Cuando llega un año especialmente seco, el agua que cae del cielo no es lo único que mantiene funcionando el sistema. Durante décadas (y en algunos casos siglos) glaciares, acuíferos, nieve y otras reservas acumuladas lentamente han guardado agua que permite amortiguar los períodos malos.
La Organización Meteorológica Mundial tiene una forma especialmente gráfica de describirlo: son la “cuenta de ahorros” del planeta. El problema es que ahora estamos retirando más agua de esa cuenta de la que el sistema consigue reponer.
El nuevo informe State of Global Water Resources 2025, publicado el 17 de septiembre, concluye que el almacenamiento continental de agua dulce mantiene una tendencia descendente desde aproximadamente 2014-2016. No se trata, por tanto, de un único año excepcionalmente seco, sino de una señal que ya se extiende durante aproximadamente una década. Y mientras ese colchón se reduce, la parte rápida del ciclo del agua se está volviendo más irregular.
El problema no es simplemente que haya menos agua. Es que cada vez cuesta más saber dónde estará

La OMM distingue entre dos velocidades del ciclo hidrológico. Las precipitaciones, el caudal de los ríos o la humedad del suelo pueden cambiar en cuestión de días o semanas. Los acuíferos, glaciares y acumulaciones de nieve, en cambio, necesitan temporadas, décadas o incluso más tiempo para crecer y recuperarse.
Son precisamente esas reservas lentas las que muestran señales preocupantes. En 2025, casi dos tercios de los pozos de agua subterránea monitoreados en el mundo se encontraban fuera de sus valores históricos normales. El balance además empeoró respecto a 2024, inclinándose hacia el déficit en lugar de mostrar recuperación.
Los ríos cuentan una historia parecida. 2025 fue uno de los años con menores caudales globales de los últimos 35 años: más del 36% de la superficie de las cuencas analizadas mostró niveles inferiores a lo normal. Por séptimo año consecutivo, las cuencas consideradas “normales” volvieron a ser minoría, apenas entre el 34% y el 38%.
Eso no significa que todo el planeta se esté secando simultáneamente. De hecho, ahí está parte del problema: mientras unas regiones atraviesan déficits persistentes, otras sufren lluvias y caudales extremos. El ciclo está oscilando con mayor violencia entre demasiado y demasiado poco.
En tres años desapareció hielo equivalente a 560 millones de piscinas olímpicas

Los glaciares muestran probablemente la cifra más espectacular del informe.
Entre 2023 y 2025 perdieron conjuntamente unas 1.400 gigatoneladas de agua. Es aproximadamente el volumen necesario para llenar 560 millones de piscinas olímpicas y equivale a cerca de un tercio de toda el agua dulce que la humanidad extrae en un año. 2025 fue además el cuarto año consecutivo en el que todas las grandes regiones glaciares registraron pérdida de hielo. Y perder un glaciar no significa solamente perder hielo. En muchas regiones funcionan como enormes depósitos naturales: acumulan agua y la liberan progresivamente hacia ríos y comunidades aguas abajo.
Durante un tiempo, incluso pueden liberar más agua al derretirse rápidamente. Pero cuando el glaciar se hace suficientemente pequeño, llega el llamado peak water: el caudal alcanza su máximo y después comienza a caer porque simplemente queda menos hielo disponible. La OMM señala que regiones como Europa Central, el Cáucaso y el oeste de Canadá ya muestran indicios de haber cruzado ese punto.
Y justo ahora llega un El Niño excepcionalmente fuerte
A esa tendencia de fondo se suma otra variable. El Niño ya está establecido y se espera que continúe intensificándose hasta alcanzar una intensidad muy fuerte hacia finales de 2026, con una probabilidad cercana al 100% de persistir hasta febrero de 2027.
El Niño no provoca los mismos efectos en todas partes, pero puede reorganizar patrones de temperatura y precipitación a escala planetaria, aumentando el riesgo de sequías en unas regiones e inundaciones en otras.
Ahí está el verdadero problema que plantea el informe. Un planeta siempre puede tener un año seco o uno extraordinariamente lluvioso. Lo nuevo es enfrentarse a esos extremos mientras el colchón que permitía absorberlos lleva una década haciéndose más pequeño.