Durante siglos, una tortuga marina terminó convertida en peines, gafas, joyas, cajas y todo tipo de objetos de lujo. Su caparazón tenía justamente aquello que el mercado buscaba: era resistente, podía pulirse y presentaba un mosaico de tonos ámbar, marrones y negros difícil de imitar.
El problema fue la escala. Cuando investigadores reconstruyeron casi siglo y medio de comercio internacional de caparazones de tortuga carey (Eretmochelys imbricata), descubrieron que las estimaciones anteriores se habían quedado muy cortas. Entre 1844 y 1992 se habrían capturado alrededor de nueve millones de ejemplares, más de seis veces algunas estimaciones previas. Y los propios autores advierten que el número podría no representar toda la explotación real.
El resultado de aquella persecución todavía es visible. La tortuga carey continúa considerada una de las tortugas marinas más amenazadas del planeta y está incluida en el Apéndice I de CITES, el nivel que prohíbe en principio su comercio internacional con fines comerciales.
Japón llegó a importar más del 80% del caparazón registrado

El comercio no nació en el siglo XIX. Los romanos ya utilizaban carey y, siglos después, el material se convirtió en símbolo de lujo en Europa y Asia. Pero durante la etapa reconstruida por los investigadores apareció un centro especialmente importante: Japón.
Los registros históricos muestran que las redes comerciales se extendieron por el Pacífico, el Índico y el Atlántico, haciéndose cada vez más complejas después de 1950. Japón fue durante décadas el gran mercado del bekko, como se conoce allí al trabajo artesanal con caparazón de carey.
La especie completa entró en el Apéndice I de CITES en 1977, pero Japón mantuvo durante años una reserva que le permitió continuar importando material bajo determinadas condiciones. Las importaciones terminaron a comienzos de la década de 1990 y la reserva fue retirada en 1994. El comercio internacional comercial está hoy prohibido, aunque en Japón sigue existiendo un mercado doméstico de objetos procedentes de existencias legales antiguas, mientras el tráfico ilegal continúa siendo un problema en distintos países.
Protegerlas dejó de significar solamente perseguir cazadores

Una cifra ampliamente citada durante los últimos años sitúa la población mundial en menos de 25.000 hembras reproductoras, aunque no debe interpretarse como un censo global actualizado: contar una especie migratoria distribuida por varios océanos resulta extraordinariamente difícil. Y la prohibición del comercio no eliminó las amenazas.
NOAA sigue señalando como problemas principales la captura accidental en redes y anzuelos, la extracción directa de tortugas y huevos, la contaminación marina y la desaparición de playas y arrecifes. El aumento del nivel del mar, la erosión, la iluminación artificial y el deterioro de los corales añaden nuevas presiones.
La relación con los arrecifes es particularmente importante. Las tortugas carey utilizan su pico estrecho para alimentarse principalmente de esponjas, ayudando a evitar que estas ocupen el espacio de los corales. Su desaparición, por tanto, no afecta únicamente a la propia especie.
Ahora los científicos quieren saber adónde van antes de intentar salvarlas

En el Pacífico oriental, proyectos de conservación están intentando cubrir una de las grandes lagunas: saber exactamente dónde viven los juveniles, dónde se alimentan y qué rutas utilizan.
En Costa Rica, el Centro de Rescate de Especies Marinas Amenazadas (CREMA) ha identificado alrededor de 100 individuos en el norte del país, según explicó su director ejecutivo Daniel Arauz Naranjo. Los investigadores capturan temporalmente ejemplares, los identifican y colocan transmisores acústicos para seguir sus desplazamientos por los arrecifes.
El siguiente paso es ampliar ese seguimiento con transmisores satelitales y trabajar directamente con comunidades pesqueras y turísticas. Hay motivos para no dar la historia por perdida. En lugares concretos, programas de seguimiento han detectado señales positivas: en Hawái, por ejemplo, NOAA documentó durante 15 años un aumento de hembras que anidan y de ejemplares que llegan por primera vez a reproducirse, aunque la población continúa siendo diminuta.
Después de millones de tortugas convertidas en objetos decorativos, la carey sigue pagando una factura acumulada durante siglos. La diferencia es que ahora conocemos mucho mejor qué la empujó hasta allí. La pregunta ya no es por qué desaparecieron tantas, sino si podremos proteger suficientes para que dentro de otros cien años todavía sigan llegando a las playas.