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Ciencia

Sabemos que vamos a morir, pero nuestro cerebro parece comportarse como si la muerte fuera cosa de otros. Un Nobel cree que esa ilusión nos protege

Venki Ramakrishnan sostiene que vivimos buena parte de nuestra vida apartando nuestra propia muerte del pensamiento cotidiano. La neurociencia ha encontrado incluso señales de un mecanismo cerebral compatible con esa extraña defensa.
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Todos sabemos cómo termina la historia. Podemos entender perfectamente que nuestros padres morirán, que nuestros amigos morirán y que las personas que aparecen cada día en las noticias morirán. También sabemos, en términos racionales, que nosotros estamos incluidos en esa misma regla. Y, sin embargo, no vivimos como si lo recordáramos constantemente.

Para el biólogo molecular y Premio Nobel de Química Venki Ramakrishnan, eso podría no ser simplemente distracción. En Why We Die, su libro sobre envejecimiento, longevidad y la búsqueda humana por escapar de la muerte, plantea que nuestro cerebro parece haber desarrollado una especie de mecanismo protector: somos capaces de comprender la mortalidad, pero tendemos a procesarla como algo que les ocurre a los demás.

La idea suena filosófica. Lo curioso es que existen experimentos de neurociencia que apuntan en una dirección bastante parecida.

El cerebro puede hacer algo extraño cuando junta “yo” y “muerte”

Sabemos que vamos a morir, pero nuestro cerebro parece comportarse como si la muerte fuera cosa de otros. Un Nobel cree que esa ilusión nos protege
© The Milan Longevity Summit.

En 2019, investigadores publicaron en NeuroImage un experimento pensado precisamente para estudiar cómo responde el cerebro cuando la idea de la muerte se relaciona con uno mismo.

Utilizaron magnetoencefalografía para medir la actividad cerebral de participantes mientras observaban rostros (incluido el suyo) asociados con palabras relacionadas con la muerte. Normalmente, el cerebro genera respuestas automáticas cuando una imagen rompe aquello que esperaba ver. Pero esa señal cambiaba cuando se combinaban el propio rostro y conceptos vinculados con morir.

Los investigadores interpretaron el resultado como evidencia de un posible sistema predictivo que ayuda a separar psicológicamente la muerte del “yo”. En sus experimentos, los estímulos relacionados con la mortalidad parecían empujar la percepción hacia una asociación con “el otro”, no con uno mismo.

No significa que exista un interruptor cerebral cuya función sea hacernos creer literalmente que somos inmortales. El estudio fue pequeño (uno de sus experimentos con magnetoencefalografía incluyó 24 participantes) y sus autores hablan de un mecanismo plausible, no de una explicación definitiva de nuestra relación con la muerte. Pero encaja bastante bien con la observación de Ramakrishnan.

Ser conscientes de la muerte creó un problema bastante particular

Sabemos que vamos a morir, pero nuestro cerebro parece comportarse como si la muerte fuera cosa de otros. Un Nobel cree que esa ilusión nos protege
© David Vintiner.

Ramakrishnan parte de una característica extraordinaria de nuestra especie: no solo reconocemos la muerte cuando ocurre, sino que podemos anticipar que inevitablemente nos ocurrirá en el futuro.

Él señala que otros animales pueden reaccionar ante individuos muertos e incluso mostrar conductas asociadas al duelo, pero considera probable que los humanos seamos únicos en comprender nuestra propia “fecha de caducidad”. Esa consciencia ha atravesado religiones, rituales funerarios, arte, filosofía y buena parte de la cultura humana.

El problema evolutivo es evidente. Una especie capaz de imaginar continuamente su desaparición también podría vivir atrapada en una ansiedad paralizante. La solución psicológica sería bastante elegante: conocer la regla sin sentirla todo el tiempo como algo personalmente inminente.

Eso explicaría por qué podemos contratar una hipoteca a 30 años, plantar un árbol que tardará décadas en crecer o simplemente organizar lo que haremos el próximo verano mientras sabemos perfectamente que nuestro futuro nunca está garantizado.

La paradoja es que pasamos la vida intentando evitar aquello que apartamos de la mente

Ramakrishnan conoce especialmente bien la otra mitad del problema: qué hace que nuestro cuerpo envejezca hasta dejar de funcionar. Ganó el Nobel de Química de 2009 junto a Thomas Steitz y Ada Yonath por sus estudios sobre la estructura y función del ribosoma, la maquinaria celular encargada de fabricar proteínas. Décadas después, centró buena parte de su divulgación en entender el envejecimiento y las actuales carreras científicas por prolongar la vida.

Su visión, además, está lejos de la idea de que tengamos incorporado un reloj programado específicamente para matarnos. El envejecimiento implica la acumulación de daños y el deterioro progresivo de sistemas celulares de reparación, mantenimiento y control hasta que alguna función esencial deja de sostener al organismo.

Ahí aparece una paradoja muy humana. Pasamos enormes cantidades de tiempo y recursos intentando retrasar la muerte mientras nuestro propio cerebro parece ayudarnos a vivir el día a día evitando pensar demasiado en ella. Quizá esa contradicción no sea un error del sistema. Puede que sea precisamente una de las razones por las que podemos saber que somos mortales y, aun así, levantarnos mañana con planes para dentro de diez años.

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