas claras de una “purga genética” que hubiera eliminado milagrosamente las mutaciones más dañinas. La supervivencia parece haber dependido mucho más de la expansión explosiva y de lo que aquellas vacas ya llevaban en su ADN.
Las cinco vacas escondían dos linajes muy diferentes

El genoma permitió reconstruir también su procedencia. Aproximadamente un 73% de su ascendencia estaba relacionada con ganado taurino europeo, especialmente con razas del noroeste de Europa cercanas a la Jersey. El otro 27% procedía de cebúes del océano Índico, relacionados con poblaciones de Madagascar y Mayotte.
Aquello convirtió a cinco animales en un pequeño cóctel genético. Y pudo resultar decisivo. El componente europeo procedía de animales acostumbrados a ambientes oceánicos, húmedos y ventosos, por lo que los autores creen que las vacas pudieron llegar a Ámsterdam parcialmente preadaptadas a unas condiciones que parecían muchísimo más extremas desde fuera.
También cambia otra parte de la historia. En 2017, un estudio había propuesto que estas vacas protagonizaron un caso espectacularmente rápido de nanismo insular, reduciendo su tamaño para adaptarse a la isla. El nuevo análisis genómico no encontró una señal fuerte de selección hacia cuerpos pequeños. Probablemente ya descendían de bovinos relativamente pequeños antes de llegar allí.
Lo que sí cambió parece haber sido su comportamiento

La transformación más curiosa apareció en otro lugar del genoma. La mayoría de los genes candidatos detectados en regiones sometidas a selección estaban relacionados con el desarrollo y funcionamiento del sistema nervioso. Los investigadores creen que podrían reflejar el proceso por el que animales domésticos tuvieron que aprender rápidamente a vivir como salvajes.
Los observadores describieron grupos sociales organizados, machos separados de hembras y jóvenes durante determinadas épocas y animales considerablemente más agresivos que el ganado doméstico. Las vacas no solo habían sobrevivido sin humanos. En unas pocas generaciones habían dejado de comportarse como animales que los necesitaran.
El experimento terminó en 2010. Su enorme población estaba dañando la vegetación y amenazando especies endémicas, incluido el albatros de Ámsterdam, por lo que las autoridades francesas erradicaron finalmente el rebaño.
No quedó ninguna de aquellas vacas. Quedaron unas muestras congeladas. Y gracias a ellas sabemos que cinco animales aislados no sobrevivieron porque la evolución realizara un milagro repentino. Sobrevivieron porque llegaron con una combinación genética inesperadamente buena, se multiplicaron antes de perderla y, una vez solos, aprendieron muy rápido a dejar de ser domésticos.