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Ciencia

Nuestros antepasados aprendieron a caminar sobre dos piernas millones de años antes de abandonar los árboles. Sus huesos revelan que durante mucho tiempo combinaron una marcha casi humana con unos brazos todavía hechos para trepar

Tomografías de fósiles de hasta 3,7 millones de años revelan que Australopithecus caminaba erguido mientras seguía trepando con frecuencia. El cambio decisivo llegó con los primeros Homo.
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Caminar sobre dos piernas suele presentarse como uno de esos grandes interruptores de la evolución humana: nuestros antepasados bajaron de los árboles, se pusieron de pie y comenzó una nueva etapa. Los huesos cuentan una historia bastante más extraña.

Un equipo internacional liderado por la Universidad del Sur de California analizó mediante tomografías los brazos y las piernas de siete homínidos de entre 1,5 y 3,7 millones de años. En lugar de fijarse únicamente en la forma exterior de los fósiles, estudió cuánto podían resistir sus huesos al doblarse y retorcerse.

El resultado sugiere que Australopithecus ya caminaba habitualmente sobre dos piernas, pero sus brazos seguían trabajando como los de un animal que utilizaba los árboles de manera importante. Era, en palabras de los investigadores, una combinación para la que no existe un equivalente exacto entre los primates actuales.

Los huesos conservan una especie de historial de uso

Nuestros antepasados aprendieron a caminar sobre dos piernas millones de años antes de abandonar los árboles. Sus huesos revelan que durante mucho tiempo combinaron una marcha casi humana con unos brazos todavía hechos para trepar
© Keck School of Medicine of USC/ Cullen Townsend.

La clave está en que un esqueleto no es una estructura completamente estática. Durante la vida, el tejido óseo responde a las fuerzas que recibe repetidamente: las partes que soportan determinados esfuerzos terminan adaptándose a ellos.

Los investigadores utilizaron tomografías para medir el grosor y la geometría interna del húmero, el fémur y la tibia. Después compararon la resistencia relativa de brazos y piernas.

En los australopitecos apareció una combinación peculiar. Sus húmeros eran proporcionalmente fuertes respecto a los fémures, algo más parecido a lo observado en grandes simios que trepan regularmente. Sin embargo, al comparar fémur y tibia, el patrón se acercaba al de los humanos modernos. Es decir: piernas sometidas a las cargas propias de caminar erguidos y brazos que todavía recibían las exigencias de trepar.

Ya existían pistas similares. Un análisis anterior de “Lucy”, el célebre ejemplar de Australopithecus afarensis de unos 3,2 millones de años, encontró una resistencia de brazos y piernas intermedia entre chimpancés y humanos, compatible con una actividad arbórea significativa pese a su bipedalismo. Lo interesante del nuevo estudio es que amplía esa comparación a distintos individuos y momentos de la evolución.

Hace unos dos millones de años, algo cambió

Nuestros antepasados aprendieron a caminar sobre dos piernas millones de años antes de abandonar los árboles. Sus huesos revelan que durante mucho tiempo combinaron una marcha casi humana con unos brazos todavía hechos para trepar
© Paul John Myburgh.

Los primeros representantes estudiados del género Homo, de aproximadamente 2,3 a 1,8 millones de años, muestran otro patrón: fémures relativamente más fuertes frente a los brazos, mucho más próximo al que presentan los humanos actuales.

Kristian Carlson, autor principal del trabajo publicado en Science Advances, propone que esa proporción entre las extremidades podría funcionar como una especie de “rasgo umbral” que marca una transformación importante entre Australopithecus y Homo: una vida cada vez más dependiente del desplazamiento terrestre.

Eso tampoco significa que un día un australopiteco bajara de un árbol y sus descendientes nunca volvieran a subir. La evolución no funciona con fronteras tan limpias, y otros fósiles muestran combinaciones complejas. Lo que aparece es una tendencia hacia una inversión cada vez mayor en las piernas. Y el momento resulta especialmente intrigante porque coincide aproximadamente con otro gran cambio de nuestra historia: el aumento del tamaño cerebral en el género Homo.

Empezar a caminar más lejos pudo cambiar mucho más que las piernas

Los autores plantean (con cautela) que desplazarse mayores distancias por tierra pudo introducir nuevas demandas físicas y cognitivas. Buscar recursos en territorios más amplios, orientarse, transportar objetos o mantener grupos dispersos podría haber cambiado tanto la forma de utilizar el cuerpo como las exigencias sobre el cerebro. Es una hipótesis, no una relación causal demostrada.

El hallazgo deja además una imagen bastante diferente de la típica “marcha del progreso” que muestra a un simio convirtiéndose gradualmente en humano. Durante millones de años hubo algo mucho más raro en medio: criaturas perfectamente capaces de caminar erguidas por el suelo que, al terminar el día, todavía tenían unos brazos construidos por una vida que transcurría también entre las ramas.

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