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Ciencia

Durante 40 años los astrónomos creyeron que una enorme estructura de radio emergía del corazón de la Vía Láctea: acaban de descubrir que era una nube pequeña cuatro veces más cerca que el centro galáctico

El equipo de Kathryn Kreckel de la Universidad de Heidelberg publicó en Astronomy & Astrophysics el análisis que resuelve el estatus del Lóbulo del Centro Galáctico (GCL), una estructura de radio descubierta en los años 80 y atribuida durante cuatro décadas a actividad explosiva del núcleo galáctico o Sagitario A*. Usando el espectrógrafo Local Volume Mapper del sondeo SDSS-V y midiendo el enrojecimiento del azufre ionizado, el equipo determinó que el GCL está a unos 6.500 años luz, cuatro veces más cerca que el centro galáctico. Es un bucle de gas de 115 años luz y 700.000 años de antigüedad, completamente normal y sin relación con el núcleo. Los autores propusieron rebautizarlo 'Greatly Confused Loop'
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El problema central de la astronomía galáctica es que vivimos dentro de lo que intentamos estudiar. Cuando miramos hacia el centro de la Vía Láctea, nuestra línea de visión atraviesa decenas de miles de años luz de gas, polvo y estrellas, y todo lo que emite a lo largo de ese pasillo aparece superpuesto en la misma imagen plana. El cielo no lleva etiquetas de distancia. Una nube pequeña y cercana puede parecer una estructura enorme y lejana si, por azar, cae en la misma dirección del cielo que algo mucho más famoso.

Eso es exactamente lo que pasó con el Lóbulo del Centro Galáctico, una estructura de radio descubierta en los años 80 que los astrónomos interpretaron durante cuatro décadas como evidencia de una erupción del núcleo galáctico. Un nuevo estudio publicado en Astronomy & Astrophysics acaba de revelar que la estructura no tiene nada que ver con el centro de la galaxia: está cuatro veces más cerca, es mucho más pequeña de lo que parecía, y es un objeto perfectamente ordinario. Solo estaba mal archivado desde el principio.

Cómo nació el error: la trampa de la perspectiva galáctica

Centro Galactico
Imagen compuesta del centro galáctico © Por NASA/JPL-Caltech/ESA/CXC/STScI – http://photojournal.jpl.nasa.gov/catalog/PIA12348See also http://www.spacetelescope.org/images/opo0928a/ and http://hubblesite.org/newscenter/archive/releases/2009/28/image/a/, Dominio público, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=24958921

En los años 80, los mapas de radio de la región central de la galaxia revelaron dos filamentos brillantes que se curvaban sobre el plano galáctico con una morfología característica. La estructura fue bautizada como Galactic Center Lobe (GCL) y su interpretación parecía obvia: si estaba a 26.000 años luz, en el centro galáctico, su tamaño aparente implicaba una estructura de cientos de años luz de altura. Para formar algo así en esa región, había que invocar fuerzas extraordinarias: una antigua fase activa de Sagitario A* (el agujero negro supermasivo de la Vía Láctea) o el impulso acumulado de generaciones de supernovas en la zona nuclear.

Durante cuarenta años, el GCL funcionó como una de las evidencias favoritas del pasado explosivo del centro galáctico. Aparecía en papers, en revisiones del campo, en modelos de la actividad del núcleo de la Vía Láctea. Nadie cuestionaba que estuviera donde parecía estar porque nadie había podido medir directamente a qué distancia estaba. Para medir distancias a estructuras de gas en la dirección del centro galáctico hacen falta herramientas que en los años 80 simplemente no existían.

La solución: medir el enrojecimiento del azufre ionizado con el Local Volume Mapper

Polvo Cosmico
Polvo cósmico de la galaxia de Andrómeda revelado en luz infrarroja por el telescopio espacial Spitzer © Por NASA/JPL-Caltech/K. Gordon (University of Arizona) – http://www.spitzer.caltech.edu/images/1493-ssc2005-20a1-Andromeda-in-the-Infrared, Dominio público, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=5566366

El equipo de Kathryn Kreckel de la Universidad de Heidelberg usó el Local Volume Mapper (LVM) del sondeo SDSS-V, un instrumento instalado en el Observatorio de Las Campanas en Chile que combina cuatro telescopios de 16 centímetros para tomar espectros de amplias regiones del cielo. En lugar de trabajar con ondas de radio, como los estudios originales del GCL, midieron la emisión óptica del gas ionizado, específicamente una línea del azufre a 9.532 ángstroms.

La elección del azufre es estratégica: esa línea espectral está mucho menos afectada por el polvo interestelar que otras longitudes de onda, lo que permite ver el gas incluso en la dirección del centro galáctico sin que el polvo distorsione demasiado la señal.

La clave del método está en el enrojecimiento. El polvo que flota entre las estrellas atenúa y enrojece la luz que lo atraviesa, y lo hace tanto más cuanto más camino recorre esa luz. Comparando dos líneas de emisión del hidrógeno en el espectro del gas del GCL, los investigadores calcularon cuánto polvo se interpone entre nosotros y el gas. Luego compararon esa cifra con los mapas tridimensionales de distribución del polvo en la galaxia, que permiten saber cuánto polvo hay a cada distancia en cada dirección del cielo.

El veredicto fue inapelable: el gas del GCL enrojece demasiado poco para estar a 26.000 años luz. Con todo el polvo que se acumula a 26.000 años luz de camino hacia el centro galáctico, la luz del GCL llegaría mucho más teñida de rojo de lo que se observa. La estructura está a unos 2 kiloparsecs, aproximadamente 6.500 años luz, cuatro veces más cerca que el centro galáctico.

El objeto real: un bucle de 115 años luz perfectamente ordinario

Reubicada a su distancia real, la estructura cambia completamente de naturaleza. Mide unos 115 años luz de diámetro, se expande a unos 12,5 kilómetros por segundo y tiene una edad estimada de 700.000 años. No es un lóbulo colosal emergiendo del núcleo galáctico: es un anillo de gas cerrado, inflado desde dentro por los vientos y las explosiones de supernovas de estrellas masivas, exactamente el tipo de objeto que aparece en cientos de lugares de la galaxia sin despertar mayor interés.

Los investigadores no han podido identificar todavía cuáles son las estrellas concretas que inflaron la burbuja. A 6.500 años luz en la dirección de Sagitario debería existir una asociación de estrellas envejecidas, las supervivientes del grupo que creó el bucle hace 700.000 años. Identificarlas es el siguiente paso, y los catálogos de la misión astrométrica Gaia son el lugar obvio donde buscarlas.

Los propios autores manejaron la corrección con humor. Proponen conservar las siglas GCL, pero cambiando su significado: de Galactic Center Lobe a Greatly Confused Loop, el bucle sumamente confundido. Como documenta el paper publicado en Astronomy & Astrophysics, la reubicación elimina uno de los argumentos más veteranos a favor de un pasado explosivo del centro galáctico, aunque no derrumba la hipótesis: estructuras como las burbujas de Fermi, detectadas en rayos gamma muy por encima del plano galáctico, siguen siendo evidencia válida de actividad nuclear pasada. Lo que cae no es la idea del centro activo, sino uno de sus testigos más citados durante cuatro décadas.

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