Saltar al contenido
Ciencia

Durante 20 años creímos que el «hobbit» de Flores cazaba elefantes y dominaba el fuego. Miles de huesos revelan una estrategia menos heroica, pero quizá mucho más inteligente: esperar a que los dragones de Komodo terminaran de comer

El análisis tafonómico de Liang Bua ha permitido distinguir las marcas dejadas por dientes de dragón, herramientas de piedra y el fuego. El resultado sugiere que Homo floresiensis no abatía grandes presas: sobrevivía aprovechando los restos que abandonaban los reptiles más peligrosos de la isla.
Por

Tiempo de lectura 4 minutos

Comentarios (0)

Cuando Homo floresiensis fue presentado al mundo en 2004, su existencia parecía desafiar varias reglas de la evolución humana. Aquel homínido de aproximadamente un metro de altura, cuerpo diminuto y cerebro pequeño había convivido aparentemente con herramientas de piedra, animales quemados y restos de Stegodon, un pariente enano de los elefantes. La interpretación resultaba irresistible: el «hobbit» de Flores quizá era capaz de organizar cacerías y controlar el fuego pese a su anatomía.

El problema es que unos huesos y unas herramientas aparezcan juntos no significa necesariamente que sus propietarios cazaran a los animales. Un nuevo estudio publicado en Science Advances ha revisado de forma sistemática los restos de la cueva de Liang Bua, en Indonesia, y propone una historia muy distinta. Los dragones de Komodo habrían tenido acceso prioritario a los Stegodon, mientras que los homínidos llegaron después para aprovechar las partes menos nutritivas de los cadáveres.

Durante años, unas pocas marcas convirtieron al «hobbit» en un cazador de gigantes

Durante 20 años creímos que el «hobbit» de Flores cazaba elefantes y dominaba el fuego. Miles de huesos revelan una estrategia menos heroica, pero quizá mucho más inteligente: esperar a que los dragones de Komodo terminaran de comer
© LIONEL BRET/EURELIOS/SCIENCE PHOTO LIBRARY.

Los primeros trabajos realizados en Liang Bua encontraron marcas interpretadas como cortes sobre algunos huesos de Stegodon. Como esos restos aparecieron en niveles con herramientas líticas, se planteó que Homo floresiensis había procesado (y quizá cazado) a estos animales, que podían alcanzar aproximadamente el tamaño de una vaca. También se atribuyeron al homínido restos quemados, reforzando la posibilidad de que utilizara fuego.

Esa imagen resultaba especialmente llamativa porque abatir una presa grande no consiste únicamente en acercarse y herirla. Exige planificación, cooperación, armas adecuadas y conocimientos transmitidos entre generaciones. Demostrar que una especie de cerebro reducido podía hacerlo habría obligado a reconsiderar la relación entre tamaño cerebral, tecnología y comportamiento complejo.

El equipo dirigido por la paleoantropóloga E. Grace Veatch decidió comprobarlo mediante tafonomía, la disciplina que estudia todo lo que sucede con un organismo desde su muerte hasta su fosilización. En lugar de asumir quién había dejado cada señal, analizaron la forma, profundidad, ubicación y distribución de las marcas presentes en miles de fragmentos animales procedentes de la cueva.

Para resolver el misterio tuvieron que alimentar a un dragón de Komodo con una cabra

Durante 20 años creímos que el «hobbit» de Flores cazaba elefantes y dominaba el fuego. Miles de huesos revelan una estrategia menos heroica, pero quizá mucho más inteligente: esperar a que los dragones de Komodo terminaran de comer
© Veatch et al. 2026.

El principal obstáculo era distinguir una incisión realizada con piedra de la marca producida por los dientes serrados de un gran varano. Para construir una referencia fiable, los investigadores ofrecieron el cadáver de una cabra a Rinca, un dragón de Komodo del Zoo de Atlanta. Después recuperaron 72 huesos y estudiaron bajo el microscopio las señales dejadas durante el festín.

Los dientes del reptil producían surcos relativamente anchos y superficiales, en ocasiones acompañados por pequeñas estrías en forma de abanico. Las herramientas de piedra, en cambio, dejaban cortes más profundos, estrechos y rectos. Al comparar estos patrones con los fósiles, muchas señales que anteriormente parecían humanas resultaron compatibles con mordiscos de dragón.

El equipo examinó 3.155 fragmentos de Stegodon, alrededor del 27% del conjunto recuperado en Liang Bua. Entre las 154 señales de alimentación clasificadas, 100 fueron identificadas como marcas dentales de reptiles y 54 como cortes realizados con herramientas. Las huellas de los dragones se concentraban cerca de caderas, hombros y otras zonas con más carne; las humanas aparecían principalmente en pies, costillas y piezas de menor rendimiento alimenticio.

Tampoco aparecieron daños provocados por puntas de lanza o impactos que sostuvieran una cacería. La distribución de las marcas encaja mejor con dragones que accedieron primero a los cadáveres y homínidos que recogieron posteriormente lo que todavía podía aprovecharse. No demuestra que Homo floresiensis jamás cazara ningún animal, pero debilita seriamente la idea de que abatía grandes Stegodon.

Esperar a los dragones pudo ser más sensato que enfrentarse a un elefante

Durante 20 años creímos que el «hobbit» de Flores cazaba elefantes y dominaba el fuego. Miles de huesos revelan una estrategia menos heroica, pero quizá mucho más inteligente: esperar a que los dragones de Komodo terminaran de comer
© Veatch et al. 2026.

El fuego tampoco salió bien parado. De los 3.155 fragmentos de Stegodon, solo una costilla presentaba señales de combustión, y apareció justo en el límite entre los niveles asociados a Homo floresiensis y los depósitos posteriores ocupados por Homo sapiens. Además, ninguno de los 4.240 huesos de roedores procedentes de las capas del «hobbit» estaba quemado, mientras que en los estratos humanos posteriores la combustión era mucho más común.

La conclusión no convierte a Homo floresiensis en una especie torpe. Acercarse a un cadáver custodiado o abandonado por un dragón de Komodo continuaba siendo peligroso. Estos reptiles pueden consumir casi todos los tejidos blandos de una presa y regresar a una carroña, por lo que aprovechar sus restos exigía reconocer oportunidades, calcular riesgos y saber cuándo mantenerse lejos.

Durante 20 años creímos que el «hobbit» de Flores cazaba elefantes y dominaba el fuego. Miles de huesos revelan una estrategia menos heroica, pero quizá mucho más inteligente: esperar a que los dragones de Komodo terminaran de comer
© Veatch et al. 2026.

Su estrategia parece haber sido menos espectacular que la imaginada, pero perfectamente adaptada a Flores. En lugar de gastar energía persiguiendo una presa enorme o exponerse durante un ataque, los «hobbits» aprovecharon recursos producidos por otros depredadores y probablemente consumieron parte de la carne sin cocinar. Esa prudencia pudo ayudarles a sobrevivir en la isla durante cientos de miles de años y frente a cambios ambientales profundos.

El hallazgo deja además una pregunta evolutiva abierta. Al desaparecer las pruebas más sólidas de caza mayor y control del fuego, resulta menos evidente que Homo floresiensis descendiera de una población tecnológicamente avanzada de Homo erectus. Su origen continúa sin resolverse, pero sus huesos cuentan ahora una historia diferente: no la de un pequeño cazador que dominó a los gigantes, sino la de un superviviente que aprendió a vivir entre ellos sin asumir riesgos innecesarios.

Compartir esta historia

Artículos relacionados