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Ciencia

Oliver desconcertó al mundo por su apariencia humana: ¿qué tan lejos puede llegar la ciencia sin perder sus límites morales?

Su rostro, su postura y un extraño rumor convirtieron a Oliver en un supuesto “eslabón perdido”. La genética terminó revelando la verdad, pero abrió una historia todavía más inquietante.
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El caso del ¿mono? Oliver desconcertó a quienes lo observaban caminar sobre dos piernas. Algunos aseguraban que no era un chimpancé común, sino el resultado de un experimento que habría intentado cruzar seres humanos con simios. La ciencia finalmente resolvió parte del misterio, aunque detrás de la leyenda existía un antecedente real.

Oliver no necesitaba hacer demasiado para despertar preguntas. Mientras otros chimpancés se desplazaban apoyando los nudillos, él podía caminar erguido durante largos períodos. Su rostro parecía más plano, tenía menos pelo en la cabeza y sus orejas eran puntiagudas. Ante los ojos del público, aquellas características lo acercaban inquietantemente a una persona.

El chimpancé habría nacido alrededor de 1957 en el antiguo Congo Belga, actual República Democrática del Congo. Tras ser capturado cuando todavía era joven, terminó en manos de los entrenadores Frank y Janet Berger. Fueron ellos quienes comenzaron a notar su comportamiento inusual y a preguntarse si Oliver pertenecía realmente a la misma especie que los demás chimpancés.

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© Youtube – Saber+

El chimpancé que fue presentado como un “eslabón perdido”

Durante las décadas de 1970 y 1980, Oliver se convirtió en una atracción. Sus responsables lo mostraban vestido con ropa, bebiendo café, fumando puros y realizando actividades humanas. Diferentes promotores comenzaron a presentarlo como un posible humanzee, nombre utilizado para describir a un hipotético híbrido entre una persona y un chimpancé.

Algunas de esas imágenes todavía pueden encontrarse en documentales como Oliver the Humanzee y The Curious Case of Oliver the Humanzee. Su manera de caminar y su apariencia alimentaron una leyenda que se extendió mucho antes de que existieran pruebas genéticas capaces de resolverla.

La cercanía biológica ayudaba a que la historia pareciera posible. Humanos y chimpancés compartimos más del 98% del ADN, aunque las pequeñas diferencias restantes afectan aspectos decisivos como el desarrollo cerebral, el lenguaje y la postura corporal.

Oliver pasó por espectáculos, parques de animales y diferentes propietarios. Finalmente, en 1989, fue adquirido por Buckshire Corporation, una empresa de Pensilvania que suministraba animales a laboratorios. Aunque aparentemente no fue utilizado en experimentos, permaneció varios años en una jaula tan pequeña que terminó sufriendo atrofia muscular.

Pero la gran pregunta continuaba intacta: ¿era realmente un híbrido?

La genética reveló qué era realmente Oliver

En 1996, investigadores analizaron sus cromosomas. Durante años había circulado el rumor de que Oliver tenía 47: una cifra intermedia entre los 46 de los seres humanos y los 48 de los chimpancés.

El resultado derrumbó la teoría. Oliver poseía 48 cromosomas, exactamente la cantidad esperada en un chimpancé. Un análisis cromosómico y de ADN mitocondrial, publicado posteriormente, determinó que pertenecía a la subespecie de chimpancé central, originaria de África ecuatorial.

Su rostro, calvicie, forma de las orejas y otras características tampoco estaban fuera de la variabilidad natural de la especie. Oliver era extraordinario, pero no era mitad humano. Su caso recuerda que ciertos rasgos considerados exclusivamente humanos pueden aparecer de diferentes maneras entre los primates. Otros descubrimientos, como el de unos monos africanos que cuestionaron antiguas ideas sobre el origen de la marcha humana, también muestran que la evolución rara vez sigue un camino sencillo.

Sin embargo, aunque Oliver no fuera un híbrido, el intento de crear uno no pertenece completamente a la ficción.

¿El ser humano intentó cruzar personas con simios?

La respuesta es sí, aunque con una aclaración fundamental: no existe evidencia científica de que esos experimentos hayan producido un nacimiento.

Durante la década de 1920, el biólogo soviético Iliá Ivanov intentó crear un híbrido entre humanos y grandes simios mediante inseminación artificial. Ivanov ya había trabajado con cruces entre distintas especies de animales y creía que podía aplicar procedimientos similares a los chimpancés.

En la entonces Guinea Francesa, inseminó a tres chimpancés hembra con esperma humano. Ninguna quedó embarazada. Más adelante planeó realizar el procedimiento inverso utilizando esperma de simio y mujeres voluntarias, pero el experimento nunca llegó a concretarse. La muerte del único orangután macho disponible, sumada a los problemas políticos que terminaron con el arresto y exilio del investigador, puso fin al proyecto.

Oliver apareció décadas más tarde, por lo que no existía una conexión demostrable entre él y aquellos ensayos. No obstante, el antecedente de Ivanov hizo que la explicación conspirativa pareciera menos descabellada para muchas personas. El interrogante sobre si humanos y chimpancés podrían tener descendencia también es analizado.

En 1998, Oliver fue trasladado al santuario Primarily Primates, en Texas. Allí vivió acompañado por una chimpancé llamada Raisin hasta su muerte, ocurrida en 2012. Su ADN había cerrado el misterio: no era el producto de un experimento secreto ni un eslabón perdido, sino un chimpancé singular cuya apariencia fue explotada para sostener una historia irresistible.

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