Cuando Salamon Parco era pequeño, un río atravesaba el valle donde vivía su familia, en los Andes peruanos. Sus aguas mantenían verdes los pastizales de los que dependían las alpacas y, con ellas, buena parte de la economía de su comunidad. Pero el paisaje fue cambiando. El río empezó a secarse y el glaciar que lo alimentaba terminó desapareciendo.
En 2010, Licapa, una pequeña localidad de la región de Ayacucho situada a unos 4.200 metros de altitud, se enfrentaba a una situación desesperada. Más de 100 personas habían abandonado el pueblo porque ya no podían mantener a sus familias. Parco también pensaba en marcharse. Sin embargo, decidió participar en un experimento que parecía sacado de una película: pintar de blanco una montaña entera para intentar recuperar el hielo perdido.
La historia quedó documentada por la periodista Gaia Vince en una crónica publicada originalmente en septiembre de 2010. Más de quince años después, aquel proyecto sigue siendo un ejemplo sorprendente de los intentos por enfrentar el retroceso de los glaciares.
Cuatro hombres, una montaña de casi 5.000 metros y miles de litros de mezcla blanca

La idea nació de Eduardo Gold, un inventor peruano que había fundado la organización Glaciares Perú. Su propuesta consistía en cubrir las rocas oscuras del Chalón Sombrero con una mezcla de cal, agua y otros componentes para reflejar la radiación solar.
El principio físico era conocido: las superficies blancas reflejan más luz y absorben menos energía que las oscuras. Si conseguían reducir la temperatura de las rocas, Gold esperaba crear condiciones favorables para que la nieve y el hielo volvieran a acumularse.
En mayo de 2010, cuatro trabajadores locales comenzaron a subir hasta las laderas de la montaña, a unos 4.750 metros de altura. Transportaban materiales con ayuda de animales de carga y distribuían la mezcla sobre las piedras utilizando recipientes.
El objetivo era cubrir 70 hectáreas repartidas entre tres cumbres de Ayacucho. La iniciativa había sido seleccionada en un concurso del Banco Mundial dedicado a la adaptación al cambio climático, con una financiación prevista de 200.000 dólares. Sin embargo, el dinero todavía no había llegado cuando comenzaron los trabajos. Según las crónicas de AFP publicadas aquel año, dos participantes abandonaron el proyecto por dificultades económicas. Parco y Geronimo Torres decidieron continuar.
Las rocas bajaron 15 grados, pero recuperar un glaciar era otra historia

Para septiembre de 2010, los trabajadores habían cubierto aproximadamente tres hectáreas de roca. Las primeras mediciones parecían alentadoras. Según el testimonio de Parco recogido por Australian Geographic, las superficies oscuras alcanzaban alrededor de 20 °C durante el día, mientras que las pintadas registraban unos 5 °C.
La diferencia era de 15 grados Celsius. Durante la noche, las zonas blancas podían descender hasta los -5 °C y formar pequeñas cantidades de hielo.Pero había una limitación decisiva: ese hielo desaparecía aproximadamente a las 10.30 de la mañana, cuando aumentaba la temperatura.
Las observaciones demostraban un enfriamiento superficial, aunque no constituían pruebas de que pudiera regenerarse un glaciar. El glaciólogo Lonnie Thompson, de la Universidad Estatal de Ohio, advirtió que estas intervenciones podían ofrecer beneficios locales y temporales, pero difícilmente resultarían viables a escala regional.
Un glaciar necesita acumular más nieve y hielo del que pierde durante periodos prolongados. Pintar rocas no modifica por sí solo las precipitaciones ni las temperaturas atmosféricas responsables del retroceso glaciar.
Dieciséis años después, la pregunta sigue siendo si aquel experimento podía funcionar

La historia volvió a recibir atención en 2024 gracias al cortometraje documental Chalón Sombrero (Paint it White), dirigido por David Seminario Valcarcel. La producción recuperó la propuesta de Gold y el esfuerzo por devolver el hielo a la montaña. Sin embargo, tampoco presentó evidencia científica concluyente de que se hubiera restaurado el glaciar desaparecido.
Un informe de la UNESCO sobre el retroceso de los glaciares también recordó el experimento y señaló que, pese a la atención mediática que recibió, su eficacia a largo plazo seguía sin estar demostrada.
La diferencia entre enfriar unas piedras y recuperar una masa de hielo permanente resulta fundamental. Para los habitantes de Licapa, no obstante, aquella iniciativa representaba algo más inmediato que un experimento climático. Era un intento de conservar los pastizales, las alpacas y la posibilidad de seguir viviendo donde habían nacido. Y esa sigue siendo la dimensión más importante de la historia: cuando un glaciar desaparece, no solo cambia una montaña. También puede desaparecer la forma de vida de quienes dependen de ella.