El mapa que hoy conocemos es apenas una fotografía pasajera. Aunque los continentes parecen inmóviles, avanzan lentamente sobre la superficie terrestre y algún día volverán a encontrarse. El problema es que esa futura unión no solo transformará la geografía: también podría crear un mundo tan caliente y hostil que sobrevivir en él sería casi imposible.
La Tierra ya ha atravesado cinco grandes extinciones masivas, episodios capaces de borrar una parte considerable de la vida existente. Ahora, un equipo de la Universidad de Bristol ha utilizado modelos climáticos para observar un futuro extremadamente lejano y descubrir qué podría suceder cuando las masas continentales vuelvan a reunirse.
Los resultados, publicados en Nature Geoscience, describen un escenario en el que la tectónica, el aumento de la radiación solar y una mayor concentración de dióxido de carbono podrían combinarse hasta convertir grandes regiones del planeta en territorios prácticamente incompatibles con la vida de los mamíferos.

El nacimiento de Pangea Última cambiará el planeta
Dentro de aproximadamente 250 millones de años, el movimiento de las placas tectónicas podría reunir nuevamente los continentes en una gigantesca masa de tierra conocida como Pangea Última. No sería la primera vez que esto ocurre: la superficie terrestre ha alternado durante miles de millones de años entre etapas de fragmentación y formación de supercontinentes.
Sin embargo, esta futura configuración tendría consecuencias mucho más profundas que la desaparición de los océanos y las fronteras actuales. Las enormes extensiones interiores quedarían alejadas de la influencia moderadora del mar, lo que favorecería climas secos y diferencias de temperatura mucho más pronunciadas.
De acuerdo con las simulaciones, algunas regiones podrían soportar temperaturas de entre 40 y 50 °C durante largos periodos. En determinadas condiciones extremas, los valores podrían aproximarse a los 70 °C. A esto se sumaría una humedad elevada en algunas zonas, una combinación especialmente peligrosa porque impediría que los mamíferos regularan correctamente su temperatura mediante el sudor.

La formación del supercontinente también podría provocar un incremento de la actividad volcánica. Las erupciones liberarían más dióxido de carbono, reforzando el efecto invernadero y contribuyendo a que la Tierra se vuelva insostenible para numerosas especies.
Tres fuerzas convertirían el calor en una amenaza extrema
El futuro descrito por los científicos no dependería de una sola causa. Los modelos climáticos avanzados señalan la posible coincidencia de tres procesos capaces de reforzarse mutuamente.
El primero sería la distribución de Pangea Última, con un enorme interior continental expuesto a condiciones áridas y temperaturas extremas. El segundo sería el aumento gradual de la energía emitida por el Sol, que dentro de cientos de millones de años brillaría con mayor intensidad. Finalmente, la actividad tectónica y volcánica podría elevar la concentración atmosférica de dióxido de carbono.
Esta combinación produciría un nivel de calor difícil de tolerar incluso para animales adaptables. Los mamíferos lograron sobrevivir a numerosos cambios ambientales gracias a su capacidad para regular internamente la temperatura. Pero esa ventaja tiene un límite: cuando el aire es demasiado caliente y húmedo, el organismo deja de disipar eficazmente el calor.
La fusión continental reduciría de manera drástica las regiones aptas para estas especies. Los cálculos del estudio indican que solo una pequeña fracción de la superficie del nuevo supercontinente podría conservar condiciones tolerables, principalmente cerca de determinadas costas y latitudes.

No significa que toda la vida desaparecería. Microorganismos y especies especialmente resistentes podrían persistir, pero numerosos ecosistemas colapsarían y los mamíferos enfrentarían un riesgo de extinción a escala planetaria.
La amenaza está muy lejos, pero deja una advertencia inmediata
Este escenario no representa un peligro para la humanidad actual. Faltan unos 250 millones de años y las predicciones sobre periodos tan extensos contienen un inevitable margen de incertidumbre. Ni siquiera existe un acuerdo absoluto sobre la forma que tendrá el próximo supercontinente: otros investigadores han propuesto configuraciones diferentes, como Amasia.
Además, resulta imposible saber si los seres humanos seguirán existiendo entonces o si nuestra especie habrá evolucionado, abandonado el planeta o desaparecido mucho antes. El estudio tampoco sostiene que el calentamiento actual vaya a producir directamente las condiciones pronosticadas para Pangea Última.
Aun así, las simulaciones muestran hasta qué punto la habitabilidad terrestre depende de un equilibrio delicado. La posición de los continentes, la composición de la atmósfera y la energía procedente del Sol pueden modificar radicalmente el destino de la vida.
La próxima extinción masiva, si ese escenario llega a cumplirse, no tendría lugar por un desastre repentino. Sería el resultado de una lenta transformación planetaria que avanzaría durante millones de años, hasta dejar a los mamíferos acorralados en las últimas regiones habitables. Para entonces, la Tierra seguiría existiendo, pero podría haberse convertido en un mundo completamente distinto del que permitió el surgimiento de la humanidad.