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Ciencia

La evolución nos dio un cuerpo capaz de caminar durante horas. El precio pudo quedar escondido en nuestras articulaciones

Un estudio en Nature descubrió que el cartílago humano contiene hasta cuatro veces menos de unas moléculas esenciales que el de otros grandes simios. La diferencia podría explicar nuestra particular vulnerabilidad a la artrosis.
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Chimpancés, gorilas y humanos compartimos buena parte de nuestra historia evolutiva. Envejecemos, sufrimos lesiones y nuestras articulaciones soportan décadas de movimiento. Pero hay una diferencia desconcertante: la artrosis es extraordinariamente común entre nosotros y mucho más rara entre los otros grandes simios, incluso cuando alcanzan edades avanzadas.

Durante mucho tiempo, la explicación parecía bastante intuitiva. Caminamos erguidos, nuestras rodillas cargan con todo el peso corporal y vivimos lo suficiente como para desgastarlas.

Un estudio publicado en Nature propone ahora algo bastante más profundo. El problema podría estar escrito en cambios regulatorios de nuestro ADN ocurridos durante la evolución humana. Y esos cambios dejaron nuestras articulaciones con mucho menos material para amortiguar los golpes.

Tenemos hasta cuatro veces menos de uno de los “amortiguadores” del cartílago

La evolución nos dio un cuerpo capaz de caminar durante horas. El precio pudo quedar escondido en nuestras articulaciones
© Instituto Weizmann de Ciencias.

El equipo del Instituto Weizmann de Ciencias y la Universidad de Kioto estudió 561.410 cambios genéticos humanos situados en regiones que regulan cuándo y cuánto trabajan determinados genes.

Después probaron las versiones humanas y ancestrales de esas secuencias en células del cartílago. Encontraron 15.077 regiones cuya actividad había cambiado específicamente en nuestro linaje. Pero hubo un grupo que sobresalió: los genes relacionados con los glucosaminoglicanos o GAG estaban sistemáticamente menos activos.

Los GAG son largas cadenas de azúcares presentes en el cartílago. Atraen agua y ayudan a formar una matriz gelatinosa capaz de resistir presión y absorber impactos. En términos muy simplificados, forman parte del sistema de amortiguación de nuestras articulaciones.

Los investigadores fueron entonces directamente al tejido. Analizaron 139 muestras de cartílago de 42 humanos y siete grandes simios, procedentes de ocho tipos de articulaciones. El resultado fue llamativo: los humanos tenían, en promedio, alrededor de tres veces menos GAG. Según la articulación, la diferencia iba de 2,6 a cuatro veces. Ni la edad, ni el sexo, ni que una articulación soportara más peso explicaban esa diferencia.

El cambio fue tan grande que pudo acercarnos peligrosamente a un límite

La evolución nos dio un cuerpo capaz de caminar durante horas. El precio pudo quedar escondido en nuestras articulaciones
© Tasha McAbee, Department of Orthopedics at Boston Children’s Hospital.

Aquí aparece la conexión con la artrosis. Estudios anteriores ya habían encontrado que las personas con osteoartritis o degeneración de los discos vertebrales pueden presentar entre un 25% y un 38% menos de GAG que individuos sanos.

La diferencia evolutiva encontrada entre humanos y grandes simios ronda el 62%. Los autores plantean que nuestra especie podría haber comenzado, por decirlo de alguna manera, con el depósito medio vacío: un nivel basal más bajo que hace que décadas de desgaste acerquen antes el cartílago al punto en el que comienza a deteriorarse.

Eso no significa que hayan encontrado “el gen de la artrosis”. La enfermedad depende también de edad, lesiones, genética individual, metabolismo y otros factores. Pero sí podría explicar por qué los humanos partimos con una desventaja que chimpancés o gorilas aparentemente no tienen.

Lo extraño es que la evolución quizá necesitaba precisamente ese cambio

Entonces surge una pregunta inevitable. Si reducir esos amortiguadores resulta perjudicial, ¿por qué la selección natural permitió que ocurriera? Todavía no hay una respuesta demostrada, pero los investigadores proponen dos posibilidades especialmente interesantes.

Una está en nuestro esqueleto. Los humanos desarrollamos huesos relativamente más ligeros y estilizados, piernas largas y una anatomía adaptada al bipedismo. La reducción de GAG podría haber contribuido a remodelar ese cuerpo y quizá a nuestra capacidad para desplazarnos eficientemente durante grandes distancias.

La otra posibilidad está todavía más arriba: el cerebro. Los GAG también ayudan a estabilizar las conexiones neuronales. Los autores plantean como hipótesis que reducirlos podría haber contribuido a mantener durante más tiempo la plasticidad cerebral humana, ampliando nuestra capacidad de aprender. Por ahora, esa conexión sigue siendo especulativa.

La paradoja es difícil de ignorar. Parte de los cambios que ayudaron a construir el cuerpo humano moderno podrían haber dejado al mismo tiempo un punto débil. La evolución nos puso de pie. Puede que nuestras articulaciones todavía estén pagando la factura.

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