Un hallazgo realizado en el interior de Brasil está obligando a los paleontólogos a replantear cómo se reproducían algunos de los reptiles más antiguos que compartieron el planeta con los dinosaurios. En un yacimiento del Cretácico se ha identificado el mayor conjunto de huevos fósiles de cocodriliforme del Mesozoico, una nidada extraordinaria compuesta por 47 huevos que podría revelar que estos animales anidaban en colonias.
El descubrimiento procede de sedimentos del Bauru Group, en el estado brasileño de São Paulo, una región conocida por su abundancia de fósiles del Late Cretaceous. En ese paisaje prehistórico convivían dinosaurios, tortugas, serpientes y una gran diversidad de cocodriliformes, algunos de los cuales adoptaron estilos de vida muy distintos a los cocodrilos modernos.
El nuevo estudio, publicado en la revista científica Journal of Vertebrate Paleontology, describe tres nidadas diferentes recuperadas en el yacimiento. Una de ellas contiene 21 huevos, otra 15, y la tercera —la más espectacular— reúne nada menos que 47. En el registro fósil de cocodriliformes mesozoicos, una puesta de ese tamaño es extremadamente inusual.
Un descubrimiento que tardó años en revelarse
La historia del hallazgo comenzó en 2004, cuando el paleontólogo William Nava localizó un prometedor afloramiento fósil cerca de la ciudad de Presidente Prudente. Durante años el lugar apenas fue explorado con detalle, hasta que en 2020 aparecieron las primeras evidencias de huevos fosilizados.
A partir de ese momento se organizaron varias campañas de excavación entre 2021 y 2023. Los trabajos permitieron recuperar tres conjuntos de huevos claramente diferenciados, catalogados como MPM 445, MPM 447 y MPM 448. La nidada MPM 447 fue la que sorprendió a los investigadores: sus 47 huevos superaban con creces cualquier registro anterior de cocodriliformes del Mesozoico.
El hallazgo planteó una pregunta inmediata para los científicos: ¿cómo podía un reptil de esa época producir una puesta tan grande? Resolverlo implicaba estudiar con detalle cada aspecto de los huevos.
Cómo eran los huevos de estos reptiles del Cretácico

Los análisis de laboratorio revelaron que los huevos tenían forma elipsoidal, con extremos redondeados y relativamente romos, una morfología típica de huevos de cocodriliformes. Su cáscara presentaba un grosor de entre 0,3 y 0,8 milímetros, con una microestructura tabular que coincide con la de otros reptiles de este grupo.
Uno de los rasgos más interesantes era su alta porosidad. Este detalle proporciona pistas sobre el entorno donde fueron incubados. En los huevos fósiles, la cantidad de poros suele reflejar el tipo de ambiente donde se desarrollaban los embriones. Cuantos más poros tiene la cáscara, mayor intercambio de gases con el exterior.
En este caso, la porosidad indica que los huevos fueron depositados en entornos húmedos, posiblemente cerca de cursos de agua o zonas pantanosas. Ese patrón contrasta con otros huevos del mismo grupo geológico que parecen asociados a ambientes más secos.
El misterio de quién puso los huevos
A pesar del tamaño excepcional del hallazgo, identificar al animal responsable de estas nidadas sigue siendo complicado. El Grupo Bauru alberga una gran diversidad de cocodriliformes fósiles, lo que dificulta asignar los huevos a una especie concreta.
Entre los candidatos se encuentran los notosuquios, un grupo muy abundante en la región. Sin embargo, existe un problema: las especies conocidas de este grupo suelen producir puestas mucho más pequeñas, a veces de apenas dos a cinco huevos.
Por esa razón, algunos investigadores consideran que los huevos podrían pertenecer a otro tipo de cocodriliforme más cercano a ambientes acuáticos, posiblemente relacionado con los peirosáuridos, reptiles semiaquáticos que vivieron en Sudamérica durante el Cretácico. Por ahora, los científicos prefieren mantener la cautela hasta que aparezcan restos embrionarios o fósiles asociados que permitan identificar con seguridad al animal.
Un posible “barrio de nidos” del Cretácico
Más allá del tamaño de las puestas, la distribución espacial de los huevos ha abierto una hipótesis muy sugerente. Los tres conjuntos aparecen relativamente cerca entre sí, lo que podría indicar que el lugar funcionaba como una zona de anidación compartida. En otras palabras, algo parecido a un “barrio de nidos”.
Este comportamiento es común hoy en día en muchas aves y reptiles, que regresan año tras año a los mismos lugares para depositar sus huevos. Si esa interpretación es correcta, el yacimiento brasileño podría representar una especie de colonia reproductiva donde distintos animales utilizaban el mismo espacio para incubar sus nidadas.
Los investigadores incluso están analizando otros huevos encontrados en el mismo nivel geológico que podrían pertenecer a dinosaurios terópodos o a aves primitivas.
Una nueva visión de los cocodrilos prehistóricos
Durante mucho tiempo los cocodrilos y sus parientes fósiles fueron considerados animales evolutivamente conservadores. Sin embargo, descubrimientos recientes están revelando que los cocodriliformes del Mesozoico eran extraordinariamente diversos, con estilos de vida y estrategias reproductivas muy distintas.
El hallazgo del mayor conjunto de huevos mesozoicos añade una pieza importante a ese rompecabezas. Sugiere que algunos de estos reptiles podían producir nidadas mucho más grandes de lo que se pensaba y quizá desarrollar comportamientos sociales más complejos.
Bajo los sedimentos del interior de Brasil se conserva, literalmente congelada en el tiempo, una escena de hace más de 70 millones de años: un paisaje del Cretácico donde distintos reptiles depositaban sus huevos en la misma zona con la esperanza de que una nueva generación sobreviviera en un mundo dominado por dinosaurios.