La exploración de planetas situados más allá del Sistema Solar lleva años persiguiendo una imagen casi irresistible: un mundo completamente azul, cubierto por un océano global y con las condiciones adecuadas para que la química de la vida pueda desarrollarse. TOI-1452 b parecía encajar bastante bien en esa descripción. Al menos sobre el papel.
Esta supertierra se encuentra a unos 100 años luz, en la constelación de Draco, y orbita una pequeña estrella enana roja que forma parte de un sistema binario. El planeta completa una vuelta alrededor de su estrella cada 11,1 días, tiene un radio equivalente a unas 1,67 veces el de la Tierra y una masa cercana a 4,8 masas terrestres. Es más grande que nuestro planeta, pero se mantiene muy lejos de las dimensiones de gigantes como Neptuno.
Durante un tiempo, esas cifras convirtieron a TOI-1452 b en uno de los candidatos más sugerentes a “mundo oceánico”. Sin embargo, la historia no termina con una gigantesca bola de agua flotando en el espacio. Los modelos más recientes muestran que su composición sigue abierta a varias interpretaciones y que, en realidad, podría ser mucho más rocoso de lo que se pensó inicialmente.
La densidad que hizo pensar en un planeta cubierto por agua

TOI-1452 b fue detectado inicialmente por el satélite TESS de la NASA mediante el método del tránsito. Esta técnica mide la pequeña disminución de brillo que se produce cuando un planeta cruza por delante de su estrella desde nuestra perspectiva. Las observaciones fueron confirmadas posteriormente desde tierra y complementadas con mediciones de velocidad radial realizadas con el instrumento SPIRou, que permitieron estimar la masa del planeta.
Al combinar su masa con su radio, el equipo dirigido por astrónomos de la Universidad de Montreal obtuvo una densidad compatible con un núcleo rocoso rodeado por una capa rica en materiales volátiles. Según el estudio original, publicado en The Astronomical Journal, uno de los modelos permitía que el agua representara alrededor del 22% de la masa total, aunque con un margen de incertidumbre bastante amplio. Otras simulaciones llegaron a plantear proporciones cercanas al 30%.
La comparación con la Tierra es llamativa. Aunque los océanos cubren aproximadamente el 70% de nuestra superficie, toda esa agua representa menos del 1% de la masa terrestre. Si TOI-1452 b contuviera realmente entre una quinta y una tercera parte de su masa en forma de agua, estaríamos ante algo completamente distinto: no una versión ligeramente más húmeda de la Tierra, sino un planeta construido alrededor de una enorme reserva de volátiles.
En ese escenario, el océano podría extenderse por todo el planeta y alcanzar profundidades imposibles en la Tierra. Las presiones en sus capas inferiores serían tan elevadas que el agua podría transformarse en hielos de alta presión, formas sólidas que aparecen no por el frío, sino por el enorme peso de las capas superiores. El océano líquido, por tanto, podría quedar separado del interior rocoso por una gruesa capa de hielo.
Los nuevos modelos ya no ven tan claro ese océano global
El principal problema es que conocer la masa y el tamaño de un exoplaneta no equivale a observar directamente su superficie. Distintas combinaciones de roca, agua, hielo y gases pueden producir radios y densidades muy similares. Un planeta rico en agua puede parecerse, desde lejos, a un mundo rocoso cubierto por una pequeña atmósfera de hidrógeno y helio.
La propia NASA ya advertía en 2022 que TOI-1452 b podía ser un mundo oceánico, pero también una enorme roca con poca atmósfera o incluso un planeta rocoso envuelto por gases ligeros. La imagen del océano global era una posibilidad atractiva, no una fotografía confirmada de su superficie.
Los trabajos más recientes han reforzado precisamente esa cautela. Un estudio publicado en 2025 en Monthly Notices of the Royal Astronomical Society utilizó modelos de aprendizaje automático entrenados con millones de posibles estructuras planetarias. Sus resultados favorecieron una composición predominantemente rocosa para TOI-1452 b, con una fracción de agua probablemente pequeña, aunque mantuvieron una posibilidad estadística menor de que alcance valores mucho más altos.
Otro análisis publicado en The Astrophysical Journal también concluyó que TOI-1452 b podría presentar una superficie rocosa si posee una atmósfera delgada. En cambio, si conserva una atmósfera densa capaz de transportar eficazmente el calor, el efecto invernadero podría elevar demasiado las temperaturas como para mantener agua líquida estable en la superficie. Es decir, estar en una órbita templada no garantiza automáticamente un océano ni mucho menos habitabilidad.
Además, el planeta recibe de su estrella una cantidad de radiación comparable a la que Venus recibe del Sol. Su temperatura de equilibrio ha sido estimada en unos 326 kelvin, aproximadamente 53 °C, pero esa cifra no contempla por sí sola el comportamiento de una posible atmósfera. Dependiendo de su composición, presión y capacidad para retener calor, la superficie podría ser templada, extremadamente caliente o incluso estar oculta bajo una envoltura gaseosa.
Sigue siendo uno de los mejores objetivos para el James Webb

Que la hipótesis del océano sea incierta no convierte a TOI-1452 b en un planeta menos interesante. Al contrario: lo transforma en un laboratorio especialmente útil para estudiar la frontera entre las supertierras rocosas y los mini-Neptunos cubiertos por atmósferas o materiales volátiles.
TOI-1452 b se encuentra precisamente en una región de tamaños conocida como el “valle de radios”, donde parece producirse una transición entre planetas rocosos y mundos capaces de conservar envolturas gaseosas. Comprender su composición podría ayudar a explicar por qué algunos planetas terminan pareciéndose a la Tierra mientras otros evolucionan hacia versiones reducidas de Neptuno.
Su sistema también está bien situado para ser observado por el telescopio espacial James Webb durante buena parte del año. Mediante espectroscopia de tránsito, Webb podría analizar la luz de la estrella que atraviesa la atmósfera del planeta y buscar señales de vapor de agua, dióxido de carbono, metano u otros gases. Esas observaciones no revelarían automáticamente la existencia de vida, pero sí permitirían distinguir entre un mundo rocoso, un planeta con una atmósfera ligera y un auténtico entorno rico en agua.
Por ahora, TOI-1452 b no es una segunda Tierra ni un océano extraterrestre confirmado. Es algo quizá más valioso para la ciencia: un planeta que admite varias explicaciones y obliga a mejorar las herramientas con las que intentamos interpretar mundos que nunca podremos contemplar directamente. La búsqueda de vida fuera del Sistema Solar no avanza únicamente encontrando lugares que se parezcan a la Tierra. También progresa cuando descubrimos hasta qué punto un mismo conjunto de datos puede esconder planetas completamente diferentes.