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Ciencia

Durante siglos repetimos que “todos los caminos llevan a Roma”. Un análisis de 300.000 kilómetros acaba de mostrar que el gran eje terrestre del Imperio pasaba por otro lado

Un nuevo mapa de casi 300.000 km de calzadas romanas revela que Roma no era el gran centro terrestre del Imperio. También desmonta otro mito: sus carreteras solo eran rectas cuando el paisaje se lo permitía.
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Pocas infraestructuras antiguas tienen una reputación comparable a las calzadas romanas. Dos mil años después seguimos imaginando una red de caminos extraordinariamente rectos que salían de Roma y se extendían hasta los confines del Imperio. Incluso hemos convertido esa imagen en un proverbio: todos los caminos llevan a Roma.

El problema es que, literalmente, no era así.

Un equipo internacional ha utilizado Itiner-e, el mapa digital más detallado construido hasta ahora de las carreteras romanas, para analizar matemáticamente una red de 299.171 kilómetros extendida por Europa, el norte de África y Oriente Próximo. El resultado, publicado en Nature Communications, muestra que Roma era importante, pero ciudades como Antioquía, Ancira (la actual Ankara), Corinto o Bizancio ocupaban posiciones más estratégicas para desplazarse por tierra a través del Imperio.

El camino más importante ni siquiera pasaba por Roma

Durante siglos repetimos que “todos los caminos llevan a Roma”. Un análisis de 300.000 kilómetros acaba de mostrar que el gran eje terrestre del Imperio pasaba por otro lado
© ArtasMedia / Minerva / Itiner-e,

Los investigadores no se limitaron a dibujar líneas sobre un mapa. Transformaron la red romana en 10.516 nodos y 14.901 conexiones y calcularon qué carreteras servían con mayor frecuencia como intermediarias en las rutas terrestres más rápidas. Ahí apareció una geografía bastante diferente a la imagen tradicional.

Las grandes rutas costeras del Mediterráneo tenían una importancia enorme, especialmente en el norte de África, Levante, el sur de la actual Francia y el noroeste de Hispania. Bizancio, futura Constantinopla, ocupaba además una posición excepcional al conectar las redes terrestres de Europa y Asia mediante el Bósforo.

Roma, por su parte, estaba bien situada dentro de Italia, pero la propia península era prácticamente una desviación respecto al gran corredor terrestre que atravesaba el Imperio.

Eso no significa que Roma fuera una ciudad periférica. Era el centro político y simbólico durante buena parte de la historia imperial y estaba extraordinariamente conectada mediante el Mediterráneo, fundamental para los desplazamientos de larga distancia. El estudio analiza específicamente carreteras; sus autores advierten que todavía deben incorporarse de manera completa las rutas marítimas y fluviales.

Los romanos amaban las líneas rectas. Las montañas no tanto

Durante siglos repetimos que “todos los caminos llevan a Roma”. Un análisis de 300.000 kilómetros acaba de mostrar que el gran eje terrestre del Imperio pasaba por otro lado
© Getty Images / Antonio Masiello.

El estudio también pone números a otro tópico. Los ingenieros romanos efectivamente intentaban construir carreteras directas cuando podían. En las llanuras de Europa occidental, el norte de África, el valle del Po o Anatolia aparecen recorridos particularmente rectos. Pero en cuanto entraban en juego montañas, valles y pendientes, la geometría perfecta desaparecía.

La sinuosidad media de las vías romanas fue superior a la de las grandes carreteras modernas. Aproximadamente el 90,6% de los casi 300.000 kilómetros analizados se mantiene además por debajo de pendientes del 16%, un límite relevante para el tránsito de carros y animales. Los ingenieros buscaban trayectos eficientes, pero no intentaban imponer una línea recta a cualquier precio.

Dicho de otra manera: cuando una montaña obligaba a rodear, los romanos rodeaban.

Dos mil años después seguimos conduciendo sobre su huella

Durante siglos repetimos que “todos los caminos llevan a Roma”. Un análisis de 300.000 kilómetros acaba de mostrar que el gran eje terrestre del Imperio pasaba por otro lado
© ArtasMedia / Minerva / Itiner-e,

El mapa deja una última sorpresa. Las carreteras romanas y las grandes vías modernas muestran una correlación positiva de 0,46, una señal de que muchos corredores de movilidad han sobrevivido, de una forma u otra, durante casi dos milenios.

No significa que las autopistas actuales estén simplemente asfaltadas encima de antiguas calzadas. La relación cambia enormemente según la región y ciudades como París, Madrid, Birmingham o Bruselas crecieron alrededor de centros que en tiempos romanos tenían una importancia mucho menor.

Hay además una limitación gigantesca escondida en el mapa. Aunque Itiner-e reúne casi 300.000 kilómetros de vías, solo el 2,737% de sus trazados se conoce con certeza arqueológica. El resto presenta diferentes grados de precisión o reconstrucción a partir de excavaciones, documentos históricos, mapas y teledetección. Aun así, es suficiente para cambiar una imagen que llevamos siglos repitiendo.

Los romanos construyeron una red extraordinaria. Lo que no construyeron fue una gigantesca telaraña con Roma exactamente en el centro.

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