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Ciencia

Durante siglos creímos que había un color imposible para las estrellas. Ahora encontraron una que rompe todas las reglas y esconde un pasado violento

Astrónomos identificaron una estrella que parecería verde a los ojos humanos, algo nunca confirmado hasta ahora. Su extraño color revela una historia de mundos destruidos y una química inesperada.
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Durante siglos, los astrónomos observaron estrellas rojas, anaranjadas, blancas y azules, pero había un color que parecía ausente del universo: el verde. Aunque la luz de las estrellas contiene numerosas longitudes de onda, la forma en que se combinan y llegan a nuestros ojos impide que una estrella convencional se vea realmente verde. Era una de esas aparentes reglas de la naturaleza que nadie esperaba romper.

Sin embargo, un equipo de la Universidad de Warwick, en Reino Unido, acaba de identificar una excepción extraordinaria. Se trata de una estrella muerta cuya atmósfera contiene restos de antiguos cuerpos planetarios y que, según los cálculos científicos, brillaría con una tonalidad verde amarillenta si pudiéramos observarla suficientemente cerca. El hallazgo, publicado el 15 de octubre en la revista RAS Techniques and Instruments, revela que los cadáveres estelares pueden presentar colores mucho más extraños de lo que imaginábamos.

Una estrella muerta que terminó adquiriendo un color imposible

Durante siglos creímos que había un color imposible para las estrellas. Ahora encontraron una que rompe todas las reglas y esconde un pasado violento
Recreación artística de WD J1330+6435, la enana blanca que parecería tener una tonalidad verde debido a la presencia de elementos químicos procedentes de antiguos cuerpos planetarios. La ilustración muestra los restos rocosos que podrían haber contaminado su atmósfera. © Mark A. Garlick / Universidad de Warwick.

La protagonista del descubrimiento se llama WD J1330+6435 y se encuentra a unos 280 años luz de la Tierra, en la constelación del Dragón. Es una enana blanca, el núcleo extremadamente denso que permanece cuando una estrella de masa relativamente baja, como nuestro Sol, agota su combustible y expulsa sus capas exteriores.

Las enanas blancas ya no generan energía mediante la fusión nuclear en su núcleo, pero conservan suficiente calor para continuar brillando durante miles de millones de años. Generalmente, su color depende de la temperatura: las más calientes tienden al blanco azulado, mientras que las más frías pueden adquirir tonalidades anaranjadas.

La estrella descubierta, sin embargo, presenta una particularidad. Con una temperatura superficial cercana a los 4.000 grados Celsius, su atmósfera está enriquecida con calcio, litio y sodio, elementos asociados a material rocoso procedente de un antiguo sistema planetario. Los investigadores creen que fragmentos de planetas o asteroides fueron desintegrados por la gravedad de la estrella y terminaron cayendo sobre su superficie. Una vez incorporados a su atmósfera, esos elementos modificaron la manera en que la luz consigue escapar al espacio.

La clave es el sodio. En condiciones terrestres, este elemento absorbe determinadas longitudes de onda. Pero bajo las densidades extremas de una enana blanca, las líneas de absorción se ensanchan considerablemente y afectan una porción mucho mayor del espectro visible. Según el estudio dirigido por el astrofísico Mark Hollands, el sodio elimina suficiente luz de las regiones amarilla, anaranjada y roja como para modificar el equilibrio cromático. El resultado sería un brillo verde pálido, similar al color chartreuse.

Los astrónomos encontraron algo todavía más extraño: estrellas rosadas

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Simulación de ocho enanas blancas con distintas temperaturas y composiciones atmosféricas. Entre ellas aparece WD J1330+6435, de tonalidad verdosa, junto a otras estrellas que podrían percibirse azules, amarillas o rosadas. Los gráficos inferiores muestran cómo sus elementos químicos modifican la luz que emiten. © Mark Hollands / Universidad de Warwick.

WD J1330+6435 no fue la única sorpresa. Para comprender mejor los colores de estos objetos, los científicos analizaron los espectros de 151 enanas blancas situadas a menos de 65 años luz de la Tierra, además de estudiar casos extraordinarios más distantes. En esa muestra cercana, cinco estrellas presentaron tonalidades inusuales: dos amarillas y tres rosadas. Esto sugiere que aproximadamente una de cada 30 enanas blancas podría apartarse notablemente de los colores estelares tradicionales.

Uno de los objetos más llamativos es WD J1011+2845, situado a unos 48 años luz. Su atmósfera contiene moléculas de carbono capaces de absorber grandes cantidades de luz azul, verde y amarilla, produciendo una apariencia rosa salmón. En este caso, el carbono no necesariamente procede de un planeta destruido. Las simulaciones indican que las corrientes de convección pueden transportar material desde las regiones interiores de la estrella hacia su superficie, alterando radicalmente su espectro.

Las enanas blancas, por tanto, pueden adquirir colores inesperados mediante procesos físicos diferentes: algunas incorporan los restos de mundos desaparecidos, mientras que otras exponen materiales que permanecían ocultos en su interior.

Nadie vio directamente una estrella verde, pero los datos permiten reconstruir su apariencia

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Ilustración de una enana blanca de apariencia rosada y una representación ampliada de su superficie. La presencia de carbono en su atmósfera puede alterar el espectro de luz y producir tonalidades inusuales, diferentes de las que presentan las estrellas convencionales. © Mark A. Garlick / Universidad de Warwick.

Existe una aclaración fundamental: los astrónomos no observaron directamente una esfera verde a través de un telescopio. Las enanas blancas están demasiado lejos y son demasiado pequeñas para distinguir sus discos y percibir esos colores a simple vista. En cambio, utilizaron datos espectroscópicos y modelos de percepción visual humana. Al descomponer la luz de las estrellas en distintas longitudes de onda, pudieron calcular cómo reaccionarían nuestros ojos si estuviéramos suficientemente cerca.

Este procedimiento también permite reconstruir la composición química de los materiales que rodearon a las estrellas antes de morir. Cuando una enana blanca absorbe fragmentos de un antiguo planeta, sus elementos quedan registrados en la luz estelar, como una especie de huella química. El astrofísico Adam Burgasser, de la Universidad de California en San Diego, comparó este proceso con una investigación forense: los investigadores estudian los restos disponibles para reconstruir cómo eran los mundos que desaparecieron.

El equipo de Warwick espera ampliar considerablemente la muestra cuando nuevas campañas espectroscópicas permitan estudiar miles de enanas blancas adicionales. Si sus estimaciones se mantienen, podrían aparecer muchas otras estrellas con colores extraordinarios.

La conclusión es tan sorprendente como poética: algunas estrellas no adquieren sus colores por la manera en que nacieron, sino por los planetas que terminaron destruyendo o los materiales que sacaron de su propio interior. Y quizá el universo haya estado lleno de estrellas verdes y rosadas todo este tiempo, aunque todavía no tuviéramos las herramientas para reconocerlas.

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