Hace casi mil años, un tranquilo lago del norte de Italia fue escenario de dos catástrofes extraordinarias. En 1117 y 1222, enormes olas golpearon sus costas y arrasaron zonas habitadas. Durante siglos, las causas exactas de estos fenómenos permanecieron ocultas bajo el agua.
Ahora, una investigación publicada en la revista Nature Communications logró reconstruir ambos episodios y encontró un factor inesperado: la actividad humana contribuyó a crear las condiciones que hicieron posibles los desastres.
El estudio demuestra que los terremotos no fueron los únicos responsables. La deforestación, la agricultura y otras actividades habían modificado el paisaje durante siglos, acumulando sedimentos que terminaron desmoronándose en el fondo del lago.
Un terremoto que desencadenó una ola de 50 metros
El lago de Iseo, ubicado en la región italiana de Lombardía, sufrió dos episodios de enorme violencia durante la Edad Media.
El primero ocurrió el 3 de enero de 1117, cuando un terremoto de magnitud estimada en 6,5 sacudió el norte de Italia. Según las reconstrucciones científicas, el movimiento desencadenó el colapso submarino de aproximadamente 62 millones de metros cúbicos de sedimentos.
El desplazamiento repentino de semejante volumen de material generó un tsunami que alcanzó una elevación máxima de aproximadamente 50 metros sobre el nivel del lago en su costa norte.
Poco más de un siglo después, en 1222, otro terremoto de magnitud estimada en 6 provocó un nuevo derrumbe submarino, esta vez de unos 10 millones de metros cúbicos. El resultado fue otro tsunami, con una elevación máxima cercana a los 13 metros.

Las simulaciones indican que las olas podían alcanzar las costas septentrionales en menos de un minuto, dejando prácticamente ningún margen para escapar.
Cómo la actividad humana preparó el escenario del desastre
La investigación identificó un mecanismo que conecta directamente las transformaciones del paisaje con estos fenómenos extremos.
Desde la época romana, actividades como la tala de bosques, el cultivo de tierras y el pastoreo intensificaron la erosión del suelo en la cuenca del río Oglio.
Como consecuencia, la cantidad de sedimentos transportados hacia el lago llegó a triplicarse respecto de sus niveles naturales anteriores. Estos materiales se acumularon progresivamente en el delta submarino del río, aumentando su pendiente y reduciendo su estabilidad.
Cuando ocurrieron los terremotos medievales, las vibraciones desencadenaron el derrumbe de esas enormes acumulaciones.
Los investigadores llegaron a estas conclusiones mediante análisis de sedimentos, estudios geofísicos y simulaciones informáticas, que también compararon con documentos históricos conservados en la Biblioteca Apostólica Vaticana.
Tsunami na jeziorze? W średniowieczu potężne fale dwukrotnie uderzyły w brzegi włoskiego jeziora Iseo. Według naukowców do skali tych katastrof przyczyniła się także działalność człowieka.
W latach 1117 i 1222 trzęsienia ziemi uruchomiły podwodne osuwiska. Symulacje wskazują, że… pic.twitter.com/m7ZQRG0IqY
— Wodne Sprawy (@wodnesprawy) November 1, 2026
Un peligro que podría repetirse en otros lagos
Lo más preocupante es que este mecanismo no pertenece exclusivamente al pasado.
Durante los ocho siglos transcurridos desde el segundo tsunami, los sedimentos continuaron acumulándose en el lago de Iseo, reconstruyendo progresivamente su delta.
Los científicos advierten que numerosos lagos del mundo presentan condiciones similares, especialmente aquellos rodeados de zonas montañosas con actividad sísmica e intensa intervención humana. Otros episodios históricos, como el tsunami del lago Lemán en el año 563, demuestran que estos fenómenos pueden producirse también en aguas continentales.
Actualmente, las costas de los lagos Garda, Como e Iseo albergan a cientos de miles de residentes y reciben numerosos turistas cada año.
Aunque estos eventos son poco frecuentes, sus consecuencias pueden ser devastadoras.
El descubrimiento deja una advertencia importante: los tsunamis no son exclusivos de los océanos y las modificaciones humanas del territorio pueden amplificar riesgos naturales que permanecen invisibles durante siglos.