Ser emperador romano podía parecer la cima absoluta del poder antiguo, pero los números cuentan una historia bastante menos gloriosa. Gobernar Roma no era solo mandar sobre provincias, legiones, impuestos y fronteras. También era convivir con una amenaza permanente: la posibilidad de que los mismos soldados que habían jurado proteger al emperador acabaran proclamando a otro candidato.
Esa es la gran idea detrás de un estudio de Zhao Dong, investigador vinculado a la Universidad de Oxford, publicado en Applied Economics Letters. Según la ficha del artículo en Taylor & Francis, el trabajo compara la suerte de los emperadores romanos y chinos durante el periodo en el que ambos imperios coexistieron, entre el 27 a.C. y el 476 d.C.
La conclusión es brutal: el 60,8% de los emperadores romanos incluidos en la muestra murió de forma violenta, frente al 31% de los emperadores chinos. El estudio trabaja con 97 emperadores romanos y 58 chinos, y no se queda en una comparación anecdótica: aplica los mismos criterios para ambos casos y considera como muerte violenta asesinatos, ejecuciones, revueltas militares, derrotas en guerras civiles o externas, linchamientos y suicidios bajo presión política.
La diferencia no fue pequeña: fue estructural

La comparación no solo muestra que Roma fue más peligrosa para sus gobernantes. También sugiere que el problema estaba incrustado en su sistema político. Según el estudio, el reinado medio de un emperador romano fue de 7,5 años, frente a los 11,7 años de los emperadores chinos. Dicho de otra forma: en Roma no solo era más probable morir de forma violenta, sino que además el margen para consolidarse en el poder era mucho menor.
El contraste se vuelve todavía más claro al mirar los periodos de crisis. Durante la llamada crisis del siglo III, Roma vivió uno de sus momentos más inestables: tras el asesinato de Alejandro Severo en el año 235, el imperio vio pasar a más de 20 emperadores en menos de 50 años, hasta la llegada de Diocleciano en 284, según resume World History Encyclopedia.
Ese periodo es clave porque muestra el mecanismo en su forma más extrema. No se trataba simplemente de conspiraciones palaciegas, ni de venenos servidos en banquetes, ni de herederos impacientes. En Roma, la sucesión imperial podía decidirse en los campamentos militares. Un general con apoyo de sus tropas podía transformarse en emperador, pero esa misma dependencia lo dejaba atrapado.
La trampa militar: cuando el ejército descubre que puede elegir al jefe

Dong llama a este mecanismo la “trampa militar”. La idea es sencilla y demoledora: cuando un ejército adquiere la capacidad de poner emperadores, también adquiere la capacidad de quitarlos. En Roma, las legiones desarrollaron una identidad corporativa y una conciencia política propias. No eran solo una herramienta del emperador; eran un actor con intereses, expectativas y fuerza suficiente para intervenir en la sucesión.
El problema era que esa lealtad tenía precio. Un emperador proclamado por sus soldados debía recompensarlos con donativos, tierras, mejores condiciones o privilegios. Si no cumplía, o si otro aspirante prometía más, las tropas podían cambiar de bando. Según Taylor & Francis, el estudio muestra que los emperadores romanos que llegaron al poder mediante elevación militar murieron violentamente en el 75,7% de los casos, frente al 51,7% de quienes accedieron por otras vías.
El dato es importante porque refuerza la tesis central: no todos los emperadores romanos estaban igual de expuestos. Los que debían su trono al ejército quedaban atados a una relación peligrosa. La espada que los subía al poder podía convertirse, muy rápido, en la espada que los expulsaba de él.
China también tuvo violencia, pero no el mismo tipo de amenaza

La comparación con China vuelve el hallazgo mucho más interesante. El estudio no presenta al imperio chino como un remanso de paz. Hubo asesinatos, conspiraciones, golpes de palacio, regentes ambiciosos, familias de consortes y eunucos capaces de intervenir en la política imperial. La diferencia estaba en la naturaleza de esa violencia.
Según el resumen del trabajo, en China las sucesiones apoyadas por fuerza militar fueron casi siempre episodios vinculados al nacimiento de nuevas dinastías, no una dinámica recurrente dentro de dinastías ya establecidas. Dentro del sistema chino, el ejército no parece haber desarrollado una identidad autónoma comparable a la de las legiones romanas.
Eso no significa que los emperadores chinos estuvieran a salvo. Significa que el peligro solía venir de la corte, no de un ejército que se concebía a sí mismo como árbitro del trono. Las facciones palaciegas podían usar hombres armados, pero no funcionaban como cuerpos militares independientes capaces de proclamar candidatos una y otra vez.
En Roma, en cambio, esa frontera se rompió. El ejército no solo defendía al emperador; podía producirlo. Y cuando una institución armada empieza a decidir quién gobierna, el poder deja de apoyarse en la legitimidad dinástica, administrativa o religiosa para depender de una negociación constante con los soldados.
El año de los cuatro emperadores dejó una lección imposible de borrar

Aunque el estudio no intenta explicar todas las causas profundas de esa autonomía militar romana, hay un precedente histórico que ayuda a entender el problema: el año 69 d.C., conocido como el año de los cuatro emperadores. Tras la caída de Nerón, Galba, Otón, Vitelio y Vespasiano se sucedieron en un periodo de guerra civil, rebeliones y lealtades cambiantes. EBSCO lo resume como un año de enorme inestabilidad tras la muerte de Nerón, con cuatro hombres proclamados emperadores en rápida sucesión.
A partir de entonces, Roma nunca consiguió desactivar del todo esa lógica. Si las legiones podían imponer un candidato una vez, podían volver a hacerlo. Cada emperador surgido de una aclamación militar reforzaba el precedente. Cada recompensa entregada a las tropas elevaba las expectativas. Cada usurpación exitosa hacía más imaginable la siguiente.
El resultado fue un círculo vicioso: el emperador necesitaba al ejército para llegar al poder o conservarlo, pero esa dependencia aumentaba la capacidad del ejército para chantajearlo, abandonarlo o matarlo. La estabilidad imperial quedaba así atada al humor de los campamentos.
Un estudio con límites, pero con una conclusión difícil de esquivar
El propio enfoque del trabajo obliga a cierta cautela. No se puede afirmar una causalidad absoluta, porque no existe un experimento natural que permita comparar dos imperios idénticos salvo por la autonomía militar. También pudieron influir otros factores: crisis fiscales, edad de las dinastías, conflictos entre élites civiles, guerras externas o diferencias administrativas.
Aun así, la brecha es demasiado grande como para tratarla como una rareza histórica. Los emperadores romanos murieron de forma violenta casi el doble que los chinos, y los datos apuntan una y otra vez hacia el mismo lugar: el papel político del ejército.
La lectura más amplia es incómoda, pero poderosa. Un régimen autocrático puede parecer más fuerte cuanto más militarizado está, pero esa fuerza también puede volverse contra el gobernante. Si el monopolio de la violencia se comparte con una institución armada que tiene intereses propios, el trono deja de ser una cima segura y se convierte en una posición negociada.
En Roma, esa negociación se pagó con sangre. Para muchos emperadores, el enemigo no estaba al otro lado del Rin, del Danubio o del Éufrates. Estaba mucho más cerca: en los campamentos, entre los soldados que un día podían aclamarlo como salvador y al siguiente decidir que otro candidato merecía ocupar su lugar.