El James Webb ha adoptado un papel incómodo para la cosmología moderna: cada vez que mira hacia el universo temprano, encuentra algo que no debería estar allí. Su último hallazgo es quizá el más perturbador hasta ahora. En la galaxia GHZ2 —confirmada también por ALMA— se esconde un agujero negro supermasivo que ya estaba activo 350 millones de años después del Big Bang, demasiado pronto para encajar en cualquier modelo clásico de crecimiento.
Un agujero negro supermasivo en un universo que aún estaba “encendiéndose”

La galaxia GHZ2/GLASS-z12 no solo es una de las estructuras más lejanas observadas hasta la fecha: ahora resulta que alberga un agujero negro cuya masa aparentemente representa una fracción descomunal de la masa total de la galaxia. En el universo actual, el agujero negro central suele equivaler a alrededor del 0,1 % de la masa estelar. En GHZ2, esa relación podría dispararse hasta el 5 %.
¿Cómo es posible semejante desajuste? La respuesta está en las líneas de carbono ionizado, detectadas con una intensidad tan elevada que dejan una sola explicación plausible: un Núcleo Galáctico Activo, un agujero negro supermasivo alimentándose de materia a un ritmo frenético.
Ionizar carbono a estos niveles requiere enormes cantidades de energía, muy superiores a las que pueden proporcionar únicamente estrellas jóvenes y masivas. El responsable tiene que ser un agujero negro creciendo con una eficiencia que ahora mismo desafía la física estándar.
El problema del tiempo: no debería haber crecido tan rápido

El hallazgo reabre un viejo debate entre astrofísicos: ¿cómo nacieron los primeros agujeros negros del universo?
Las teorías se dividen en dos grandes bandos:
- Semillas ligeras: agujeros negros formados a partir de las primeras estrellas. Aquí el problema es evidente: incluso si crecieran sin parar, 350 millones de años no bastan para alcanzar estas masas.
- Semillas pesadas: enormes nubes de gas colapsando directamente en agujeros negros. Una vía más extrema… pero ahora, más plausible.
El caso de GHZ2 incluso abre la puerta a episodios de acreción super-Eddington, es decir, agujeros negros “comiendo” materia más rápido de lo que su propia radiación debería permitir.
Si esto se confirma, el universo temprano fue mucho más eficiente —y violento— fabricando agujeros negros de lo que pensábamos.
Lo que este récord cambia en nuestra visión del cosmos
Hasta ahora, el récord de agujero negro supermasivo más antiguo lo tenía UHZ1, formado unos 470 millones de años tras el Big Bang. GHZ2 lo adelanta más de 100 millones de años, empujándonos a una etapa cósmica en la que el universo aún estaba saliendo de la oscuridad primordial.
Lo que está claro es que el cosmos temprano no fue un lugar lento ni silencioso. Fue un entorno dinámico donde galaxias diminutas y agujeros negros crecían a velocidades imposibles, guiados por procesos que apenas empezamos a comprender. Y cada nueva observación del James Webb nos recuerda que aún estamos muy lejos de resolver ese rompecabezas.