Seguro te ha ocurrido alguna vez. Entras por primera vez en un lugar, escuchas una conversación o miras una escena completamente nueva y, de repente, aparece una sensación desconcertante: estás convencido de que eso ya pasó.
Pero al mismo tiempo sabes que es imposible.
Ese conflicto es precisamente una de las características centrales del déjà vu, expresión francesa que significa “ya visto”. Lejos de demostrar la existencia de vidas pasadas o premoniciones, la neurociencia lo estudia como una ilusión de familiaridad producida por los sistemas cerebrales encargados de reconocer experiencias. Una revisión sistemática reciente estima que aproximadamente tres de cada cuatro personas sanas han experimentado al menos alguna vez esta sensación.
Familiaridad sin recuerdo
Para entender el déjà vu hay que distinguir dos procesos que normalmente trabajan juntos.
Por un lado está la familiaridad: esa impresión rápida de que algo nos resulta conocido. Por otro, la recuperación consciente del recuerdo que explica por qué resulta conocido. Normalmente ambos procesos coinciden. Reconoces una cafetería porque recuerdas haber estado allí. Durante un déjà vu ocurre algo diferente: aparece la familiaridad, pero no existe un recuerdo concreto que pueda justificarla.
La investigación actual considera que ese conflicto entre “esto me resulta conocido” y “sé que esto es nuevo” puede ser una pieza esencial del fenómeno.
Una escena nueva puede parecerse a otra olvidada
Una de las explicaciones más interesantes se ha probado mediante realidad virtual.
Investigadores dirigidos por Anne Cleary mostraron a participantes distintos escenarios tridimensionales. Algunas escenas nuevas tenían una distribución espacial parecida a otras vistas anteriormente, aunque los voluntarios no recordaban conscientemente aquellas escenas anteriores.
Cuando la organización espacial coincidía, aumentaba tanto la sensación de familiaridad como la probabilidad de experimentar déjà vu. Por ejemplo, un restaurante completamente nuevo podría tener mesas, pasillos y objetos distribuidos de forma similar a un lugar visitado años atrás.
El cerebro detectaría esa estructura conocida sin conseguir identificar de dónde procede.
El cerebro también parece detectar el error
Otra línea de investigación propone que el déjà vu no depende únicamente de la memoria, sino también de los mecanismos encargados de detectar conflictos.
Un experimento con resonancia magnética funcional realizado por investigadores de la Universidad de St Andrews encontró actividad en la corteza cingulada anterior, la corteza prefrontal medial y regiones parietales cuando los participantes experimentaban un análogo experimental del déjà vu.
Estas zonas están relacionadas con la detección y resolución de información contradictoria. Esto encaja con una idea sencilla: una parte del cerebro produce familiaridad y otra detecta inmediatamente que esa familiaridad no tiene sentido.
El déjà vu sería la experiencia consciente de ese choque.
Es más frecuente cuando somos jóvenes
El fenómeno tampoco aparece por igual durante toda la vida.
Los estudios clásicos muestran que su frecuencia disminuye con la edad y que puede estar relacionada con factores como cansancio y estrés. Sin embargo, afirmar que estos factores provocan directamente pequeños “retrasos neuronales” sería ir más allá de la evidencia disponible.
La mayor frecuencia entre personas jóvenes también ha llevado a investigar si el déjà vu está relacionado con la eficiencia de los sistemas de memoria y control cognitivo.
No siempre es completamente inofensivo
En personas sanas, experimentar déjà vu ocasionalmente es algo común y no suele indicar ningún problema neurológico.
Existe, sin embargo, otra forma de déjà vu asociada con algunas crisis epilépticas, especialmente en trastornos que afectan al lóbulo temporal. Esos episodios no son necesariamente equivalentes al déjà vu cotidiano y pueden presentar características diferentes.
Por eso, la ciencia ya no ve el déjà vu simplemente como un extraño fallo de memoria.
Puede ser, más bien, una ventana excepcional hacia la forma en la que el cerebro decide qué es nuevo, qué resulta familiar y cuándo ambas respuestas entran en contradicción.