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Ciencia

Durante siglos miramos y analizamos al cerebro vivo. Nadie imaginó que el verdadero misterio ocurre cuando deja de estarlo

Los científicos del Hospital Monte Sinaí demostraron que el cerebro cambia radicalmente después de morir: más de la mitad de sus proteínas se transforman, alterando los cimientos de la investigación neurocientífica. La mente humana, incluso al apagarse, sigue escribiendo sus propios secretos.
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Durante siglos, el cerebro fue el espejo de nuestras invenciones. Primero se lo comparó con una máquina hidráulica, luego con un telégrafo, y más tarde con un ordenador. Pero ni siquiera las metáforas más avanzadas lograron captar lo que ahora parece evidente: el cerebro no muere cuando el cuerpo lo hace.

El descubrimiento, publicado por National Geographic y surgido del Proyecto Cerebro Vivo del Hospital Monte Sinaí de Nueva York, muestra que la muerte no es un apagón, sino una transición biológica compleja. Los investigadores observaron que más del 60 % de las proteínas cerebrales cambian su estructura tras el fallecimiento, alterando por completo el mapa molecular que la ciencia creía conocer.

El Proyecto Cerebro Vivo: estudiar la mente mientras aún piensa

El cerebro no se apaga al morir: sigue cambiando, y la ciencia acaba de descubrirlo
© El Tiempo.

El estudio, dirigido por el neurocirujano Alexander W. Charney, analizó muestras del córtex prefrontal obtenidas de pacientes vivos sometidos a neurocirugías. Las comparó con tejidos post mortem y el resultado fue sorprendente: el cerebro vivo y el muerto hablan lenguajes distintos.

En más del 95 % de los casos, las transcripciones de ARN —el mensajero que traduce los genes en proteínas— mostraron alteraciones drásticas en su ritmo, su cantidad o su forma. “Las relaciones entre los niveles de ARN y proteínas también se descomponen tras la muerte”, explicó el doctor Brian Kopell, coautor del estudio y director del Centro de Neuromodulación del Monte Sinaí.

Esto significa que gran parte de lo que sabemos sobre el cerebro podría haberse construido sobre un reflejo distorsionado: una mente que ya no está viva.

La mente que sigue hablando después del silencio

Lo que distingue a este proyecto es su audacia: investigar el cerebro vivo mientras aún late. En lugar de limitarse a diseccionar lo que quedó, los científicos buscan entender lo que todavía ocurre.

Esa diferencia parece obvia, pero su impacto es enorme. Las proteínas que se desintegran o cambian tras la muerte son las mismas que intervienen en procesos de memoria, emociones y trastornos mentales. Por eso, los investigadores creen que estudiar el cerebro activo podría revolucionar la forma de tratar enfermedades como el alzhéimer, el párkinson o la depresión.

El hallazgo también plantea un dilema filosófico: si el cerebro sigue transformándose después del final biológico, ¿dónde empieza y termina realmente la conciencia?

Una nueva era para la neurociencia

El cerebro no se apaga al morir: sigue cambiando, y la ciencia acaba de descubrirlo
© Unsplash – BUDDHI Kumar SHRESTHA.

Cada año, más de 10 millones de personas son sometidas a intervenciones cerebrales en todo el mundo. Si una pequeña fracción de ellas donara muestras vivas de tejido, los científicos podrían crear un biobanco de cerebro en funcionamiento.

Ese archivo permitiría observar, en tiempo real, cómo las neuronas responden a estímulos, fármacos o mutaciones genéticas. La ciencia podría, por fin, estudiar el pensamiento mientras ocurre, y no solo los rastros que deja atrás.

“El cerebro vivo sostiene una dinámica molecular que se pierde al morir”, resume Charney. “Comprenderlo nos obliga a replantear cómo hemos estudiado la mente durante más de un siglo”.

El misterio no se apaga

El cerebro, incluso en su ocaso, sigue siendo un generador de enigmas. La muerte no lo detiene: lo transforma. Cada proteína que cambia, cada molécula que se desordena, deja una huella que aún puede leerse si sabemos dónde mirar.

Tal vez el mayor descubrimiento no sea biológico, sino simbólico: la mente humana continúa revelándose incluso cuando ya no puede contarse a sí misma.
Y en esa frontera entre el pensamiento y el silencio, la neurociencia acaba de encontrar su nuevo punto de partida.

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