Hace unos 68 millones de años, un enorme titanosaurio podía recorrer el extremo sur de la actual Patagonia argentina. El problema comenzaba cuando llegaba el momento de reproducirse: aquella región se encontraba a unos 55 o 60 grados de latitud sur, lo suficientemente lejos del ecuador como para que depender únicamente del calor del Sol fuese una estrategia arriesgada.
Sin embargo, los dinosaurios ponían huevos allí.
Un equipo internacional de paleontólogos encontró más de 250 fragmentos de cáscara en la Formación Chorrillo, en Santa Cruz. El análisis, publicado en Royal Society Open Science, convierte al yacimiento en la evidencia confirmada de huevos de dinosaurio encontrada a mayor paleolatitud en todo el hemisferio sur. Pero el descubrimiento abrió inmediatamente otra pregunta: ¿cómo conseguían incubarlos en un lugar tan frío?
Las cáscaras escondían una pista microscópica

Los fósiles fueron identificados como Fusioolithus, un tipo de huevo del Cretácico tardío asociado probablemente con los titanosaurios, aquellos gigantes herbívoros de cuello largo que incluían algunos de los animales terrestres más grandes conocidos. No apareció ningún embrión que permita saber qué especie concreta los puso, así que esa atribución sigue siendo indirecta.
La respuesta empezó a aparecer cuando los investigadores observaron las cáscaras mediante microscopía y microtomografía. Estaban atravesadas por una cantidad extraordinariamente elevada de poros.
Los huevos necesitan intercambiar oxígeno, dióxido de carbono y vapor de agua con su entorno. Pero esa porosidad sería problemática para un huevo expuesto al aire: perdería demasiada humedad. En cambio, coincide muy bien con animales cuyos huevos permanecen completamente cubiertos por tierra, arena o vegetación durante la incubación.
Eso permitió reconstruir una parte de la escena. Los titanosaurios probablemente enterraban completamente sus huevos. El problema es que enterrarlos no genera necesariamente el calor suficiente.
Un gigantesco montón de compost pudo ser la solución

Aquí aparece la parte más llamativa de la hipótesis. Los investigadores creen que los titanosaurios pudieron construir montículos mezclando tierra con materia vegetal. Cuando bacterias y otros microorganismos descomponen hojas, ramas y restos orgánicos, producen calor. Es exactamente el fenómeno que hace que el interior de una pila de compost pueda calentarse considerablemente.
En otras palabras, el propio nido habría funcionado como una incubadora natural. No sería una estrategia completamente desconocida en la actualidad. Algunos cocodrilos y aves megapódidas entierran sus huevos bajo vegetación y aprovechan el calor producido durante su descomposición en lugar de incubarlos directamente con el cuerpo. Para un titanosaurio, además, aquello tenía bastante sentido: sentarse encima de unos huevos resultaba complicado cuando el adulto podía pesar decenas de toneladas.
La hipótesis también explica por qué estos dinosaurios pudieron reproducirse mucho más cerca de los polos de lo que se creía. En un ambiente donde la radiación solar probablemente no proporcionaba suficiente calor de manera constante, la fermentación del material del nido ofrecía una fuente térmica independiente del Sol.
Hay una pieza importante que todavía falta
Los científicos, sin embargo, no encontraron una incubadora fosilizada.
En Chorrillo no han aparecido huevos completos ni nidos intactos que conserven la vegetación o el material utilizado para cubrirlos. La conclusión proviene de la estructura de las cáscaras, de la paleolatitud y de la comparación con sistemas de incubación conocidos. Por eso los propios autores presentan el calentamiento mediante materia orgánica como la explicación más probable, no como un comportamiento demostrado directamente.
Encontrar un nido completo podría resolverlo.
Hasta entonces, esos pequeños fragmentos cuentan una historia bastante extraordinaria: algunos de los animales más gigantescos de la historia pudieron superar uno de los problemas más básicos de la reproducción con algo parecido a un montón de compost. Y lo estaban haciendo decenas de millones de años antes de que existiera la primera incubadora humana.