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Ciencia

Criarlas en secreto y devolverlas a la naturaleza: el plan para salvar estas ranas

Un grupo de científicos argentinos puso en marcha una estrategia poco habitual para proteger especies que enfrentan amenazas cada vez mayores y cuyo futuro depende de decisiones tomadas hoy.
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Hay animales que pasan prácticamente inadvertidos hasta que comienzan a desaparecer. Entre ellos están los anfibios, habitantes de humedales, pastizales, bosques y ambientes rurales que cumplen funciones esenciales en los ecosistemas. Sin embargo, sus poblaciones enfrentan una combinación de amenazas que se ha convertido en una de las grandes preocupaciones de la conservación mundial.

En Argentina, un grupo de investigadores decidió afrontar el problema desde distintos frentes. El resultado es Cururú, un programa que reúne ciencia, conservación, educación y participación comunitaria para intentar evitar que algunas especies desaparezcan de los ambientes donde viven.

El nombre no es casual: “cururú” es una palabra de origen guaraní utilizada para referirse a los sapos. Detrás de esa denominación se encuentra una red de proyectos que trabaja con algunas de las especies de anfibios más vulnerables del país.

Un problema que afecta mucho más que a las ranas

Cururú nació en el ámbito de la Facultad de Ciencias Naturales y Museo de la Universidad Nacional de La Plata como una iniciativa vinculada con la Biología de la Conservación. Esta disciplina estudia los procesos que provocan la pérdida de biodiversidad y busca desarrollar estrategias capaces de revertirlos.

El desafío es especialmente grande en el caso de los anfibios. Según el biólogo Federico Kacoliris, investigador del Conicet y uno de los referentes del programa, alrededor del 41 % de las especies de anfibios evaluadas a nivel mundial se encuentran amenazadas.

Las causas son múltiples y, en muchos casos, están relacionadas con la actividad humana. La destrucción y fragmentación de los hábitats, la contaminación, la introducción de especies invasoras, el comercio ilegal de animales, las enfermedades emergentes y el cambio climático forman una combinación difícil de enfrentar.

Por eso, Cururú no funciona como un único proyecto. El programa integra iniciativas de diferentes ámbitos, desde instituciones académicas y organismos gubernamentales hasta organizaciones no gubernamentales y proyectos educativos.

Entre las iniciativas que forman parte de la propuesta se encuentra Arca de los anfibios en Argentina, dedicada a la cría fuera del ambiente natural de determinadas especies amenazadas. También está Meseta Salvaje, enfocada en la fauna autóctona de la Meseta de Somuncura, y un proyecto dedicado a la conservación de anfibios presentes en agroecosistemas.

A estos se suma una iniciativa centrada en el sapito de la sierra, una especie utilizada como símbolo para proteger los pequeños relictos de pastizal que sobreviven en el Sistema de Tandilia.

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© Ann Barnes – Pexels

Cuando el laboratorio se convierte en una segunda oportunidad

Uno de los trabajos más importantes del programa se concentra en la ranita del Valcheta, una especie vinculada a la Meseta de Somuncura. Su población silvestre es tan reducida que extraer ejemplares para intentar aumentar su número podría generar todavía más presión sobre las poblaciones existentes.

La alternativa consiste en mantener una colonia de supervivencia en condiciones controladas. La idea es contar con ejemplares que, llegado el momento y siguiendo protocolos científicos, puedan ser utilizados en programas de reintroducción.

Pero la cría en laboratorio tiene otro objetivo. Permite conocer mejor a la especie: sus necesidades, su reproducción, su desarrollo y las condiciones necesarias para mantenerla saludable. Ese conocimiento puede resultar fundamental cuando se diseñan estrategias de conservación en la naturaleza.

El programa de reintroducción de la ranita del Valcheta fue el primero de este tipo desarrollado en Argentina y se llevó adelante bajo protocolos vinculados con una disciplina relativamente reciente: la Biología de la Reintroducción.

El camino, sin embargo, estuvo lejos de ser sencillo. La pandemia y las restricciones para trasladarse afectaron las tareas de cría, mientras que conseguir determinados materiales y alimentos también se convirtió en un problema.

La imposibilidad de liberar ejemplares durante ese período provocó que las instalaciones alcanzaran su límite. El aumento de individuos en espacios reducidos favoreció situaciones de estrés y la aparición de focos infecciosos. Los investigadores tuvieron que aislar animales enfermos, incorporar nuevos acuarios y modificar los cuidados para recuperar el control sanitario.

La conservación también necesita a la comunidad

La ciencia no es el único componente de Cururú. Una parte fundamental de la estrategia consiste en involucrar a las comunidades que conviven con estas especies.

Uno de los ejemplos más llamativos ocurrió en 2018, cuando se realizó una liberación de ranitas criadas en laboratorio junto con docentes y alumnos de la Escuela Hogar Nº 76 de Chipauquil, en Río Negro.

Los estudiantes participaron activamente del proceso. Cada uno apadrinó una rana y le puso un nombre antes de su liberación. Como los animales cuentan con una identificación individual, los investigadores pueden seguir su evolución y posteriormente compartir información sobre su crecimiento y estado de salud con los propios chicos.

En Tandil, el trabajo de campo también incorporó la colaboración de los llamados Scouts de la Ciencia. La comunicación se completa con contenidos audiovisuales y proyectos documentales destinados a acercar el problema de la conservación a un público más amplio.

El programa cuenta además con el respaldo del Museo de La Plata y de la Fundación Félix de Azara, y recibió declaraciones de interés legislativo en distintos ámbitos. El Conicet y el sitio oficial de Casa Rosada también lo incluyeron entre iniciativas destacadas bajo la etiqueta #OrgulloArgentino.

La historia de Cururú muestra que proteger una especie no consiste simplemente en criar animales y devolverlos a la naturaleza. Implica investigar, recuperar hábitats, comprender enfermedades, educar, involucrar a las comunidades y asumir que algunos intentos pueden fracasar.
Los anfibios son, en ese sentido, una señal de alerta. Su desaparición no afecta únicamente a una rana o a un sapo: también revela que el ambiente que los sostiene está experimentando cambios profundos.

El objetivo de quienes trabajan en Cururú es precisamente intervenir antes de que sea demasiado tarde. Porque cuando una especie desaparece, la pérdida no puede solucionarse simplemente creando nuevos ejemplares en un laboratorio. La verdadera meta es conseguir que vuelva a existir un lugar donde pueda vivir.

 

[Fuente: El Destape]

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