En 1984, en una cantera de Escocia, apareció un pequeño fósil de menos de 20 centímetros de largo, con cuatro patas, dedos con forma de garra y un cuerpo alargado parecido al de una lagartija. Lo bautizaron Westlothiana lizziae, aunque todo el mundo empezó a llamarlo Lizzie. En 1989 fue presentado como el reptil más antiguo conocido, y durante tres décadas se convirtió en un ícono de la evolución de los vertebrados terrestres.
Ahora, un estudio publicado en la revista Nature le quitó ese título. Al analizar su interior con rayos X de altísima precisión, los investigadores descubrieron algo inesperado: Lizzie tenía branquias.
Por qué Lizzie era tan importante
Lizzie tiene unos 345 millones de años y proviene de la cantera de East Kirkton, en West Lothian, cerca de Edimburgo. Por su antigüedad y su aspecto, se la consideraba uno de los primeros amniotas, el grupo que incluye a reptiles, aves y mamíferos, y que se caracteriza por poner huevos capaces de desarrollarse fuera del agua.
Eso la convertía en una pieza clave para fechar uno de los grandes momentos de la evolución: cuando los vertebrados lograron independizarse por completo del agua. «Lizzie ha sido un ícono de la evolución temprana de los amniotas durante décadas», explicó Xavier Jenkins, investigador del Museo Americano de Historia Natural y uno de los autores principales del estudio.
Lo que escondía la roca
El problema es que el fósil está aplastado entre dos placas de roca caliza, y durante décadas los científicos solo pudieron estudiar lo que se veía en la superficie. Para ver su interior sin destruirlo, el equipo, del que también formaron parte Ben Igielman, que empezó la investigación en la Universidad de Oxford, y Roger Benson, del Museo Americano de Historia Natural, recurrió al sincrotrón europeo ESRF, en Grenoble, Francia, una instalación que produce rayos X extremadamente potentes.
Los escaneos revelaron un cráneo más primitivo de lo esperado, un esqueleto de branquias osificado y una boca de tipo pez, cubierta de miles de diminutos dentículos en el paladar y la mandíbula. «Las apariencias engañan», resumió Igielman. Benson lo calificó como «una gran sorpresa».
Un pariente lejano, no un antepasado
Con esos datos, el análisis ubicó a Lizzie entre los tetrápodos de grupo troncal, es decir, en una rama que se separó antes de que se dividieran los linajes de los anfibios y de los amniotas. Según los autores, probablemente llevaba una vida acuática o anfibia, y no terrestre.
La clave está en las garras. Durante años, los dedos con forma de garra se consideraron una señal de vida en tierra firme. Pero el estudio muestra que esos rasgos ya habían aparecido en parientes acuáticos de los tetrápodos. Por eso, las huellas fósiles con marcas de garras que algunos científicos atribuyeron a amniotas muy antiguos, como unas halladas en Australia, podrían haber sido dejadas por animales más primitivos y anfibios.
Un reloj evolutivo que hay que recalibrar
La caída de Lizzie tiene consecuencias más amplias. Los fósiles antiguos se usan para calibrar los relojes moleculares, que estiman cuándo se separaron distintos grupos de animales a partir de su ADN. Según la paleontóloga Claudia Marsicano, que participó como revisora del estudio, sin Lizzie la calibración de uno de esos momentos clave podría correrse unos 17 millones de años. Los autores, por su parte, sostienen que no hay evidencias de amniotas verdaderos hasta el final del período Carbonífero, al menos 30 millones de años después de la época de Lizzie.