En algunos de los lugares más remotos de Alaska está ocurriendo algo que, a primera vista, parece propio de una explotación minera abandonada. Ríos que durante décadas fueron transparentes están adquiriendo un intenso color naranja, mientras el fondo se cubre de depósitos similares al óxido.
El problema es que muchas de estas cuencas prácticamente no han sido tocadas por la industria.
Los científicos comenzaron a observar el fenómeno sobre el terreno en 2018, aunque imágenes tomadas desde satélites permitieron encontrar señales anteriores. Ahora, una investigación publicada en AGU Advances ha analizado seis cuencas de la cordillera Brooks y encontrado una explicación inquietante: el calentamiento está descongelando terrenos que mantenían ciertos minerales aislados del agua y el oxígeno. Y cuando esa barrera desaparece, comienza una reacción química.
El permafrost se derrite y las rocas empiezan a comportarse como una mina

Al penetrar más profundamente en el suelo, el agua entra en contacto con minerales ricos en sulfuros que antes permanecían congelados. Su oxidación genera ácido sulfúrico y favorece la liberación de hierro, aluminio, manganeso, zinc, níquel, cadmio y tierras raras.
Es un proceso conocido como drenaje ácido de roca. Se parece al drenaje que puede producirse alrededor de algunas minas, pero aquí ocurre de manera natural porque el deshielo está modificando la circulación subterránea del agua.
Entre 2022 y 2024, el equipo dirigido por Taylor Evinger, de la Universidad de California en Davis, tomó muestras en 82 puntos de seis cuencas. Algunas filtraciones presentaron un pH mediano de apenas 3,2, frente al 8,3 de los tramos de río no afectados, y concentraciones extraordinariamente altas de metales.
El hierro explica buena parte del color naranja. Pero precisamente los elementos que no pueden verse son los que más preocupan.
En un río, los metales siguieron apareciendo 100 kilómetros después

El caso del río Salmon permitió observar hasta dónde puede llegar el problema. Los investigadores detectaron concentraciones de sulfato, hierro, zinc, níquel y cadmio de hasta 70 veces los niveles aguas arriba, incluso a más de 100 kilómetros de las entradas de drenaje ácido. Eso demuestra que el fenómeno no queda necesariamente limitado a pequeños arroyos donde comienza la filtración.
Los registros históricos ofrecieron además una pista sobre cuándo ocurrió el cambio. Entre 2019 y 2020, dos de las cuencas estudiadas experimentaron aumentos abruptos de sulfato y zinc. El episodio coincidió con años excepcionalmente cálidos y nevados.
La nieve parece una contradicción, pero puede empeorar el problema: una capa espesa actúa como aislante durante el invierno y evita que el suelo vuelva a congelarse profundamente. Eso facilita que el agua alcance capas minerales antes inaccesibles.
Actualmente, más de 200 ríos y arroyos de la cordillera Brooks han sido identificados mediante observaciones e imágenes remotas como potencialmente afectados por este tipo de drenaje.
Y todavía no sabemos hasta dónde puede llegar

Por ahora, los investigadores insisten en un matiz importante. No se han documentado mortandades masivas de peces asociadas a este nuevo estudio ni problemas de agua potable que estén afectando actualmente a las comunidades locales. Aun así, los científicos estudian sus consecuencias porque muchos de estos ríos sostienen peces y ecosistemas de los que dependen poblaciones rurales del Ártico.
El cambio, además, está ocurriendo en paisajes prácticamente intactos. Durante miles de años, el permafrost funcionó como una especie de cerradura geológica, manteniendo minerales separados del agua que circulaba sobre ellos. El calentamiento está abriendo esa cerradura. Y el naranja que ahora atraviesa Alaska es la parte del problema que podemos ver a simple vista.