No llegaron a crecer. Ni siquiera sabemos con certeza a qué especie pertenecían.
Hace unos 77 millones de años, dos dinosaurios recién nacidos quedaron enterrados junto a fragmentos de los huevos de los que probablemente acababan de salir. Sus pequeños esqueletos permanecieron allí hasta ser descubiertos en la Formación Judith River, cerca de Havre, en Montana. La preservación es tan excepcional que todavía pueden distinguirse diminutas vértebras, fémures e incluso la textura de las cáscaras que los rodeaban.
Millones de años después, su destino ha sido bastante diferente al de la mayoría de los fósiles científicos.
El bloque fue presentado como “Baby Dinosaur Nest” en la subasta de Historia Natural organizada por Sotheby’s en Nueva York el pasado 14 de julio. La casa de subastas lo identificó como dos hadrosáuridos neonatos, posiblemente lambeosaurinos, y su estimación previa se situó entre 800.000 y 1,2 millones de dólares. Actualmente, Sotheby’s marca el lote como no disponible. Y eso convierte un pequeño nido de dinosaurios en parte de un problema cada vez más grande.
Encontrar dinosaurios adultos es difícil. Encontrarlos prácticamente recién salidos del huevo es otra historia
La fosilización ya es un proceso extraordinariamente improbable. Para un dinosaurio recién nacido, las posibilidades son todavía menores.
Los animales pequeños tienen huesos mucho más delicados, pueden ser destruidos rápidamente por carroñeros y sus restos se dispersan con facilidad. Los propios especialistas de Sotheby’s describen los fósiles de dinosaurios en una etapa tan temprana como excepcionalmente raros.
En este caso ocurrió prácticamente la combinación perfecta.
Los dos animales quedaron conservados juntos, aparentemente en la posición en la que murieron y asociados a material de huevo. La hipótesis planteada por Sotheby’s es que algún evento repentino (posiblemente un deslizamiento) sepultó rápidamente el nido antes de que los cadáveres pudieran ser destruidos.
Incluso su identidad sigue teniendo margen para nuevas investigaciones.
La comparación con dinosaurios adultos encontrados en el mismo estrato sugiere que probablemente fueran lambeosaurinos, un grupo de hadrosáuridos o “dinosaurios de pico de pato”, relacionados con formas como Maiasaura. Sin embargo, Sotheby’s advierte que todavía no se ha podido determinar con seguridad el género o la especie.
Precisamente ahí está parte de su valor científico.
El bloque podría esconder todavía más dinosaurio del que podemos ver
Solo una parte de la roca fue retirada para exponer los esqueletos. Eso significa que el bloque no es necesariamente un fósil completamente “terminado”: podría contener más huesos o estructuras ocultas en su interior.
Estudiar individuos tan jóvenes permitiría además analizar cómo cambiaba el esqueleto de estos dinosaurios durante el crecimiento. Es un área especialmente complicada porque los restos de hadrosáuridos neonatos están mucho peor representados que los de ejemplares adultos en los yacimientos norteamericanos. Investigaciones previas ya han utilizado individuos extremadamente jóvenes para reconstruir cómo cambiaban sus extremidades, cráneos y sistemas de alimentación a medida que crecían.
Pero para hacerlo hay una condición evidente: los investigadores necesitan poder acceder al fósil. Y ahí empieza la controversia.
El mercado de dinosaurios está alcanzando precios que los museos difícilmente pueden seguir
El nido compartió subasta con “Gus”, uno de los esqueletos de Tyrannosaurus rex más grandes y completos conocidos. Terminó vendido por 50,1 millones de dólares, un nuevo récord para un fósil en una subasta.
Ese mercado preocupa desde hace años a parte de la comunidad paleontológica. La Society of Vertebrate Paleontology sostiene que los fósiles de vertebrados científicamente relevantes deberían conservarse permanentemente en museos, universidades u otras instituciones públicas donde puedan seguir siendo estudiados, revisados y expuestos. El temor es sencillo: un propietario privado puede permitir hoy que un científico examine una pieza y retirarle el acceso mañana.
El caso de estos dos bebés lo resume especialmente bien.
Sobrevivieron enterrados durante aproximadamente 77 millones de años junto a las cáscaras de los huevos de los que salieron. Ahora, además de preguntarnos cómo vivieron y por qué murieron, hay otra incógnita mucho más moderna: quién podrá estudiarlos en el futuro.