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Ciencia

Dejó la ciudad para irse a vivir al desierto más árido de Perú: 30 años después, un puñado de llamas convirtió la arena en un bosque productivo

En 1995, un filósofo abandonó su casa en Lima y se instaló en pleno desierto de Ica, decidido a demostrar algo que sonaba casi imposible: que se podía devolverle fertilidad a la arena sin una sola gota de agroquímico. Tres décadas después, un puñado de camélidos andinos que nunca debieron estar ahí terminó siendo la pieza que faltaba
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En 1995, el filósofo, poeta y agricultor Alberto Benavides Ganoza adquirió tierras en el desierto del valle de Samaca, en la región de Ica, con el objetivo de demostrar que era posible recuperar un ecosistema degradado sin recurrir a fertilizantes químicos ni a maquinaria pesada. Más de tres décadas después, ese esfuerzo derivó en la primera concesión de este tipo otorgada en la costa peruana: 6.349 hectáreas en los distritos de Ocucaje y Santiago, reconocidas oficialmente por el Servicio Nacional Forestal y de Fauna Silvestre (Serfor) de Perú para la conservación de sus lomas costeras.

El árbol que hizo posible todo lo demás

Huarango
© Toyagrafia – Shutterstock

El primer paso fue garantizar el acceso al agua mediante pozos tubulares alimentados con energías limpias. Sobre esa base, Benavides plantó los primeros cercos vivos de huarango, un árbol nativo del desierto peruano capaz de captar humedad de capas subterráneas profundas, cuyas raíces ayudan a estabilizar el suelo, reducir el impacto del viento y crear un microclima favorable para que otras especies puedan establecerse.

Por qué las llamas (y no maquinaria) fueron la pieza clave

Llamas
© Mauricio Gutiérrez – Unsplash

En 2010, con el objetivo de recuperar la fertilidad del terreno sin químicos ni maquinaria pesada, Benavides incorporó cuatro llamas provenientes de Lircay, en las alturas de la sierra de Huancavelica. Desde la época colonial, estos animales, centrales en la cultura andina, habían desaparecido por completo de la costa peruana.

Las llamas fueron trasladadas de manera estratégica por distintos sectores del desierto. Su paso ayudó a compactar y airear la arena, mientras que sus excrementos aportaron nutrientes esenciales para un suelo que llevaba años degradado. Al alimentarse mediante un pastoreo suave, además, favorecieron el crecimiento de nuevas plantas sin destruir sus raíces, algo que el ganado tradicional no logra hacer de la misma manera.

De 4 a 60 llamas: una manada única en la costa peruana

Aquel grupo inicial de cuatro ejemplares se transformó en una manada de más de 60 llamas completamente adaptadas al clima costero, convirtiendo a Samaca en el único lugar de la costa de Perú donde se cría este camélido andino. Hoy los animales cumplen una doble función: son una atracción para los visitantes del fundo y siguen siendo una pieza activa dentro del proceso de restauración ecológica del terreno.

Qué se cosecha hoy en lo que antes era arena pura

La antigua pampa árida de Ocucaje se transformó progresivamente en un bosque seco vivo y un oasis agroecológico, gracias a la reforestación con huarangos y otras especies nativas como molles y datileras. El paisaje desértico recuperó biodiversidad y capacidad productiva: hoy el suelo restaurado permite cultivar y procesar pallares, frejoles, aceitunas para aceite de oliva extra virgen y hasta pecanas, bajo un modelo basado en comercio justo y respeto por los ciclos naturales. El fundo además produce miel de 80 colmenas que se alimentan de la floración nativa, incluida la del propio huarango.

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