La brecha de longevidad entre mujeres y hombres es una constante global que la ciencia no deja de investigar. Aunque los estilos de vida ofrecen parte de la respuesta, la realidad es mucho más compleja. Factores biológicos, hormonales, conductuales y hasta genéticos intervienen en este patrón que se repite incluso en animales. Nuevos estudios y datos históricos aportan pistas sorprendentes sobre por qué las mujeres tienden a vivir más y cómo se forma esta ventaja desde las primeras etapas de la vida.
Un patrón mundial que trasciende culturas, épocas y especies
Según datos de la Organización Mundial de la Salud, las mujeres viven en promedio 73,8 años, mientras que los hombres alcanzan los 69,1. Esta diferencia parece conectarse con hábitos de vida más saludables: menor consumo de alcohol, mejores pautas de alimentación, controles médicos más frecuentes y mayor interés por la prevención.
Sin embargo, los especialistas advierten que esta ventaja no puede atribuirse solo a la conducta. En numerosas especies, desde mamíferos hasta aves, las hembras suelen vivir más que los machos. Esto sugiere que hay factores biológicos profundos que marcan la diferencia. El comportamiento humano amplifica la brecha, pero no la origina.
Además, históricamente los hombres se han expuesto más a riesgos, han descuidado la salud y han consultado menos al sistema médico. El Instituto Max Planck para la Biología del Envejecimiento recuerda que las estadísticas de esperanza de vida están fuertemente influenciadas por comportamientos como el consumo de sustancias y el suicidio, una causa mucho más frecuente entre hombres.
Hormonas: el rol silencioso que favorece la longevidad femenina
Entre los mecanismos biológicos que explican esta diferencia, las hormonas juegan un papel clave. El estrógeno y la progesterona, predominantes en el cuerpo femenino, actúan como antioxidantes naturales. Ambos fortalecen el sistema inmunológico, protegen al corazón y ayudan a neutralizar los radicales libres que aceleran el envejecimiento celular.
En contraste, la testosterona (hormona dominante en los hombres) está asociada a comportamientos de mayor riesgo y, biológicamente, a procesos degenerativos. Diversos estudios señalan que niveles elevados de testosterona pueden contribuir a hipertensión, aterosclerosis e incluso aumentar la probabilidad de cáncer de próstata. Es decir, el «motor» que potencia el vigor masculino también puede acelerar el desgaste.
Un estudio particularmente llamativo del científico coreano Han-Nam Park analizó los registros de 81 eunucos de la Corte Imperial de la Dinastía Joseon. Estos hombres, castrados antes de la pubertad y por lo tanto con muy baja producción de testosterona, vivieron en promedio unos 70 años. Los demás hombres de la corte no superaban los 50. Y aún más sorprendente: los eunucos tenían 130 veces más probabilidades de llegar a los 100 años.

La genética también pesa: el valor del doble cromosoma X
Más allá de las hormonas, la genética también otorga una ventaja a las mujeres. Ellas poseen dos cromosomas X, mientras que los hombres tienen solo uno. El Instituto Max Planck señala que esta duplicación genética ofrece una especie de respaldo: si un cromosoma X presenta mutaciones o defectos, el otro puede compensarlos.
Los hombres, en cambio, dependen de un único cromosoma X. Si este contiene una mutación significativa, no hay “respaldo biológico”, lo que incrementa la vulnerabilidad desde el nacimiento. De hecho, los bebés varones presentan mayores tasas de mortalidad por trastornos genéticos y enfermedades durante los primeros meses de vida.
La brecha se abre temprano y persiste toda la vida
Aunque el patrón es global, la diferencia varía según el país. En lugares como Nigeria o Nueva Zelanda, la brecha es de apenas dos o tres años; en otros, como Rusia o Bielorrusia, supera los diez. Pero independientemente del lugar, la tendencia comienza desde el nacimiento: los varones son más frágiles ante enfermedades tempranas.
Durante la juventud, los comportamientos de riesgo (violencia, accidentes, consumo de sustancias) aumentan la mortalidad masculina. Más adelante, en la adultez y la vejez, las enfermedades crónicas afectan más a los hombres, potenciada por años de conductas menos saludables.
La longevidad femenina es, así, el resultado de una combinación de biología, hormonas, genética y estilo de vida, una ventaja que se manifiesta desde los primeros días de vida y se prolonga hasta el final. Conocer estos factores es clave para reducir la brecha y promover una vida más larga y saludable para todos.
[Fuente: MSN]