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Durante años creímos que estos fósiles mostraban los primeros embriones animales de la Tierra. Un nuevo estudio dice que quizá estábamos entendiendo mal una pieza clave de la evolución

Parecían una especie de fotografía microscópica de los primeros animales de la Tierra. Pero cuanto más se analizan, menos encajan con esa historia. Un nuevo estudio acaba de poner en duda una de las teorías más fascinantes sobre cómo empezó la vida compleja.

Hay descubrimientos científicos que seducen tanto que cuesta soltarlos. Estos fósiles eran uno de ellos. Diminutos, casi perfectos, conservados con un nivel de detalle que parecía desafiar al tiempo, llevaban décadas ocupando un lugar casi mítico en la historia de la evolución. Para muchos investigadores, representaban algo extraordinario: embriones de animales de hace más de 600 millones de años, una prueba casi directa de que la vida compleja había comenzado mucho antes de la famosa explosión cámbrica.

Era una idea potentísima. También muy bonita. Y, como suele pasar en ciencia, precisamente por eso había que volver a ponerla a prueba.

Unos fósiles demasiado perfectos para no cambiar la historia

Durante años creímos que estos fósiles mostraban los primeros embriones animales de la Tierra. Un nuevo estudio dice que quizá estábamos entendiendo mal una pieza clave de la evolución
© John A. Cunningham / University of Bristol.

Todo gira en torno a la biota de Weng’an, un yacimiento del sur de China que desde hace años fascina a paleontólogos y biólogos evolutivos. Allí aparecieron unas pequeñas esferas fosilizadas con estructuras celulares extraordinariamente bien conservadas. Algunas tenían pocas células. Otras, cientos o incluso miles. La interpretación parecía casi natural: estábamos viendo distintas fases de desarrollo de organismos primitivos, algo parecido a una secuencia embrionaria congelada en piedra.

Si eso era correcto, el hallazgo tenía implicaciones enormes. Significaba que los animales podían haber aparecido mucho antes de lo que indicaba el registro fósil clásico. En otras palabras, estos fósiles no solo hablaban de un organismo extraño: podían estar moviendo la fecha de nacimiento de los animales en la Tierra.

Y ahí es donde entra el nuevo estudio, publicado en Biology Letters. Porque cuando los investigadores volvieron a mirar estos fósiles con herramientas más finas, la historia empezó a desajustarse.

El problema apareció cuando se observaron como lo que supuestamente eran: embriones

Durante años creímos que estos fósiles mostraban los primeros embriones animales de la Tierra. Un nuevo estudio dice que quizá estábamos entendiendo mal una pieza clave de la evolución
© John A. Cunningham, Kelly Vargas, Zongjun Yin, Stefan Bengtson and Philip C. J. Donoghue.

El equipo analizó cientos de ejemplares usando tomografía avanzada y reconstrucciones tridimensionales. La idea era sencilla: si estos fósiles eran embriones animales, entonces debían mostrar ciertos patrones muy concretos. En las primeras etapas del desarrollo embrionario, las células suelen dividirse de forma bastante ordenada. Pasan de 2 a 4, de 4 a 8, de 8 a 16 y así sucesivamente, mientras el volumen total del organismo se mantiene casi igual. Pero eso no fue lo que apareció.

Lo que encontraron fue una organización mucho más caótica. Las células no seguían una secuencia clara de divisiones ordenadas y, lo más importante, no todas tenían el mismo tamaño dentro de un mismo fósil. Algunas parecían haber avanzado más rápido que otras. Eso no encaja bien con el comportamiento de un embrión animal temprano, donde la sincronía celular suele ser una parte esencial del proceso. Y había otro detalle todavía más incómodo.

Lo que realmente hizo tambalear la teoría fue el crecimiento

En un embrión animal, al menos en sus primeras fases, el organismo no crece como tal: se divide internamente, pero no aumenta mucho su tamaño total, porque todavía no se está alimentando del entorno. Es una reorganización interna, no una expansión. Aquí ocurría lo contrario.

Según el estudio, el volumen de estos fósiles puede variar hasta cinco veces a lo largo de lo que antes se interpretaba como su “desarrollo”. Eso es un problema enorme para la vieja hipótesis. Porque si crecen así, entonces no están comportándose como embriones. Están haciendo otra cosa.

Y aún hay más: incluso en ejemplares con más de 10.000 células, no aparecen señales claras de diferenciación. No hay tejidos, no hay estructuras organizadas, no hay rastro de procesos equivalentes a la gastrulación. Es decir, no hay señales convincentes de que estuvieran construyendo un cuerpo animal.

Entonces, ¿qué eran realmente?

Durante años creímos que estos fósiles mostraban los primeros embriones animales de la Tierra. Un nuevo estudio dice que quizá estábamos entendiendo mal una pieza clave de la evolución
© Flett et al. Biology Letters (2026).

Aquí es donde la historia se vuelve incluso más interesante que antes. Porque descartar que fueran embriones animales no los vuelve menos importantes. De hecho, puede que los vuelva más raros.

La hipótesis que ahora gana fuerza es que estos organismos podrían pertenecer a un grupo de parientes lejanos de los animales conocidos como holozoos. Algunos organismos modernos dentro de ese linaje pueden pasar por fases temporales de multicelularidad: forman agrupaciones celulares complejas, con aspecto casi embrionario, pero sin llegar a desarrollar tejidos animales como los que conocemos.

Eso cambia bastante el relato. En lugar de ser “los primeros animales”, estos fósiles podrían representar uno de los muchos experimentos evolutivos que ocurrieron antes de que la multicelularidad animal quedara fijada como la conocemos hoy. Y, sinceramente, eso casi los hace más fascinantes.

La gran pregunta no ha desaparecido. Solo se ha vuelto más difícil

Lo más potente de este hallazgo es que no destruye una historia: la vuelve más honesta. Durante años, estos fósiles fueron tratados como una de las piezas más espectaculares del rompecabezas evolutivo. Ahora seguimos teniendo la pieza, pero ya no sabemos si encaja donde pensábamos.

Eso obliga a revisar una idea muy seductora: que el origen animal estaba ya claramente visible en el Ediacárico temprano. Puede que sí. Puede que no. Lo que este estudio deja claro es que una de las pruebas más famosas de esa teoría acaba de perder bastante fuerza.

Y eso, lejos de ser una decepción, es exactamente lo que hace interesante a la ciencia de verdad. Porque a veces avanzar no consiste en confirmar una historia preciosa, sino en descubrir que la realidad fue todavía más rara, más torpe y más experimental de lo que imaginábamos.

Quizá estos fósiles no nos estén mostrando el primer capítulo de los animales. Quizá nos estén enseñando algo aún más extraño: todos los intentos fallidos, ambiguos o incompletos que ocurrieron antes de que la vida encontrara por fin una forma de convertirse en nosotros.

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