Durante casi dos siglos, la historia de las tortugas gigantes de Floreana, en las Galápagos, parecía tener un final bastante definitivo. Balleneros y otros navegantes las cazaron hasta hacerlas desaparecer de la isla a mediados del siglo XIX, mientras animales introducidos como cerdos y ratas terminaron de complicar su supervivencia devorando huevos y crías. Charles Darwin, que llegó allí en 1835, fue uno de los últimos testigos conocidos de aquella población.
Después ocurrió algo bastante extraño. En el año 2000, un grupo de científicos exploraba el volcán Wolf, en el norte de la isla Isabela, cuando encontró tortugas cuyo aspecto no encajaba del todo con las poblaciones conocidas del lugar. Tenían un caparazón especialmente marcado, con la característica forma de “montura” asociada a las antiguas tortugas de Floreana.
Los investigadores llegaron a llamarlas “alienígenas”. No porque sospechasen que venían del espacio, sino porque sencillamente no sabían qué hacían allí.
Unas tortugas que no deberían estar allí guardaban una especie de cápsula genética

La respuesta tardó años en llegar. Los científicos compararon el ADN de aquellas tortugas con material genético obtenido de huesos de ejemplares históricos de Floreana conservados en cuevas y colecciones de museos.
El resultado confirmó la sospecha: algunas de las tortugas del volcán Wolf conservaban ascendencia de la población desaparecida de Floreana.
La explicación más probable también nos devuelve a los responsables de su desaparición. Los investigadores creen que los balleneros transportaban tortugas gigantes entre las islas como fuente de carne fresca durante sus viajes y que algunos ejemplares pudieron ser abandonados o liberados en Isabela. Allí se cruzaron con poblaciones locales y dejaron descendientes híbridos que conservaron parte de aquel ADN durante generaciones.
El hallazgo abrió una posibilidad que décadas antes habría parecido imposible. En 2015 se trasladaron 19 tortugas con ascendencia parcial de Floreana desde el volcán Wolf hasta el centro de cría de Santa Cruz. Otras ya presentes allí también resultaron portar esos genes. Mediante análisis genéticos y cruces seleccionados, los conservacionistas comenzaron a producir animales con una proporción cada vez mayor de ascendencia Floreana.
No se trata, por tanto, de haber “resucitado” exactamente la especie extinta. El objetivo es recuperar su linaje en la medida de lo posible y, sobre todo, devolver a Floreana el animal que durante miles de años desempeñó una función crucial en su ecosistema.
158 tortugas han vuelto a una isla donde llevaban más de 180 años desaparecidas

El 20 de febrero de 2026 llegó el momento que llevaba más de dos décadas preparándose. 158 tortugas gigantes de linaje Floreana, de entre 12 y 14 años, fueron liberadas en dos puntos de la isla. Era la primera vez en más de 180 años que tortugas descendientes de aquella población volvían a caminar por su antiguo territorio. Incluso la NASA ha participado en el regreso.
Sus satélites se utilizaron para estudiar la vegetación, las precipitaciones, la temperatura, la elevación y otros factores ambientales. Combinando esos datos con millones de observaciones de tortugas realizadas sobre el terreno, los investigadores elaboraron modelos para determinar dónde tendrían mayores posibilidades de encontrar alimento, agua y futuros lugares de anidación. Y no basta con elegir un sitio adecuado hoy. Una tortuga gigante puede vivir más de un siglo, así que el equipo está modelizando también cómo podrían cambiar esas zonas dentro de 20 o 40 años.
No están recuperando solo tortugas

Aquí está quizás la parte más importante de toda la operación. Las tortugas gigantes son consideradas ingenieras del ecosistema. Comen enormes cantidades de vegetación, dispersan semillas durante sus desplazamientos, pisan y abren caminos entre las plantas y modifican físicamente el paisaje. Su desaparición no significó únicamente perder un animal: Floreana perdió uno de los motores que ayudaban a mantener funcionando su ecosistema. Por eso las 158 tortugas son solo el comienzo. El proyecto contempla nuevas liberaciones y forma parte de un plan mucho mayor que pretende controlar especies invasoras y reintroducir hasta 12 especies desaparecidas localmente.
La historia tiene además una última intriga. Los investigadores todavía no han encontrado una tortuga viva genéticamente pura de Floreana en el volcán Wolf. Pero la existencia de híbridos con una ascendencia muy elevada implica que, al menos en generaciones recientes, debieron existir animales con una carga genética mucho más cercana a la original.
Después de casi dos siglos, quizá la tortuga perdida de Floreana nunca estuvo completamente perdida. Una pequeña parte había sobrevivido escondida en el ADN de unas tortugas que aparecieron donde nadie esperaba encontrarlas.